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Julio Picatoste

La leyenda de las tres mariposas

Claudio Magris desempolva una vieja y seductora leyenda franciscana. Tres mariposas son atraídas por un resplandor de brillo extraordinario; es un fuego de poderosa luminosidad. Una de las mariposas decide volar hacia la luz para conocer qué es y qué guarda aquel fuego hechizante; pero a medida que se acerca teme que la intensidad creciente de aquel fulgor pueda cegarla, por lo que decide no continuar. La segunda también emprende un vuelo con el mismo fin, pero, a medida que se aproxima, el calor es de tal magnitud que piensa que, de seguir, sus alas se quemarán, y al igual que la anterior, abandona el intento. La tercera mariposa, ávida de conocer de qué estaba hecha aquella luz ígnea y qué guardaba en su interior, no altera el vuelo y sigue adelante; nada la detiene; al acercarse a la luz, sus escamas cobraron una vivísima iridiscencia, y al final toda ella, en un instante, se hizo llamarada y se fundió con el fuego. Hasta aquí la historia.

Desconocemos qué pensaron las dos mariposas timoratas y recelosas, guardadoras de la integridad de su cuerpo, cuando vieron a su compañera de vuelo convertida en luminaria llameante, diluida en aquella luz abrasadora. Lo que sí sabemos es que se alejaron del lugar y prosiguieron su vuelo titubeante y gentil contra el azul del cielo, fieles a su destino como portadoras de polen; de tiempo en tiempo, miraban de reojo hacia la fuente de luz donde ya habitaba su compañera; pero nada se dicen, nada comentan entre ellas.

La tercera mariposa nunca regresó para hablar de su hallazgo, así que sus compañeras no pudieron saber qué encontró en aquel magma de fuego y luz. Al desistir de su intento, ellas decidieron no saber y, en su lugar, se dieron a la fantasía, al mito, a la leyenda. Ellas, que no quisieron abrasarse, que temieron perder algo de sí mismas y no prosiguieron su vuelo, desconocen qué guarda aquel reducto ígneo de irresistible resplandor. Ambas han preferido vivir en la ignorancia de lo que pueda haber tras la frontera luminosa. Para descubrirlo era preciso fundirse en aquella hoguera.

“Al acercarse a la luz,sus escamas cobraron una vivísima iridiscencia, y al final toda ella, en un instante, se hizo llamarada y se fundió con el fuego”

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La leyenda es enigmática y, por ello, como todo texto de esas características, fuente de interpretaciones diversas. Tal vez encierre dos figuraciones diversas y contrapuestas. La luz es energía y fuente de vida, se identifica con la vida misma o más bien con su origen. La mariposa que impulsa su vuelo hasta fundirse con la luz, se arriesga en la aventura; vendría tal vez a representar un recóndito anhelo humano: vengo de la luz y a la luz vuelvo, pero de lo que ocurre en verdad una vez se sumerge en aquella luminaria poderosa no tenemos testimonio alguno. Las otras dos evocan lo que, al cabo, la vida irremediablemente es si se adopta aquella posición conservadora y cautelosa. Incertidumbre, una pregunta constante que no encuentra otra respuesta que el silencio. Una duda permanente que mortifica y vivifica a la vez. Y al fondo, indescifrable, la luz incandescente.

¿Cuál es el vuelo acertado? ¿El de aquellas que abandonaron y optaron por volver y dar cuenta de una luz cuyo secreto interior se desconoce? ¿El de la tercera que desapareció fundida en el fuego sin poder regresar para contarlo?

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