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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Las trampas

Sin la menor intención de colaborar en el aumento de la alarma que ya se detecta en esta sociedad con respecto a la duración de la crisis eléctrica y sus daños directos y colaterales, procede sin embargo una reflexión. En síntesis, se trata de exigir a quien corresponde una inmediata y contundente respuesta a las trampas que algunos llevan a cabo y que aumentan sustancialmente el perjuicio de la situación. Y que, además, debería producir algo más que una referencia equivocada y maliciosa a “la ley del mercado” que a veces las causa: la de la oferta y la demanda.

Este periódico acaba de publicar información sobre la conducta sin duda escandalosa de quienes rescinden unilateralmente los contratos de suministro eléctrico para, de esa manera desleal, aumentar sus beneficios. Una táctica ilegítima a la luz de cualquier modelo ético y, por supuesto, un insulto estético que la población no debe soportar. Y menos todavía los que se encargan de dirigir ese enorme tinglado –dicho en todos sus sentidos– que es una sociedad moderna, llamado también Estado de Derecho, es decir, amparado por el tantas veces citado “imperio de la ley”.

En este punto conviene recordar que ese imperio separa, como que escribió el gran civilista profesor De Castro y Bravo, es lo que separa el orden democrático de una asociación de bandidos. A una sociedad en la que no cabe la impunidad, y mucho menos la pasividad de quienes son responsables no solo de especificar las normas sino también de aplicarlas en su forma y en su fondo. De hacerse así, ni sería posible que los ganaderos del sector lácteo, por ejemplo, tengan que vender, contra legem, su producto a pérdidas, o algunos suministradores de energía eléctrica rompan sus contratos para aprovecharse de las circunstancias.

Conductas como las que denuncia este periódico, de extenderse, convertirían el sistema en una selva en la que prosperen los depredadores y los carroñeros y que acabaría en un caos primero y después a saber cómo. La historia está repleta de ejemplos acerca de conflictos que comienzan por la ambición de unos pocos y terminan involucrando al mundo entero de una manera o de otra. Cierto que en estos tiempos casi todo se considera relativo, y que los valores se descalifican como “propios del pasado”, pero eso solo es un síntoma de enfermedad moral, no un diagnóstico certero que aporte la solución adecuada.

Así las cosas, al menos vista de óptica particular, resulte más que exigible la inmediata intervención de las autoridades democráticas de forma que el Estado de Derecho lo sea para algo más que literatura, la ley se respete tanto en su espíritu como en su letra y los sinvergüenzas, con guante blanco o manos sucias, acaben donde deben, que es fuera de circulación. Eso es lo mínimo que cualquier gobierno honesto le debe a los gobernados que día a día, año tras año, cumplen con sus obligaciones y aspiran a una vida decente y digna. Decencia y dignidad que empieza por garantizar que el Derecho se aplique de forma que todos se sientan amparados por él. De lo contrario, primarán los bandidos y la democracia desaparecerá de facto. Aunque suene apocalíptico.

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