No para de llover para el Celta

Victoria que protege la reserva de ilusión pero que ahonda en las dudas

Dotor disputa un balón. |  //  LOF

Dotor disputa un balón. | // LOF / Armando Álvarez

Armando Álvarez

Armando Álvarez

Victoria y derrota, además de impostoras, obedecen a inercias. Ha sido injusto lo que le estaba sucediendo al Celta. Pero como le sucedió, ahora lo arrastra la pesadumbre y se hace justo. El resultado suele imponerse al juego cuando se contradicen durante un cierto tiempo. El equipo duda de sus convicciones. Flaquea en sus virtudes sin fortalecerse en sus defectos. El más simple rasguño le descubre la desconfianza. El lamentable partido en Sestao ahonda en el deterioro. Pero no debe despreciarse el triunfo. Alivia y permite al menos conservar la Copa como reserva de ilusión en el Centenario durante una ronda más.

El fútbol de antaño

El partido obedeció a la nostalgia del sorteo. Llovió como en los años ochenta, sobre un campo igual de embarrado que aquellos. El Sestao River ejerció como fantasma de las Navidades pasadas. Al desaparecer, ha resurgido como espectro recurrente, anclado en aquel fútbol directo, honrado y racial. El Celta, en cambio, ni supo mostrar lo que hoy es ni disfrazarse de lo que también fue. No se le culpa por las circunstancias; sí por no haber sabido adaptarse a ellas.

El mensaje de Douvikas

El fútbol de élite tiene también una dimensión teatral; la de las declaraciones a la prensa y los gestos. Es difícil interpretar qué mensajes quiso enviar Benítez en su alineación; con las presencias de Marchesín y Miguel o las ausencias de Villar y Carles, por ejemplo. Resulta mucho más directo el parlamento de actos y silencios de Douvikas. Dos goles, ambos decisivos y ninguno de ellos celebrado. El griego merece más y lo reclama como debe.

Paradoja cruel

El fútbol empieza a quitarle al Celta incluso los agravios que explicaban en parte sus angustias. A la expulsión del Cádiz le ha seguido el penalti en Sestao. Eliminar a una escuadra modesta con una decisión más que controvertida de Pablo González Fuertes resulta una paradoja incluso cruel.

Enfermo con síntomas

No parece Benítez amigo de soluciones drásticas o revoluciones. Ha llegado el momento, sin embargo, de agitar sus fórmulas. Los méritos célticos le aconsejaban insistir, pese a los resultados. El enfermo más difícil de curar es aquel que no presenta síntomas. El dolor y la fiebre resultan necesarios. Quizá la única forma de remediar esta temporada es que el equipo se descomponga para así poder reconstruirse.