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Un amor más fuerte que la guerra

Lucas Froufe viajó a Ucrania para visitar a su novia, una periodista de Kiev a la que conoció en una boda en Sevilla: “Es duro vivir con la incertidumbre de un posible ataque”

Lucas Froufe y Olha Likhtarenko, en Kiev, el pasado mes de noviembre. @LUCASFROUFE

Cuando el ourensano Lucas Froufe se subió a un tren en Varsovia para viajar a Kiev, todos creyeron que era un combatiente extranjero. ¿Por qué otro motivo entraría alguien de forma voluntaria en un país en guerra? Desde el inicio de la invasión rusa, el 24 de febrero, los desplazamientos se han producido a la inversa. De Ucrania se sale, y si alguien entra es para ponerse el traje de combate. Lucas tuvo que explicar que no iba a alistarse, y que su razón no era combatir, si no visitar a su novia. Y al igual que su familia y amigos en Galicia, también en Polonia y Ucrania creyeron que estaba loco.

Pero sí, algo tan simple y tan poderoso como el amor fue lo que empujó a este joven con raíces en Baños de Molgas y domicilio en el barrio ourensano de A Ponte a coger un avión a Edimburgo, otro a Varsovia y después ese tren en el que viajó 20 horas hasta Kiev para reencontrarse, en un escenario de calles destruidas y edificios bombardeados, con la mujer a la que había conocido tan solo un mes antes en una boda en Sevilla. 

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Kiev vuelve a sufrir una ola de ataques con misiles por parte de Rusia Vídeo: AGENCIA ATLAS Foto: Agencias

Él era primo del novio y ella, amiga de la novia. Una historia probablemente condenada a terminarse tan pronto como los recién casados diesen por terminada la celebración. Pero no, ni los 3.800 kilómetros que les separan, ni una guerra que ha provocado miles de víctimas y desplazados, han conseguido frenarles.

Podría ser el guion de una película, pero es una historia real. “Ni yo mismo me lo creo”, confiesa Lucas.

El motivo por el que viajó a Ucrania se llama Olha Likhtarenko, periodista ucraniana que eligió quedarse en su país cuando estalló la guerra. El pasado mes de septiembre viajó a Sevilla, a la boda de su amiga, una compatriota que llevaba años fuera del país. Ella llegó unos días antes de la fecha fijada para la celebración, al igual que Lucas. Una casualidad que les dio tiempo y la oportunidad de conocerse. “En cuanto me la presentaron, noté que ahí había algo”. Y así fue, todavía no se había celebrado la boda y ya sentían que los novios podrían ser ellos.

Lucas y Olha en Sevilla, donde se conocieron. @lucasfroufe

Así que decidieron prolongar la estancia en Sevilla. De ahí volaron a Santiago y pasaron algunos días más en Galicia. “Fue duro cuando se tuvo que marchar, pero sabíamos que nos volveríamos a ver”. Y no había pasado ni un mes cuando Lucas cruzó la frontera.

“Nunca dudé y no me arrepentí ni por un segundo, estaba decidido a hacer ese viaje. Al principio me daba mucho respeto, porque me interesa el tema y estaba muy informado sobre la situación en Ucrania. Ella también me advirtió del riesgo de ataques con bombas y drones, pero yo sabía que quería estar con ella, aunque la hubiese conocido hacía tan poco tiempo”, relata.

Lucas, sobre un tanque destruido en la ciudad de Bucha. @LUCASFROUFE

Admite que cruzó la frontera con miedo, porque hasta poder comprar una tarjeta prepago para el teléfono, no tenía datos móviles. “Estaba nervioso porque no conoces a nadie, es un país en guerra y si me pasaba algo no sabía con quien hablar o comunicarme. Además, allí casi nadie habla inglés”. Pero salvo el “shock” que provocaba en los controles el motivo de su entrada voluntaria en el país, llegó sin contratiempos a Kiev, donde lo esperaba Olha. “Fue impactante ver todo aquello”, explica.

Durante los 13 días que pasó en la capital ucraniana se alojaron en un apartamento de alquiler en el centro de la ciudad. Al contrario de lo que uno pueda imaginar, relata, “se hace vida normal, pero ves la tristeza en la gente”. Pudo visitar zonas desocupadas, como la masacrada Bucha, donde la pasada primavera se cometieron verdaderas atrocidades, o Irpín, que fue bombardeada durante la evacuación de civiles. “La desolación es absoluta”, afirma, “se me rompió el alma”.

Un edificio destruido en Bucha. @lucasfroufe

La vida ‘normal’ de la que habla Lucas incluye salir a tomar un café, visitar lugares de interés y cenar en un restaurante, pero también un estado de alerta permanente ante un posible ataque y ser consciente de que, en cualquier momento, puede sonar una alarma antiaérea y hay que dejarlo todo y resguardarse. Esto, relata, ocurre todos los días y la población lo ha incorporado a su rutina. Pero para él era nuevo y no dejaba de generarle cierta inquietud, aunque por algún motivo, apunta, “me sentí seguro en todo momento”.

La primera alarma sonó el segundo día, en plena noche. “Estábamos en el apartamento, con todo en silencio porque hay toque de queda, y te pone los pelos de punta”, detalla. Cuando esto ocurre, la población se refugia bajo tierra en los sótanos de los edificios o en el metro, hasta que cesa el peligro. Pueden pasar minutos o varias horas, “nunca se sabe”.

Lucas pudo visitar lugares emblemáticos de Kiev. @lucasfroufe

La situación en Kiev es complicada y los sucesivos ataques a las infraestructuras energéticas han sumido al país en la oscuridad. La falta de luz trae consigo que a veces no funcionen las alarmas. Para alertar a la población de posibles ataques funcionan grupos de Telegram y aplicaciones del Estado, lo que supone estar muy pendientes del dispositivo móvil. “Estaba asustado, y todavía me pongo nervioso al recordar cuando llegaban los avisos y bajábamos al refugio. Es duro vivir con esa incertidumbre”. Pese a todo, asegura que está desando volver.

Durante su estancia, el 15 de noviembre, Rusia lanzó más de 90 misiles y una decena de drones kamikaze desde el mar Caspio y la región de Rostov. Fue el ataque masivo contra infraestructuras energéticas más fuerte desde que comenzó la guerra, en respuesta a la retirada de su ejército del norte de la región de Kherson. Diez minutos antes de que sonasen las alarmas, Lucas había pensado en bajar a la calle. “Quería comprar una camiseta de fútbol para un amigo de Valencia, pero ella me dijo que no saliese, que hacía demasiado frío”. Y, por suerte, se quedó. Entonces sonaron las alarmas y se refugiaron en el edificio. “Fue impactante, se escuchaban las explosiones y los disparos del ejército tratando de derribar los drones”, recuerda Lucas.

Lucas en Kiev, con una bandera ucraniana. @lucasfroufe

Pese a lo difícil que puede resultar vivir en un país que lleva ya nueve meses en guerra, regresó impresionado por la alta moral de la población ucraniana. “Lo llevan bastante bien porque están absolutamente seguros de que van a ganar”. Una victoria que, predicen, podría producirse la próxima primavera. Con o sin guerra, en la historia de Lucas y Olha ya se escriben planes de futuro. Un proyecto laboral en el que ya trabajan y que les permitiría vivir un tiempo en Ucrania y otro en España.

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