Premiados fin de carrera, años después

La recompensa de brillar

Cuatro gallegos con el mejor expediente de su promoción en España repasan el camino hacia el éxito laboral: del precio del sacrificio, a las etiquetas

Critican la baja importancia que se otorga al Premio extraordinario: “No puntúa para casi nada, ni en las oposiciones”

Desde arriba a la izquierda: el vigués Andrés Salter, que recibió su Premio de manos de la exministra Pilar del Castillo. Thais Pousada, en la entrega del premio, con la exministra de Educación, Mercedes Cabrera. El economista Pablo Barros, con el exministro Ángel Gabilondo y María Estévez, que recibió hace una semana su premio en Madrid, con su hermana, también Premio fin de carrera de Galicia.

Desde arriba a la izquierda: el vigués Andrés Salter, que recibió su Premio de manos de la exministra Pilar del Castillo. Thais Pousada, en la entrega del premio, con la exministra de Educación, Mercedes Cabrera. El economista Pablo Barros, con el exministro Ángel Gabilondo y María Estévez, que recibió hace una semana su premio en Madrid, con su hermana, también Premio fin de carrera de Galicia. / Cedidas

Elena Ocampo

Elena Ocampo

Estos días miles de alumnos conocen su resultado tras el salto en el trampolín de los exámenes de la ABAU. Una nota que los sitúa ante la elección de su destino. Decía el Premio Nobel José Saramago que si quieres tener cosecha un día, “arremángate y siembra ahora”. El problema para muchos jóvenes está, por seguir con esa metáfora, en la elección del cultivo. ¿El esfuerzo académico siempre conduce al éxito laboral? Aunque muchos tienen claro en qué quieren formarse si las calificaciones se lo permiten, el miedo a equivocarse fluye libre en sus cabezas.

La historia de cómo eligió su futuro el vigués Andrés Salter es la prueba de que no siempre el camino más recto conduce al lugar elegido más fácilmente. “Iba a estudiar Medicina, pero a última hora decidí presentarme a la prueba de acceso de Traducción,... y ¡la pasé!”, recuerda para asombro de familiares y amigos que daban por descontado un brillante futuro en la Medicina de aquel estudiante colmado de éxitos en las calificaciones de Ciencias en Bachillerato. Cuatro años más tarde, las notas avalaron aquella decisión aparentemente repentina: Andrés no solo era el mejor de su promoción en la facultad de la Universidad de Vigo, sino de todas las facultades españolas. “Cuando empiezas a estudiar una carrera, el grado de desorientación sobre lo que quieres hacer en el futuro es altísimo”, reflexiona. Aún así, un día supo que su esfuerzo tenía premio. El BOE del año 2000 consolidaba su trayectoria educativa como la mejor de España en su disciplina. “Es un momento para compartir con tu familia y amigos, pero no un trampolín. Reconozco que tras verme en aquel salón con la ministra de Educación, fantaseaba con la idea de que me llamasen de algún lado: ¿alguna universidad? ¿una empresa?” Nada. Ni abre puertas, ni se considera un mérito”, relata. Aún así, Andrés Salter asegura, convencido, que repetiría aquel esfuerzo.

“Habría que tener un sistema que gestionase mejor el talento”

El economista Pablo Barros, con el exministro Ángel Gabilondo.

El vigués Andrés Salter / elena ocampo

“Habría que tener un sistema que gestionase mejor el talento”, indica, “para evitar la fuga al exterior de los mejores expedientes”. Salter trabajaba y estudiaba desde el segundo año de carrera como profesor e intérprete, para luego cumplir su sueño de emplearse en la traducción simultánea en Congresos... y en la universidad en el Reino Unido.

Desde ese momento y para “tirar de trabajo seguro”, Salter preparó una oposición. Hoy es asesor en la Consellería de Educación de programas de formación para el profesorado y vive en Tui. Y aprovecha el altavoz de su posición para pedir menos etiquetas al alumnado: “seas o no excelente, lo importante es no sentir la exclusión”, reconoce. Huye de la lacra del “niño chapón” pero tampoco ve en el modelo estadounidense altamente competitivo (“empezar la carrera queriendo ser el mejor de la promoción”) un modelo sano exportable.

El de Salter es solo un ejemplo de las decenas de alumnos gallegos premiados por su carrera... cuyo premio ni siquiera puntúa en los procesos selectivos universitarios o de oposición. La gratificación es bastante perecedera: se traduce en una dotación económica de unos 3.000 euros.

