A la vista de las cifras de la manifestación del sector agropecuario español, apoyada por autónomos y trabajadores del transporte, y la ausencia de incidentes, parece evidente que este domingo, en Madrid hubo numerosas ausencias. La más significativa fue, por supuesto, la de los ultraderechistas que, según el Gobierno, son los responsables de la violencia ocurrida durante estos días de huelga; la acusación carece de pruebas, y sin ellas la palabra de los que lo han dicho vale muy poco, como apuntan los precedentes. Y ya es de por sí bastante grave mentir, pero hacerlo en estas circunstancias y desde tan altas instancias es imperdonable.

Lo es, sobre todo cuando son tan pocos los que ofenden tanto a tantos –por supuesto a los huelguistas, que defienden sus oficios y su modo de vida– y sin el más mínimo pudor. Cada día, los coros gubernamentales recuerdan –y es así por mucho que les indigne la comparación, de momento solo propagandística– más a aquellos portavoces que durante la pasada dictadura franquista acusaban a los obreros que se manifestaban en las calles contra “el régimen” de ser “la antiEspaña”. Ahora es al revés, pero quizá no tarden estos en imitar a aquellos, al menos en la gramática.

Sea como fuere, en la manifestación hubo muchos ausentes. Por supuesto, los ministros de Agricultura y Pesca y la de Trabajo: nadie los esperaba, pero podrían haber tenido el coraje de explicar –en directo o en diferido– su teoría de que el Gobierno no tiene la culpa de las angustias del rural, que el responsable inmediato es Putin y los mediatos del mercado, la OPEP y las empresas eléctricas. Aparte de los que Yolanda Díaz llamaría “fascistas”, por supuesto. Pero cuando alguien no se atreve a defender lo que cree es que quizá teme estar equivocado y por eso se quita de en medio. Por eso y “por si acaso”.

Pero la cuestión es más profunda que todo eso, al menos en opinión personal: el quid consiste en que el ejercicio de la política se hace sin rozar apenas a la gente del común, como si la cercanía resultase algo inconveniente o peligroso porque acaso permitiría a los representados, al observar de cerca a sus representantes, descubrir defectos desconocidos y eso los llevase a cambiar de voto. En realidad, muchos de los que observan la vida pública española coinciden en que existe esa brecha, que impide a la democracia actual madurar con la agilidad y prontitud que necesita.

Por cerrar el capítulo de ausencias en una de las concentraciones más significativas que la España “vaciada” ha convocado, conviene no olvidar el de las dos grandes centrales sindicales, las que en otras ocasiones habían encabezado movilizaciones y huelgas generales a las que también convocaban a los autónomos. Ahora justifica, alguno de sus portavoces el “descuido” aludiendo a la condición “patronal” de los huelguistas –que apoyaron la protesta–, porque son “empresarios”. Sencillamente, un recurso argumental que debería enrojecer de vergüenza el rostro de algún dirigente sindical. Si le queda algo , claro.