Habrá que esperar para que el líder de la oposición dibuje esta mañana en San Xurxo el esquema de lo que propone cara a estos meses que llevan a la primera de sus confrontaciones “de verdad” con el Gobierno, pero el panorama no pinta bien. Y ya no sólo porque el señor Sánchez insista en marcar diferencias con Europa en política iberoamericana, viaje a países con gobiernos populistas como Honduras o Colombia y a otro, Ecuador, con fuerte incidencia bolivariana, sino que además se jacta allí de no mantener contacto alguno con sus oponentes de aquí y pretende despellejar a don Alberto Núñez afirmando que con él las cosas empeoraron más que con Casado. Ver para creer.

Es una actitud que en España sólo enardece a sus hooligans –que por increíble que parezca, todavía le queda alguno–, gusta escucharlo a sus socios y complace a los aliados, pero que a la mayoría de los demás sólo les demuestra el miedo electoral que causa don Alberto en la izquierda toda y les sirve para corroborar que están en manos de la insensatez diplomática. Pero aún hay algo peor: la decidida apuesta, reiterada cada vez que abre la boca, del presidente del. Gobierno español de eliminar de facto a la oposición, siempre que proceda de quienes se niegan a sustituir el “no es no” por el “sí a pesar de todo”. Don Pedro tiene un gran parecido, en su perfil, a los autócratas, políticos que sólo admiten que se les lleve la contraria en las quinielas, y no siempre.

Todo eso –que sumado es motivo suficiente para desear que se cumpla ya lo de que “no hay mal que cien años dure”–, resulta susceptible de empeorar. Como casi todo en España, excepto el progreso –personal– de La (nueva) Casta desde que la coalición PSOE-UP asentó sus fondillos en los sillones gubernamentales. Y ese es uno de los motivos por lo que las expectativas de cara al otoño y el año que viene son tan malas. Además, por supuesto, de la evidente ineptitud de varios ministros clave para, por ejemplo, la prevención de los efectos del cambio climático o los daños colaterales que para los españoles, en materia de energía ha supuesto la guerra de Ucrania o el repentino fervor del presidente por la causa marroquí en el Sahara Occidental.

(Hay que sumar la extraña permisividad de la UE –por cierto, de momento la gran perjudicada directa por “la guerra de Putin”, además, aparte de la tragedia humana y humanitaria que vive Ucrania– que “obliga” a sus habitantes a pagar un precio desmesurado por las teóricas sanciones a Moscú. Que sigue ingresando, en rublos, por sus ventas a China, India y medio mundo más. Una actitud que ha convertido a Europa prácticamente en rehén de países en vías de desarrollo, aparte de consolidar ante el llamado “Tercer Mundo” la imagen de una especie de retorno a la imagen colonial a la hora de acudir a los mercados para hacer acopio de los materiales que necesita.)

No solo eso. Otros países y regiones de la UE, España en particular y por desgracia Galicia como el que más, son a su vez rehenes del rehén comunitario en sectores estratégicos como la pesca, la ganadería, las materias primas o la capacidad energética. Y además, en un muy mal momento político, en una Europa sin líderes y un gobierno en Madrid manifiestamente mejorable cuando se necesitaría uno con auténtica capacidad de diálogo y conciencia clara de que lo único que importa ahora mismo es lo común. Algo que España valoró quizá por primera vez en 1977 y que ahora están cerca de liquidar los revanchistas partidarios de “la ruptura”. En el estreno del curso, alguien debe reciclar aquel tiempo antes de que lo borren de la auténtica memoria.