Opinión | Crónicas galantes

Las marías del Gobierno

“Marías” era el nombre genérico que se daba a las asignaturas de relleno en los programas de bachillerato. Allá por tiempos del franquismo se conocía como tales a la Política (Formación del Espíritu Nacional), la Religión y la Gimnasia.

El concepto de maría se ha extendido también al Gobierno. Hay ministerios de relleno tales que el de Cultura, el de Asuntos Sociales o el de Igualdad: tan superfluos que aparecen y desaparecen como el Guadiana. Suelen ser utilizados para solucionar emergencias. Por ejemplo, cuando hay que pactar con un socio menor al que no se desea, pero al que es necesario satisfacer con una propina.

Pasaban ya estas cosas en tiempos del Innombrable e incluso antes. Quizá no sea muy conocido el caso de Lluís Companys, político al que el presidente del Gobierno republicano, Manuel Azaña, nombró ministro de Marina: el ministerio mariano de entonces. “¡Qué se le va a hacer! Ministro, aunque sea de Marina”, asintió Companys con resignación.

Companys aceptó de esa mala gana la encomienda en 1933, un año antes de declarar –ya como presidente de la Generalitat– la independencia del Estat Catalá. Curiosamente, el que había sido jefe de Marina fue encarcelado en un buque.

Marina ya no existe como ministerio desde hace décadas, de modo que las nuevas marías se las ha adjudicado Pedro Sánchez a sus socios de Sumar. Son más o menos las mismas que asignó en el anterior Consejo de ministros a lo que entonces se llamaba Unidas Podemos.

"Lo bueno de los ministerios-maría es que, haga lo que haga su beneficiario, nunca ocurre nada grave"

La única que parece tener algo de contenido es Sanidad, que en realidad gestionan las comunidades autónomas. Las demás son tan previsiblemente vacías como Derechos Sociales, Infancia y Juventud y, naturalmente, Cultura.

Parece lógico. Sobre el poco aprecio que los gobiernos suelen mostrar a la cultura habían bromeado ya Les Luthiers en uno de sus hilarantes ‘sketches’. Imaginaron los humoristas argentinos un régimen militar en el que los ministerios de Economía, Exteriores u Obras Públicas eran ejercidos por generales, contraalmirantes y brigadieres. El de Educación y Cultura le tocaba, lógicamente, a un cabo primero.

Como si quisiera darles la razón a Les Luthiers, el nuevo ministro de ese ramo, Ernest Urtasun, se ha estrenado en el cargo con un recuerdo a Gloria Fuertes, poeta o poetisa fallecida hace 25 años. “Medio lustro sin una poeta y cuentista libre, valiente y feminista”, escribió el ministro en Twitter, convencido en apariencia de que un lustro equivale a un cuarto de siglo.

Sus asesores, o tal vez él, corrigieron el cálculo tan pronto como empezó la guasa en las redes. Muchos de los comentaristas de la ocurrencia se asombraban de que un ministro de Cultura ignorase que un lustro son cinco años y no veinticinco; pero tampoco hay razón para ese ensañamiento.

Peor sería que un ministerio de Transportes encargase trenes de mayor tamaño que los túneles, por poner un ejemplo de sucesos sin duda imaginarios.

Lo bueno de los ministerios-maría es que, haga lo que haga su beneficiario, nunca ocurre nada grave. Salvo, si acaso, en Igualdad; pero esa es otra historia.