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La Niña Bonita y El Fino Palique

Con una clientela variopinta, los dos bares legendarios dieron vida durante cuarenta años a la sórdida calle Tetuán

La Niña Bonita y El Fino Palique

La Niña Bonita y El Fino Palique

El Fino Palique y La Niña Bonita fueron las denominaciones de dos bares legendarios, a cual más llamativa; genuina la primera y apelativa la segunda. Varias generaciones de pontevedreses frecuentaron ambos locales entre los años 40 y 80 del pasado siglo. Uno y otro dieron vitalidad y lustre en todo ese tiempo a la calle Tetuán, antes histórica Rúa das Emparedadas.

Precisamente Jesús Nazareno prestó en los albores del referido siglo XX su nombre a la calle, más bien un callejón formado en los aledaños del Liceo Casino y el Teatro Principal. Manuel Nieto tuvo allí taberna y posada en 1901, al lado del ultramarinos de José María Crespo. Más tarde, los hermanos Manuel y Marcial Castaño regentaron otra taberna con alojamiento. Los dos establecimientos pasaron de unas manos a otras, hasta que encontraron al fin las hormas de sus zapatos a partir de la Guerra Civil.

El Fino Palique y La Niña Bonita escribieron su propia historia, puerta con puerta, en los números 2 y 4 de la calle Tetuán, donde también ofrecieron hospedaje en los pisos superiores. Al frente de ambos estuvieron Luís Fariña Mariño y Eulogio González Bande, respectivamente.

Pero hay que apresurarse a clarificar que el segundo fue un sobrenombre del bar Ribadavia que enseguida hizo fortuna, en tanto que el primero respondió a su denominación real, no porque resultara una cátedra de oratoria y se hablara mucho y bien, sino en referencia a su producto estrella: el vino de licor Palo Cortado, oriundo de Jerez, Sanlúcar y El Puerto de Santa María.

A decir verdad, nunca hubo color entre ambos, como para hablarse de una competencia directa. El Ribadavia siempre gozó de más renombre, aunque los dos cultivaron el chiqueteo. Pero aquel ofreció comidas y meriendas, amén del pulpo a la marinera como especialidad de la casa, y contó además con tertulianos ilustres, replicados en El Palique por las alegres chicas de A Moureira, quienes no fueron malas clientas, ni mucho menos. Si las comparaciones siempre resultaron odiosas, con más razón en este caso.

Aquellas profesionales sacrificadas se permitían un respiro cada lunes y hacían una parada al mediodía en El Fino Palique, lejos de tantas miradas inquisidoras y también de las otras, para disfrutar de un ratito de asueto.

En su camino de vuelta a casa tras el perceptivo reconocimiento médico en el Instituto de Higiene, no perdonaban una visita a la taberna de Luís para tomar un jerez o un amontillado, y de paso, atender sus pequeños vicios. Allí compraban, por ejemplo, el Pall Mall extra largo de contrabando, un cigarrillo emboquillado de diez centímetros que hizo furor en los años 50, hasta que el Winston le arrebató su liderazgo mundial entre los fumadores empedernidos.

Cuando presumía de ser "el bar más grande de Pontevedra", el Fino Palique destacaba por sus timbas de cartas, aunque las mejores partidas no se celebraban allí nunca, sino a puerta cerrada en la bodega que tenía en la calle Princesa, al lado de la imprenta Peón. Luego languideció en los años 60 y dejó a un lado su parte de taberna para dedicarse más a la venta de trompos, bolas, estallos y otras chucherías, amén del tabaco americano, incluida la picadura para pipa, y alguna otra mercancía de carácter reservado. No digo más.

A su fallecimiento en noviembre de 1972, la esquela de Luís Fariña Mariño resaltó su condición de "propietario de El Fino Palique", a mucha honra.

La Niña Bonita vivió una segunda etapa tan provechosa como la primera, con Nabor Álvarez Francisco y su esposa Charito al frente. Nada menos que 400.000 pesetas pagó por su traspaso a Eulogio y Generosa, que ya mayores y sin hijos, optaron por una jubilación bien ganada.

Lo primero que hicieron los nuevos propietarios fue recuperar el nombre de Bar Ribadavia, puesto que la niña bonita ya no estaba allí. Igualmente le dieron un buen lavado de cara: hasta cambiaron de sitio el mostrador y pusieron en la entrada unas puertas batientes, estilo Oeste americano, que tuvieron su gracia. Solamente al principio mantuvieron el hospedaje, pero pronto se concentraron en el chiquiteo de altura.

Nabor venía de trabajar en el Hotel Universo y sabía bien que significaba una atención cuidada a la clientela. En esa tarea se volcó su mujer y él.

Allí se hacía un excelente café y se ofrecía una taza del mejor Ribeiro, de cosecha propia, por solo una peseta. Los vinos del mediodía prácticamente empalmaba con los cafés y las copas de la sobremesa, cuando la partida de dominó sobre mesa de mármol para el golpeo obligado, convivía en armonía con una partida de cartas en la mesa de al lado.

A los antiguos clientes, de toda la vida como quien dice, pronto se unieron otros nuevos. Desde Torrente Ballester hasta Pío Cabanillas, pasando por Ramón Encinas o Blanco Tobío, así como otros pontevedreses de la periferia que regresaban en verano y se dejaban caer para comprobar si todo seguía igual que antaño en la entrañable taberna.

Catorce años duró esta segunda vida del Bar Ribadavia o La Niña Bonita. Charito y Nabor trabajaron como negros, pero recogieron sus frutos. Un almacén de vinos y la cervecería El Chiringuito, en la calle Benito Corbal -luego hamburguesería imprescindible-, fueron sus otros negocios que permitieron al matrimonio subir un escalón social. Él llegó a ser presidente de Aempe y primer teniente de alcalde del Ayuntamiento con Rivas Fontán, y hoy disfruta de una vejez tranquila en su casa de Lérez sin decir esta boca es mía para no molestar a nadie, con sus vanidades más que satisfechas.

El Bar Ribadavia aún tuvo una tercera oportunidad con Arturo Alvariño, otro destacado militante de la hostelería local, bien conocido por su etapa como camarero en la terraza del Carabela, y también al frente del bar La Jarra. Pero esta etapa postrera apenas tuvo historia y pasó desapercibida.

Tras el cierre irremediable de El Fino Palique primero y después La Niña Bonita, la capilla del Nazareno se quedó sola y triste en aquel angosto lugar como único vestigio de un tiempo mejor. Únicamente el día de Las Tres Gracias se llena de devotos y desventurados que abogan causas imposibles.

Sobre la fachada de los antiguos bares todavía pende hoy un cartel, cada día más deteriorado, donde apenas puede leerse una última denominación comercial: El Callejón del Liceo.

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