Flores celestes para el adiós al Tigre de Padrón
Antonio Arca Soler
Decía siempre doña Lola que cuando su hijo nació y la comadrona le dio unas palmaditas en el culo la criatura no soltó ni una lágrima, sino que se puso a gritar: “¡Celta! ¡Celta! ¡Celta!”.
Los supuestos gritos de ¡Celta! se oyeron el 24 de enero de 1934 en Pobra do Caramiñal, donde se instalará la familia Allegue después de abandonar su casa de Padrón. Por eso Padrón se llamaba Padrón, aunque las esquelas de hoy nos anuncien la muerte de Ramón Allegue Martínez.
No tuve la fortuna de conocerlo en activo, pero por la forma de estrechar la mano al saludar puedo definirlo como un portero visceral, apasionado y vehemente; intuitivo, felino y fuerte como un roble. Los viejos celtistas de la década de los 50 lo recuerdan con diecisiete años jugándose la vida en cada salida de puños sin guantes; y despreciando la barrera en las faltas, los partidos sencillos y los rivales risueños. Y aquel desparpajo sorprendía aún más cuando veían que trataba de usted a los defensas-ídolos de su Celta, que se morían de risa cuando oían gritar al niño-portero: “¡cuidado ahí Señor Gaitos!”, “¡atento al primer palo, Señor Lolín!”, o “¡vaya al cruce, Señor Villar!”
Su vida se vio repleta de gestos emotivos, de signos altruistas y de pasiones infinitas. Fue el primer portero del Celta que lució el escudo en su uniforme, ya que su uniforme era de propiedad particular. Los jerséis que lució durante su estancia en Balaídos se los calcetaba su esposa –siempre verdes– que terminaba la obra bordando además, en el lado izquierdo, la enseña de su amado club. La última vez que lo vi seguía indignado por el trofeo Pichichi que le negaron a Mauro y le dieron a Di Estéfano hace casi setenta años. Hoy se murió el Tigre, y para sus amigos es como si hoy se hubiese detenido La Generosidad.
Curiosamente, su apodo de Tigre no trae causa de su felina agilidad, sino de una noche en el cine con sus compañeros-jefes. La película versaba sobre una pandilla de aguerridos machotes que contaban con un intrépido chaval para las hazañas más imposibles. Los veteranos ponían la experiencia y el chiquillo ponía el arrojo. Lo querían con locura, le reían todas las gracias, era el líder del grupo y le llamaban “tigre”. Y fue cuando entendí todo y le dije a Padrón que no me contara más.
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