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Faro de Vigo

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Greciet opinador

La mascarilla, ese símbolo

Los niños y chavales de los años treinta y cuarenta del pasado siglo vivíamos las jornadas navideñas entre constantes alicientes: vacaciones escolares, villancicos y músicas, belenes, regalos, espectáculos, golosinas, fiestas escolares y parroquiales, bromas, felicitaciones, visitas y contactos familiares. Días felices para recordar.

Tras el tostón de la Lotería navideña de los mayores, venía la alegre Nochebuena familiar, los villancicos ante el belén casero con un riachuelo de papel de plata, los pastores y su ángel anunciador colgado de una palmera artificial, Y el remate con los Reyes Magos y sus camellos que avanzaban por un serpenteante sendero de serrín entre praderas de musgo.

El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, con sus ingenuas bromas, la pagana Nochevieja que todos los años se venía y se iba pero siempre solía volver. Fiesta además en el nutrido Catecismo, con recitales de los catecúmenos que hacíamos en pie subidos en sillas con el lleno familiar del templo parroquial.

Y las cartas ilusionadas a Sus Majestades los Magos de Oriente cuya autenticidad no se solía poner en duda. Reyes, pues, que venían de veras en una cabalgata fastuosa por las calles del centro de la ciudad. Cortejo musical y colorista que nos obligaba después a ir pronto a la cama dejando entreabierto el balcón de la sala y sobre la mesa agua para los camellos.

Crecimos entonces ocultando en casa que lo sabíamos todo antes de tiempo, después de algunas dudas, para no derrocar a Sus Majestades desanimando a los proveedores. En todo caso, días felices aquellos, de ilusión, de fervor, de luces y de músicas.

Creíamos entonces que todo seguiría igual, aceptado y establecido para las siguientes generaciones. Pero quedaba en riesgo la “monarquía” de los Reyes Magos y su provisional derrocamiento por un Papá Noel extranjero y aún menos creíble que ahora mismo

Hace un año justo vivíamos por aquí como en un mundo algo distinto del actual. Aunque en principio pareciera que era el acostumbrado y muy tradicional. Sin otros sobresaltos que los normales en el espacio y el tiempo que nos toca vivir. Nosotros, la respetable gente del común, participábamos del programa de siempre. Sin sospechar lo que se avecinaba. ¡Nada serio en principio!

Pero al mes siguiente empezaría la pesadilla, disfrazada de un simple constipado, que iba a caer sobre todos como una de las peores plagas de la historia. Con el peso añadido de una del todo anómala situación política que no parece tener solución.

Quién nos lo iba a decir a nosotros los mayores, herederos de unos años treinta espeluznantes pero también de una adolescencia y juventud por lo menos prometedora y feliz. La experiencia nos dice que no es conveniente caer en el pesimismo, pero que nunca sobra afrontar de veras toda situación

A ver cuándo podemos quitar la mascarilla, símbolo certero de la situación.

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