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Mayores que eligen la residencia como su hogar: “Aquí vivo con mis amigas”

Mª Luisa Rodríguez y Ana Mª Lista R. Grobas

“No podía estar sola en casa, y aquí vivo con mis amigas”

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¿Alguna vez ha pensado en mudarse a un asilo cuando alcance una edad avanzada? Si no lo ha hecho, sepa que la cifra de personas que toman esta decisión crece sin frenos. Soledad en sus casas, dependencia de sus hijos o la necesidad de vivir experiencias con gente “de su quinta”, son algunos de los motivos que las impulsan a ello.

Una de ellas es Ana María Lista Veiga, una viguesa “de pura cepa” que decidió mudarse a la residencia Ballesol contando a su familia que solo sería un mes. “Falleció mi marido, un hombre muy bueno, y no pude vivir sola”, explica, conmovida. “Me entró ansiedad y no paraba de llamar a mis hijos, necesitaba su atención a todas horas, y eso no podía ser”. Lista, a sus 82 años, tiene una vida tan activa como la de una treintañera. “A lo tonto, llevo tres años, y esta es ya mi casa. Aquí estoy con mis amigas y hacemos fiestas, cantamos, de todo. Hacemos nuestra vida, pero nunca nos sentimos solas.” Siguiendo las palabras de la octogenaria, en esta residencia tienen la libertad para salir cuando quieran (si la situación lo permite) y si se cumplan los horarios del centro.

Mª Luisa Rodríguez y Ana Mª Lista R. Grobas

Quien también forma parte de este grupo es María Luisa Rodríguez, que lleva seis meses viviendo en Ballesol. “Estuve antes en otra residencia, y lo decidí porque falleció mi marido y me quedé sola”, cuenta. Rodríguez, lucense de nacimiento y viguesa “de adopción”, vivió siete años en Las Angélicas y, al cerrar ésta el pasado mes de abril, se vio obligada a buscar otros asilos. Así, ella y cuatro amigas más llegaron a este edificio de la Gran Vía. “Estamos felices. Yo siempre digo que la gente tiene una obsesión al no querer acabar en una residencia, porque yo no tengo palabras para definir lo bien que estoy hoy a mis 88 años”.

Tal es la idea negativa que se tiene en el imaginario común sobre este tipo de centros, que María Cobas García (supervisora de Ballesol) asegura que “mucha gente viene asustada y luego están encantadas, no quieren volver porque las tratamos como a nuestra familia.”

Mª Rosa Campos CleceVitam Pardo Bazán

Una residencia que abrió sus puertas en la ciudad este mismo año es CleceVitam Pardo Bazán. El centro, que lleva en funcionamiento cuatro meses, hospeda a cinco mujeres que provenían, también, de Las Angélicas. María Rosa Campos es una de esas cinco. “Después de vivir 11 años en una casa muy grande, yo sola, quise cambiar de vida. Y no me costó, yo me adapté perfectamente y siempre tuve plena libertad”, confirma. “Cuando llegamos a cierta edad, y yo que tengo 91 años, estamos muy mal viviendo solas, y necesitamos hacer nuestra cosas en compañía.”

En la misma línea, los residentes no siempre se encuentran en tan buena forma como Campos, tanto a nivel físico como mental. “Todo depende de si vienen con problemas físicos o si empiezan con algún deterioro cognitivo. Sin embargo, nuestro propósito esencial es que esto sea la continuación de su hogar”, enfatiza Lucía Franco Costas, psicóloga de CleceVitam.

El envejecimiento activo es la clave para que los asilos funcionen con éxito

Actividades en la residencia CleceVitam Pardo Bazán CleceVitam Pardo Bazán

Algo que está cambiando en la actualidad es la perspectiva de la sociedad hacia los mayores. Si bien es cierto que es un proceso lento y que cuesta adaptar, la realidad es que el envejecimiento activo está ya implantado con eficacia. La realización de actividades en grupo, talleres de memoria y psicomotricidad, fiestas o tertulias impulsan la vitalidad de los mayores, así como la posibilidad de hacer su vida fuera del asilo cuando quieran. “Antes era una idea más residencial, donde lo esencial era mantener cubiertos los cuidados básicos. Ahora existen servicios para todas las áreas y, sobre todo, se cuida la parte emocional porque ellos son el personaje principal de nuestro trabajo.”

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