Una casa, un barrio, una calle

Varios árboles torcidos con tres ramas cada uno

Una mujer que lleva comida a los gatos

Mirlos bajo los setos

Gorriones, urracas, palomas

A veces pasan nubes

Amanece

A EVA Y AURORA, NIETAS DE DOMINGO Y MANUEL.

Maite Ugalde Martínez

En aquella furgoneta roja seis personas sabían que iban camino de su último amanecer. Eso que pasa todos los días y que mi amiga Maite escribe con sencillez. Antes los habían arrancado de sus casas, llevado al seminario-cárcel y aquella noche de los muchos que allí estaban, ellos habían sido elegidos para sentir por última vez el canto de los mirlos cuando el sol quiere salir.

Tenían distintas profesiones, distintas procedencias, quizás aquella madrugada se hablaron por primera vez.

El jefe del que los llevaba a la muerte era de familia de abolengo. Quizás el gran fundador de esa estirpe renegaría de aquel descendiente si viviera. El había dado mucho valor, según la historia, a la honra. En el coche, donde iban los seis y sus asesinos, viajaba su deshonra y descendiente: un personaje temido, cruel y cazador de hombres.

Los seis, en el alto de O Confurco, escucharon por última vez todos los ruidos de los amaneceres, quizás vieron pasar a una mujer, o un sereno de una fábrica…personas muy de ese momento.

Gritaron un viva a sus pensamientos políticos y quizás lanzaron besos al aire para sus mujeres e hijos. El más joven, Manuel Pérez Besada, veintitrés años, tenía a su compañera embarazada y debió pensar mucho en ella, en la soledad en la que la dejaba y en el hijo que no iba a conocer pero ya quería.

Los mirlos, las palomas, los paporrubios, los árboles con el rocío de la mañana ayudaron a mirar sin miedo a la muerte.

Durante años al pasar por aquel sitio recordaba a mi padre que me decía “mira, neno, Beethoven tocando el piano”, y señalaba a lo alto donde los vientos y lluvias han modelado una escultura del músico. Ahora ya no. Cuando paso por allí solo recuerdo a los seis y aquel amanecer.

Del abuelo de Eva, Domingo, uno de ellos, he hablado. Cuando supe lo del de Aurora sentí pena por no haberlo nombrado nunca. Este escrito es un homenaje a todos los asesinados por aquella maldita rebelión de militares africanistas apoyados por las fuerzas más cavernícolas de la historia más negra de España.

De los tres de Tui, el más desconocido es un portugués, del que queda solo la memoria. No se sabe nada de su familia. Quizás ni su familia sabe que tuvo un mártir por sentir cariño a la humanidad. Merecería un monumento con una inscripción: al desconocido que asesinaron por defender a los pobres del mundo.

Pero Manuel Pérez Besada tiene una nieta, Aurora, nombre heredado de su madre que significaba para su padre, el primer rayo de la mañana de un nuevo amanecer. Tiene el gran mérito de querer a alguien que ni su madre conoció. La admiro.

Ella y Eva van a traer a sus abuelos desde el valle de los caídos al lado de los suyos. Será, por lo que me dicen, pronto. Desearía que se le diera digna sepultura AL AMANECER en Caldelas y Guillarei, el mismo día, a la misma hora y con el mismo canto de Isa1000 en un sitio y Carmen Penín en otro.

Espero que Don Faustino, el cura de los mirlos, nos mande todos sus pájaros a trinar por la Memoria.

Eva y Aurora, a vuestros abuelos no consiguieron borrarlos de la historia.