A partir de la idea de que a nadie le amarga un dulce, resultaría absurdo criticar cualquier presupuesto –y ya ni se diga los generales– porque incluya una bajada de impuestos. Es el caso de las cuentas de la Xunta, presentadas esta semana y que son la obra póstuma de don Valeriano Martínez, un dato este que por pura justicia mitiga cualquier reproche, pero no lo anula. En todo caso sorprende la importante bajada del IRPF en su tramo autonómico y, por supuesto, también la del Patrimonio; hay una cierta duda en cómo se las van a arreglar quienes deban aplicar esas cuentas para gastar más con menos ingresos.

Parece cierto que el dinero que se espera de los fondos europeos servirá tanto para un roto como para un descosido, pero no conviene que alguien en el Ejecutivo autonómico se fíe de las promesas del Gobierno central y menos aún de los criterios que pueda seguir a la hora de repartir los cuartos. Eso aparte de que Europa no ponga pegas a la entrega de lo prometido: las políticas que la coalición PSOE/Podemos que se anunciaban en el congreso socialista de Valencia chocan de frente con las tesis que según la UE deben regir el destino final de la ayuda.

En cualquier caso los números de la Xunta, como los de Moncloa, permiten hablar de un propósito de “expansión” en las economías de España y Galicia. Es la consecuencia de aplicar lo de que “lo medible no es opinable” a ambos proyectos; sucede que en el oficio público es probablemente donde más se da el caso de que un centímetro, o un euro, haya de ser valorado según el cristal con que lo mire quien vaya a repartirlo. Y en esta España nuestra, donde se ha olvidado eso de la justicia distributiva, no todos son iguales: que se lo digan a los gallegos en comparación con los catalanes o a los asturianos en paralelo a los levantinos. Ambos los dos ejemplos, desde una opinión personal, naturalmente.

En definitiva, hay no pocas similitudes entre los presupuestos de don Valeriano y los de doña María Jesús, aunque los de la Xunta tienen a su favor la credibilidad que le dan varias legislaturas de estabilidad política, lo contrario de lo que experimentan los de la señora Montero, de los que nadie sabe quien los inspira: si los “socialdemócratas” inspirados en Largo Caballero o los “progresistas” que alaban a Stalin y olvidan el gulag. En este punto hay que insistir en que a la España de hoy no la entendería ni aunque bajase del Olimpo toda la familia de dioses encabezada por Zeus. Y sería peor, probablemente, en el futuro si los que promueven la confusión para apañar votos mantienen su disparatada estrategia de enfrentar a unos con otros.

La expansión, sin comillas, es un concepto por lo tanto relativo que, en tiempos turbulentos como estos parece utilizarse más para animar al público que para convencer a los especialistas. Sobre todo cuando el mismo día en que se anuncia que bajan los impuestos, los dos gobiernos revalorizan al alza los valores patrimoniales declarados por los ciudadanos. Es decir, los que tengan inmuebles, acciones u otros valores a declarar habrán de echar cuentas para comprobar que lo del descenso de la carga fiscal es propio de Antoñita la fantástica. Y si a eso se le añade lo de las autovías y las autopistas –de peaje, aunque les llamen “tarifadas”– es como para que se ponga a llover y en vez de gotas caigan piedras. Es decir, una pesadilla, un mal sueño, o simplemente un mal maquillaje de quienes pretenden lo que casi todos antes : dar gato por liebre al contribuyente y, encima, afirmar que “para eso está”.