Ha dejado muy claro, el futuro presidente de la Xunta, no solo cuáles son los objetivos de su mandato, sino la dificultad que entrañan, la confianza que tiene en superarlos y hasta dibujado las etapas en las que planifica el itinerario: que habrá de ser “el suyo”, como los cargos que va a ostentar. Algo que tiene tanto de lógico como de arriesgado: anunciarlo en casa, incluso a la hora de abrir la competición, se valora menos cuando se gana que se critica cuando se dejan dudas tras el resultado inicial. Y. frente a los que discuten su idoneidad para el reto, la primera ocasión de convencerlos fue positiva. Vista desde fuera, por supuesto.

Ocurre, como parece sensato al menos desde una opinión personal, que el señor Rueda Valenzuela tenga que modificar, y resetear, utilizando uno de esos términos propios de las nuevas tecnologías, la estrategia concebida por su predecesor para llegar con éxito al último de los objetivos marcados y ya aceptado por él mismo: la quinta legislatura del PP con mayoría absoluta consecutiva. Con don Alberto Núñez parecía más sencillo, al igual que los demás desafíos, y con don Alfonso no tanto, pero no por mayor debilidad en su formación y capacidad política y de gestión, sino desde una obviedad: él –Rueda– no es Feijóo, pero no lo es aún. Tiene tiempo y carácter para conseguirlo.

Su señoría el aún vicepresidente primero es frío en el ejercicio del mando, eficaz a la hora de alcanzar las metas que se marca y sabe entender y hacerse entender sin estruendo. Como Feijóo, pero siendo Rueda. Y más les vale a sus adversarios tener esto en cuenta si no quieren, como ocurrió a la izquierda gallega en 2009, ir a por lana creyendo que era toda suya y salir trasquilada por exceso de confianza. En cuanto a los adversarios, su mayor riesgo es precisamente el que correrá durante lo que algunos creerán interregno, es decir, el periodo en el que el nuevo presidente deje de serlo y actúe ya sin adjetivos. Un tiempo que dependerá de él y de los métodos que su oposición emplee para desgastarlo.

(La referencia a la oposición apunta a la “natural”, la externa, que abundará sobre todo al principio, en el capítulo de su condición de “heredero” –a pesar de que llega a donde llegará cubriendo todas las formalidades democráticas– y quizá le endosen errores ajenos pero que asumirá por coherencia. Contra eso no hay vacunas ni medicamentos: es cuestión de oficio, social y político, y don Alfonso lo tiene: ahora le queda hacerlo brillar y, sobre todo, procurar un acierto a la primera en ciertas cuestiones. En definitiva, habrá de hacer eso del refrán, “el movimiento se demuestra andando”, ante rivales crecidos por el relevo y/o las encuestas, como doña Ana Pontón, portavoz del BNG, o por la historia de servicio público del líder del PSdeG, señor Formoso. Con los que tendrá que tratar más en serio que Feijóo, por mera cortesía y por pura estrategia de país).

En cuanto a los otros rivales, los compañeros de partido –más peligrosos que ninguno según la escala de riesgos elaborada por un británico que conocía el paño como pocos–, don Alfonso, apoyado por los suyos, que los tiene aunque de dos tipos (los de siempre y los recientes que llegan atraídos por las regalías del poder y son poco fiables, pero útiles), dispondrá de la ventaja táctica del puesto que ocupa y la estratégica de la fortaleza estructural de su partido, el único –desde la Transición– en la derecha y el centro que resiste por ahora el cainismo de la política española. Su nuevo presidente sabe, puede y debe aprovechar ese valor en beneficio de todos. Y como solo los tontos o los sectarios quieren que los gobiernos fracasen, procede desearle éxitos. Por el bien de Galicia, que es lo que más importa.