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¿Por qué soy negacionista?

Una ciudadana discute con varios negacionistas concentrados en Valencia. | // F. CALABUIG

Jueves 26 de febrero de 1998. Andrew Wakefield presenta una investigación preliminar publicada en la prestigiosa revista científica The Lancet en la que dice que doce niños vacunados con la triple vírica (sarampión, rubeola y parioditis) habían desarrollado comportamientos autistas. Años después, la comunidad científica en pleno desmontó este estudio, la revista publicó una retractación e incluso se descubrió que Wakefield, además de mentir y falsear a conciencia los resultados (uno de los niños no encajaba en su hipótesis y lo ocultó), tenía un conflicto de intereses en el momento de publicar ese informe, ya que había pedido la patente para una vacuna para el sarampión que competiría directamente con la triple vírica. Pero de poco sirvió el desmentido. En los años que tardó la comunidad científica en desmontar las mentiras de Wakefield, los índices de vacunación bajaron tanto en Reino Unido como en el resto del mundo. Fue la chispa (la más reciente) que prendió la mecha del movimiento antivacunas.

Podríamos retrotraernos aún más. A una partida defectuosa de la vacuna contra la polio que provocó daño cerebral e incluso la muerte de varios niños en 1955. La tragedia sirvió para mejorar los controles de calidad, pero también para que Rosemary Fox y Renne Lennon crearan el primer grupo de padres contra las vacunas. Y aún se puede ir más atrás, hasta 1796, cuando el mismísimo Edward Jenner, descubridor de la primera vacuna (la de la viruela, el virus que más personas ha matado en toda la historia), tuvo que enfrentarse a los escépticos de la cura. “El miedo a las vacunas ha existido siempre, como ha existido el miedo al microondas porque decían que era cancerígeno. Este tipo de posturas sin base científica siempre han estado ahí”, apunta José Miguel Mulet, investigador y divulgador experto en Biotecnología.

Pero ¿de qué se compone el movimiento antivacunas? Para empezar, la sucursal de este grupo en España es mucho más pequeña y de menor importancia que la que hay en otros países,pero hacen mucho ruido, como intentaron la semana pasada bombardeando con mensajes agresivos la web del Parlamento de Galicia en contra de la reforma de la Ley de Salud de Galicia.

El perfil

Consuelo Tomás es psicóloga clínica y ha realizado un estudio sobre el miedo a las vacunas. Para ella, el perfil del negacionista es el de una persona con baja tolerancia a la incertidumbre y a la frustración y, sobre todo, con patrones de pensamiento muy rígidos. “Son personas que no soportan la ambigüedad y lo ven todo en términos de blanco y negro, no valoran los grises”, asegura. Estos son los creyentes convencidos, pero Tomás desgrana que las motivaciones son muy diversas. “Desde razones religiosas, filosóficas y políticas hasta personas que simplemente tienen fobia a las agujas o se obsesionan con los posibles efectos secundarios que pueda tener la vacuna hasta el punto de que desarrollan trastornos de ansiedad o depresión”, cuenta. No todas las personas que rechazan la vacuna son conspiranoicas, es más, la mayoría no lo son.

“Son personas que no soportan la ambigüedad y lo ven todo en términos de blanco y negro, no valoran los grises"

Consuelo Tomás - Psicóloga clínica

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Pero las redes sociales son “una enorme falacia de confirmación”, explica apunta José Miguel Mulet, investigador y divulgador experto en Biotecnología, y este es uno de los problemas para la aparición de desconfiados. “Muchas veces la gente tiene dudas lógicas sobre qué pasa si se pone la vacuna, los efectos secundarios, y resulta que en internet hay información de todo tipo, una amalgama en la que mucha gente se pierde”, apunta Tomás. Para ella, es muy importante “no infravalorar a las personas que sienten ese miedo, que no se sientan avergonzadas. Es preciso que sean escuchadas, comprender el origen de sus temores y darles información veraz. Dediquemos tiempo a escuchar a estas personas sin juzgar, y para eso sería bueno que los profesionales de la sanidad tuvieran más tiempo para tratar con sus pacientes”, apunta.

El tratamiento: la información

¿Cómo los tratamos ? ¿Se debería obligar a la vacunación? Todos los expertos dicen que no. “No es cuestión de obligar a nadie, sino de darles información y ser transparentes con ellos. Y sobre todo plantearles un dilema ético, el de la responsabilidad que puedan tener. La decisión de vacunarnos o no puede poner en riesgo la vida de otras personas. Tienen que ser conscientes de ello”, dice Tomás. Mulet apunta que “por experiencia, una ley que obligue nunca funciona. Además serviría para convertirles en mártires o guerrilleros de una causa, un mensaje muy atractivo y fácil de vender». Pese a todo, aboga por incluir matices: “Que la vacuna sea condición para que el niño estudie en un colegio público, por ejemplo”.

En cuanto a los integristas o fieles convencidos, la cosa se complica. “No puedes decir a nadie que está siendo engañado porque se reafirmará en su posición. Y menos tratarlos de estúpidos. Lo único que puedes hacer es sembrar la duda y reducir al absurdo su postura. Y quizá ni eso funcione”, comenta Mulet. El investigador pone como ejemplo el caso de un niño infectado con difteria en Olot, Cataluña, en 2015 porque sus padres se negaron a vacunarle. No fue hasta después de la muerte del menor cuando sus progenitores reconocieron: “Nos han engañado”.

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