¿Por qué Santa Clara no es BIC?

Un estudio de Restauración indaga en la falta de protección del convento y sus consecuencias

Tímpano policromado retirado del convento de Santa Clara.

Tímpano policromado retirado del convento de Santa Clara. / Gustavo Santos

¿Cómo es posible que Santa Clara de Pontevedra no sea Bien de Interés Cultural? Es la pregunta que se hacen alumnos y profesores de la Escola Superior e Conservación e Restauración de Bens Culturais de Galicia en un extenso trabajo que publica el nuevo número de la revista de la Asociación Cedofeita. En este recorrido analizan desde distintas ópticas una triste realidad que posibilitó desde obras incontroladas en el cenobio a que el entorno del convento creciese urbanísticamente de forma incomprensible o a que la orden de las clarisas pudiese llevarse las imágenes que ahora pretende recuperar la Diputación.

Los autores estructuran su trabajo en varios capítulos. Explican qué es un BIC y algunos de los problemas asociados a esta categoría legal, constatando que los bienes que podemos considerar así “conforman una realidad caótica y muy mal sistematizada, por lo menos en lo que se refiere a nuestra tierra. No tenemos garantía de que ciertos bienes culturales fundamentales tengan declaración de BIC, pero sí puede suceder que ciertos bienes de escasa relevancia” la tengan, al estar incluidos en declaraciones genéricas. “Un cruceiro de 1850 es BIC con toda seguridad, pero muy probablemente un castro de hace 3.000 años no lo sea”.

El patrimonio material está muy bien representado, recuerdan, “en comparación con la casi total ausencia del patrimonio inmaterial” y el patrimonio inmueble “está hiperprotegido” en comparación con el mueble. A mayores la protección de la arquitectura “domina en todo el campo administrativo patrimonial, pero mucho más en el caso de las declaraciones BIC”.

Recuerdan los impresionantes valores de Santa Clara: “El recinto en sí mismo, en medio de la ciudad; el yacimiento arqueológico, aún por conocer en su mayor parte; su arquitectura gótica, el jardín exterior, sus retablos barrocos, pinturas murales, su órgano, su archivo documental, las evidencias históricas de la vida en clausura”; antes de preguntarse si “existe algún otro bien cultural de esta dimensión que aún no sea declarado BIC” y responderse que “probablemente sí, pero cuesta imaginarlo. Y aún existiendo, suponemos que no será tan evidente, tan visible, tan claramente olvidado”.

Al analizar Santa Clara en su contexto patrimonial, histórico y artístico inciden en que es fruto del mismo origen histórico en las órdenes mendicantes bajomedievales que San Francisco y las ruinas de Santo Domingo. “Comparten muchas características y, de hecho, nacieron en parte de un proceso de competencia entre ellas. Sólo se comprenden de manera conjunta”.

Tienen en común “su excelente estado de conservación hasta el siglo XIX. Pero comparten algo más: todas sufrieron daños críticos e irreparables en los últimos cien años. La destrucción intencionada de Santo Domingo fue paralizada, salvando sólo los ábsides, por los primeros protectores del patrimonio cultural en la ciudad, la Sociedad Arqueológica. Más o menos un siglo después, en 1995, San Francisco ardió de forma dramática con daños gravísimos que probablemente sólo pueden entender aquellos que conocían el bien con anterioridad. Hasta ahora, Santa Clara permanecía como un único, un bien aparentemente inalterado, prístino visto desde afuera, excepcional en su virginidad metafórica, una joya”.

Privilegios de la Iglesia

Los autores analizan al detalle las causas y las culpabilidades de que Santa Clara no sea BIC. En el fondo, señalan, una explicación principal sobrevuela: “Los privilegios de la iglesia católica y el hecho de que los poderes políticos no quieren alterar o influir en la vida monástica de la clausura. Paradójicamente, quizás el Estado decidió no declararla pensando que estaba mejor protegida por la propia comunidad de monjas”.

La decisión, constatan, pudo ser parcialmente acertada, permitiendo la existencia autogestionada de la comunidad de clausura hasta su extinción, pero fue, añaden, “un desastre desde el punto de vista del patrimonio inmaterial”.

quizás el Estado decidió no declararla pensando que estaba mejor protegida por la propia comunidad de monjas”.

"Quizás el Estado decidió no declararla pensando que estaba mejor protegida por la propia comunidad de monjas”

Una de las principales causas de que no sea BIC es que nunca recibió el nombramiento como monumento histórico-artístico por parte del régimen republicano. “La República hizo un ingente esfuerzo de protección patrimonial que aún sigue vigente: aquellos bienes que fueron olvidados en la década de 1930 pagan aún las consecuencias”, señalan los autores, que reconocen desconocer por qué en aquel momento el convento fue dejado de lado.

En cualquier caso, destacan que la razón fundamental para que nunca fuese declarado BIC fue, “sin duda, el hecho de estar fuera de la antigua muralla medieval, hoy destruida y perfectamente visible en el trazo de la ciudad”. En 1951 el centro histórico fue declarado Conjunto histórico-artístico, con una delimitación basa en el trazado de esa antigua cerca.

Esa delimitación facilitó la destrucción de la mayor parte de A Moureira o el barrio de Lérez más allá del puente de O Burgo; y el plan urbanístico de 1989 no se quedó atrás y facilitó (cuando no obliga) a construir hasta 6 alturas más aprovechamiento bajo cubierta en los solares frente a Santa María, acabando por tapar la vista del río desde la basílica.

A la sucesión de desastres se suma, directamente, la inacción de la Xunta, que no respondió a los reiterados intentos del Concello de 2001, 2009 y 2011 de que se iniciase el expediente para la declaración.

Obras incontroladas

¿Cuál ha sido el resultado? Las religiosas realizaron obras incontroladas “y perjudiciales para el propio monumento”, lamentan los autores del estudio. Parte del muro del convento fue destruido y se levantó un bloque de edificios; todo el entorno creció urbanísticamente de modo incontrolado y se habilitó un aparcamiento subterráneo adyacente sin que se conozca un mínimo control arqueológico.

Con todo, lo peor pasó a partir de 2017, cuando las últimas monjas se trasladaron a Santa Clara de Santiago. “Comienza así lo que en conservación-restauración llamamos un proceso de disociación: un bien cultural complejo, formado por múltiples elementos que tienen sentido en el contexto en el que se sitúan, comienza a ser fragmentado, desplazado, desarticulado”, critica el estudio.

Se trasladan muebles, imágenes religiosas, un tímpano policromado o la figura de Santa Clara, sacada de la fuente… Si hubiese sido BIC, el interior del convento “no podría ser vaciado de la manera en la que se hizo”.

Finalmente, los autores señalan al deber ético y político que encarar para el futuro. Hacen una llamada de atención a las instituciones “para que cumplan por fin cuanto antes con su deber”, un tirón de orejas en especial para la principal responsable, la Consellería de Cultura de la Xunta.