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Antonio Touriño

Mirador de lobeira

Antonio Touriño

Las calles, para familias jóvenes y sanas

La seguridad vial desde el prisma municipal es uno de los retos programáticos aplaudidos indistintamente por la derecha e izquierda; eso sí, dependiendo de quien esté al frente del Gobierno. Construir carriles-bici, sendas peatonales, pasarelas de madera por la costa y el monte, renovar pasos de peatones e incluso sembrar badenes en todo el centro de la ciudad es la oferta indiscutible, lo más.

Los alcaldes ya no se callan y aseguran que los coches molestan a la convivencia. Quieren, y tienen sus motivos, erradicar el tráfico en el centro de sus pueblos, sencillamente para acabar con los accidentes de tráfico, para que los vecinos disfruten de sus rincones preferidos y también para que el aire tenga mejor calidad. Hasta ahí, correcto.

Pero queda mucho por hacer y casi un siglo conviviendo con los turismos no se elimina de un plumazo, simplemente porque es una herramienta que también da libertad y en muchas ocasiones la clave para conseguir alimento, en el más amplio sentido de la palabra.

Fácil resulta coincidir con la política de “humanizar” (palabro político al uso) las ciudades y, sobre todo, hacer que sus calles sean seguras en todos los sentidos y súperaccesibles para las familias que quieren pasear con sus niños, para los deportistas que quieren mantenerse en forma y para los ociosos hartos de ver los mismos escaparates.

Pero se echan en falta otro tipo de acciones igual de necesarias o más. Por poner un simple ejemplo, la eternización de un proyecto como la ampliación de las aceras del Castro Alobre, pues los miles de alumnos del centro se cruzan y comparten desde hace años con los usuarios del ambulatorio de San Roque un simple bordillo de apenas ochenta centímetros.

Ejemplos como este hay muchos pero cabe recordar también a otros colectivos que parecen olvidados de la mano de los alcaldes, por ende también en Vilagarcía.

Hace muchos años que colectivos con minusvalías urgen un nuevo diseño de las ciudades y aunque en algunos proyectos nuevos se les suele tener en cuenta, quedan muchos flecos por resolver. Se han quejado invidentes, personas en sillas de ruedas, quienes precisan de muletas para caminar y otros con movilidad reducida, háblese de enfermos o personas de avanzada edad.

Quizás sean ellos quienes tengan más derecho a que la ciudad se acomode a sus necesidades más básicas, pero para ello habrá que pensar en proyectos que no beban siempre en los mismos abrevaderos políticos.

Evidentemente, dirigirse a este público es menos rentable en número de votos, pero es una deuda histórica que se tiene que abordar con valentía, por el simple hecho de que cualquiera se puede encontrar en una situación parecida. Basta con tener que empujar la silla de un familiar por el centro de una calle peatonal adoquinada. ¡Hagan ese esfuerzo y luego piensen!

Porque peatonalizar debe ser un proyecto para toda la sociedad, no solo para los que están sanos y atléticos, o para los que tienen toda la tarde libre para disfrutar de las calles. A veces es necesario salir por otros motivos, incluso para ir a trabajar en un horario más o menos intempestivo, o para acudir a una urgencia sanitaria, visitar una farmacia o llenar el carro con alimentos.

Y ellos también tienen derecho a disfrutar de la calle a su modo porque no toda la red puede destinarse a patines, al running, al balón de reglamento o a las bicicletas.

Basta una simple reflexión para alcanzar un cierto equilibrio, es decir pensar de forma más empática para que los beneficios lleguen a todos los colectivos, no solo para familias jóvenes y sanas.

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