11 de marzo de 2019
11.03.2019

Cambia el médico, persiste la enfermedad

El Celta prolonga su caída en picado tras caer con justicia en un partido que jugó a merced del Betis - Pese a la llegada de Escribá al banquillo el equipo sigue desnortado y sin nervio

11.03.2019 | 02:24
El Celta - Betis de Balaídos, en fotos. // Alba Villar

El Celta no necesita un entrenador, sino un exorcismo que sea capaz de devolver la vida a lo que ahora mismo parece un muerto pendiente de recibir el certificado de defunción. El estreno de Fran Escribá en el banquillo de Balaídos tampoco cambió la desquiciante dinámica de un equipo que juega sin el nervio necesario para sobrevivir a una situación de esta clase y que ayer fue un juguete en manos del Betis de Quique Setién que tiene toda la claridad de ideas de la que carecen los vigueses en estos momentos. En el haber de Fran Escribá hay que apuntarle una ligera mejoría en el posicionamiento del equipo en defensa -algo más coherente de lo visto hasta el momento-, pero el Celta volvió a mostrar esa absoluta pobreza de ideas en ataque que le lleva a vivir de la improvisación y a plantear los partidos sin otro plan que el de esperar que el rival cometa un grave error que le solucione la papeleta. No hay otra estrategia. La caída desde que Iago Aspas desapareció de las alineaciones no se detiene y cada semana que pasa el equipo empeora sus prestaciones. A nivel colectivo e individual. La inseguridad, la falta de personalidad y el miedo se extienden por la plantilla hasta ofrecer espectáculos como el de ayer. Era cuestión de tiempo que el Betis encontrase el premio a su aplastante dominio sobre Balaídos. Marcó a ocho minutos para el final, pero pudo hacerlo mucho antes. Los de Setién, llenos de calidad y con una filosofía bien definida, siempre encontraron la manera de comprometer a un Celta agarrotado y miedoso. Y cuando parecía que se les agotaban las ideas apareció en escena Tello para hacerle un traje a Hugo Mallo e inclinar el partido. A los vigueses no les queda ni el consuelo de pasar una jornada más sin caer a los puestos de descenso. El triunfo del Villarreal en Valencia unas horas después les entrega a una situación delirante y en su horizonte inmediato aparece la visita al Santiago Bernabéu.

Seguramente esa frágil situación anímica nadie la representó mejor que Hugo Mallo. El lateral, tras una primera parte correcta en la que había contribuido junto a sus compañeros a conceder pocas opciones al Betis aún a costa de no ofrecer nada en ataque, se dejó vencer por la presión en el tramo final. Cometió errores impropios en alguien de su experiencia, se aceleró en exceso, discutió con sus compañeros entre grandes aspavientos y en medio de esa fiebre cometió un fallo garrafal en una trancisión bética al ir a tapar donde no debía a Canales para habilitar un pasillo enorme a Tello. El interior remató a puerta, rechazó Rubén y Jesé marcó a puerta vacía. Fue el triste colofón a una mala mañana en la que Fran Escribá descubrió que la tarea que le espera es gigantesca.

El técnico, consciente de que la primera misión es afianzar al equipo en defensa, consiguió que el Celta ocupase mejor el campo cuando el rival tenía la pelota. Pero en el fondo era una situación ficticia porque el Betis encontró mil maneras de llegar al área viguesa gracias al infinito talento de su medio del campo donde LoCelso o Canales fueron indetectables para Lobotka y Okay. El problema para Setién era que una vez allí no tenían el peso en el área necesario para inclinar la balanza y también se encontró a un Celta más firme gracias al buen nivel de la línea que formaron Hugo Mallo, Araújo, Costas y Juncá. Eso permitió a los vigueses sobrevivir e incluso disfrutar de un par de buenas ocasiones en las botas de Maxi, que está pagando el aislamiento con el que juega cada semana. No está fino en las pocas que tiene. Esas oportunidades llegaron siempre que el Celta se atrevió a ir con decisión a por el Betis a su área con la idea de aprovecharse de la obsesión que los de Setién tienen por sacar el balón jugado desde atrás sea cual sea la circunstancia.

Ese asomo de optimismo con el que acabó la primera parte se desvaneció por completo tras el descanso. El Celta ya no volvió a visitar el área de Pau López. Maxi se aisló aún más y el partido de Boudebouz -una de las novedades de la alineación- y de Brais fue un puro espanto. A Boufal le salva que al menos era el único futbolista que cuando le entregan un balón en condiciones se atreve a lanzarse a por su rival, un punto de atrevimiento que no tiene ninguno de sus compañeros. Incapaces de hacer nada coherente con la pelota, invadidos por el miedo, al Celta no le quedó otro plan que refugiarse y tratar de resistir las embestidas de un Betis que no dejó de insistir. Tuvo un pequeño guiño favorable del destino porque cuando empezaban a agotársele las ideas y los centrales parecían haber encontrado la forma de sujetar a Canales se lesionó Francis. Entró en ese lateral Cristian Tello que abrió en canal a Hugo Mallo. El extremo se convirtió en el principal, casi único, argumento de los sevillanos y de sus botas salieron una colección de ocasiones claras. Escribá no encontró forma de cerrar esa vía de agua, Brais ayudó lo justo al lateral en esa tarea y finalmente llegó el gol que el Betis había merecido mucho antes. Apeh y Jensen saltaron a escena (Pione lo había hecho un rato antes), pero el destino del Celta ya estaba escrito. Un disparo inocente del extremo danés en el descuento fue lo único que los vigueses fueron capaces de generar en el arreón final. La estadística dice que fue el único entre los tres palos del conjunto de Escribá. Una fiel descripción de lo que el Celta, apático y plano como nunca, fue capaz de hacer en ataque. Escribá resoplaba camino del vestuario. No se imaginaba seguramente que la sequía mental del grupo llegaba tan lejos ni que fuese tan importante que pase cuanto antes el tiempo que falta hasta la vuelta de Iago Aspas.

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