Opinión | AL AZAR

Por un Ministerio de Catástrofes

Después del trauma colectivo del 11-S, el presidente George Bush concentró en la Casa Blanca a los titanes o moguls de los grandes estudios hollywoodienses. Quería que los máximos especialistas mundiales en el cine de desastres le ilustraran sobre las nuevas calamidades que podrían abatirse en el futuro inmediato sobre Estados Unidos. Desde entonces, el planeta encadena cataclismos que se siguen tramitando como excepciones a la norma. De ahí que en la modesta dimensión española urja un Ministerio de Catástrofes, ahora que se negocia una nueva geometría gubernamental.

En 1960, el candidato presidencial John F. Kennedy invitó a cenar a Ian Fleming, un autor británico poco conocido de una serie de libros en torno a un superagente llamado James Bond, que había fascinado al aspirante Demócrata. Cuando la conversación viró hacia el recién encumbrado Fidel Castro, el político planteó: “¿Qué haría James Bond en Cuba?” . El escritor le replicó que 007 se preocuparía de que el comandante cubano pareciera ridículo, más que importante. Es una respuesta poco convencional pero inteligente, la entrevista señala el modo de actuación del imprescindible Ministerio de Catástrofes.

Sin más que repasar las portadas, se comprueba que las catástrofes roban mucho tiempo que debería consagrarse a los asuntos importantes. No se habla aquí de una crisis vulgar de Gobierno, de incidentes cotidianos. Por ejemplo, el matón político de Tony Blair se topa con los tabloides acusando al ministro de Sanidad de compatibilizar una esposa y una amante. Ni corto ni perezoso, el spin doctor agarra literalmente por las solapas al miembro del gabinete en el aeropuerto de Heathrow, y le obliga a decidir de inmediato entre las dos opciones de su vida privada. Una escena cotidiana que quedaría fuera del ministerio propuesto.

“Ucrania, Israel o la COVID han marcado los gobiernos de Pedro Sánchez sin dar tregua, con más intensidad que los vaivenes de la actividad reglada del país”

Las catástrofes roban mucho tiempo, que debería dedicarse a los asuntos importantes. Sin ir más lejos, Ucrania, Israel o la COVID han marcado los gobiernos de Pedro Sánchez sin dar tregua, con más intensidad que los vaivenes internos del país, amnistía incluida. En los mítines de este año, el presidente se preguntaba ensoñador “qué podremos llegar a hacer” si el mapa de imponderables desastrosos le concediera una tregua. Aunque el pacto teatralizado con Yolanda Díaz no concede espacio a los violentos “actos de Dios” que deben reconocer incluso los partidos laicos, el candidato socialista a repetir investidura se mostró oracular el martes al concluir que “nadie sabe lo que va a ocurrir durante los próximos cuatro años”. Solo se sabe que será malo. Un empujón adicional, y España verá inevitable el Ministerio de Catástrofes.

El Gobierno en ciernes y todos los precedentes insisten en parcelar la política en Sanidad, Educación y demás tópicos inofensivos, pero la catástrofe continua es la nueva normalidad. Los gobernantes españoles no podrán convocar a los productores del aborrecible cine intimista que satura las pantallas, y no siempre tienes a mano a Pérez-Reverte para saber cómo va a evolucionar un conflicto. Pese a ello, la reticencia se basa en suponer que la maquinaria estatal viene engrasada para responder a un imprevisto dantesco. Tan preparada como Israel frente a Hamás, con solo 23 guardias distribuidos en el muro para ser tiroteados o degollados por centenares de atacantes.

En efecto, el concepto básico del Ministerio de Catástrofes consiste en evitar interrogantes que nunca debieron plantearse, del tipo de “¿dónde estaba el Ejército israelí el 7 de octubre?”. El departamento también se encargaría de neutralizar a los eruditos que pontificaban que “Putin nunca invadirá Ucrania”. El escéptico rezongará que la dedicación exclusiva a las hecatombes no garantiza que la institución a crear pueda prever todos los imponderables. Sin embargo, en esta insuficiencia se comportaría como los ministerios ya conocidos. Salvo Javier Milei, ningún político sugiere el exterminio de los departamentos que no resuelven íntegramente las cuestiones bajo su tutela.

La realidad es cada vez más absurda. A la hora de escribir estas líneas, un Estado norteamericano al completo se refugia de un asesino armado, que ya ha matado a más estadounidenses que israelíes han fallecido en guerra desde el 8 de octubre. Sin llegar a la sangre, los zarpazos del cambio climático continuarán inclementes, la sequía española es portada del ‘New York Times’, crece el reparto de virus y pueden añadir a Taiwán en la lista de secretarías de Estado o direcciones generales a contemplar en un Ministerio de Catástrofes. Nadie puede dudar de su futura implantación, a falta de calcular cuánta devastación adicional será necesaria para otorgarle una cartera.