Cuatro estudiantes gallegos extraordinarios que recibieron de manos de los correspondientes ministros de Educación su premio fin de carrera, por ser los primeros de su promoción en España, relatan cómo se abrieron paso en el mercado laboral y reconocen el escaso peso de esta distinción –más allá de la cuantía monetaria– en el futuro más cercano. Sí puntúa, sorprendentemente, el mismo premio que se otorga a nivel autonómico para el currículo.

“El premio fue un reconocimiento a todo el esfuerzo anterior, aunque reconozco que tanta autoexigencia no siempre es positiva..."

La recompensa de brillar

Thais Pousada / elena ocampo

Una historia similar, aunque con la clarividencia de la vocación desde el minuto cero es la que cuenta Thais Pousada García, de Ponteareas. Se decantó por Terapia ocupacional en A Coruña cuando estos estudios aún sonaban a una materia carente de porqués. Y fue premio fin de carrera por su Diplomatura en 2006 en España. “Quería estudiar algo de Ciencias de la salud y, aunque en Medicina me daba la nota, no me apetecía invertir tantos años. .. Realmente quería ayudar a los demás y esta carrera me permitía ayudar a personas con discapacidad o mayores e influir en una mejora de su calidad de vida”, explica. “El premio fue un reconocimiento a todo el esfuerzo anterior, aunque reconozco que tanta autoexigencia no siempre es positiva... El exceso de perfeccionismo, a veces, conduce a la frustración”, reflexiona. En cuanto a la concesión del premio, Thais recuerda que cuando se lo notificaron “ya estaba trabajando en Barcelona”. Fue una motivación más. Simplemente.

Aunque hoy es titular de una plaza como profesora en la Universidad de A Coruña, no se olvida de que la primera oportunidad laboral llegó al mes siguiente de concluir la diplomatura. Y el Premio nacional se lo concedieron casi dos años después de acabar... Sí influyó el currículo de la carrera –nada el del Premio– a la hora de conseguir su empleo soñado. Trabajó en una asociación, hasta que se acabó el presupuesto. Valoró opciones y al final... Dio el salto a la Universidad. “Doy clase en un Máster de asistencia sanitaria, estoy dentro del centro de investigación en las TIC y mis líneas de investigación actuales persiguen usar la tecnología como un medio de apoyo a las personas con discapacidad: desde el ordenador o el móvil a la realidad virtual o la domótica.

“Tuve la suerte de que mi expediente me permitió trabajar al lado de casa”

Thais Pousada, en la entrega del premio, con la exministra de Educación, Mercedes Cabrera.

El economista Pablo Barros / elena ocampo

Uno de esos casos envidiables, casi de película basada en hechos reales, en el que un conocido bufete te ‘ficha’ al pasar el ecuador de tu carrera, es el del coruñés Pablo Barros. Garrigues le buscó en una feria de empleo –su expediente brillante tendría mucho que ver– cuando aún era un prometedor, eso sí, estudiante de Ciencias Económicas en Santiago. “La oferta estaba supeditada a conseguir la licenciatura”, explica Pablo, que no ha sabido lo que es salir de casa. “Ya tenía buenas notas y en la carrera traté de esforzarme un poco más; había unas aptitudes y una base de hábitos de estudio. Me esforcé mogollón y me tocó hincar los codos, pero también salí de fiesta. Luego, estudiaba cuando llegaban los exámenes”, reconoce el que sería el premio extraordinario estatal en el año 2010, tras haber finalizado sus estudios dos años antes. “Tuve la suerte de que mi expediente me permitió trabajar al lado de casa”, explica el economista de 40 años y natural de A Coruña, que visita Vigo y a sus familiares cada 15 días. Trabajó en el departmento fiscal del reconocido despacho, en Galicia y, después, pocos años más tarde de completar la licenciatura, escaló hasta un puesto de responsabilidad en una conocida multinacional textil asentada en Galicia. “No me cuesta reconocer que empecé a estudiar Ingeniería en A Coruña y lo dejé. Me equivoqué eligiendo la carrera. Luego, encajé como en un molde a la segunda. Las personas nos equivocamos, y no pasa nada”.

"No recuerdo una etapa educativa en la que no tuviese como objetivo dar lo mejor de mí"

La recompensa de brillar

María Estévez / elena ocampo

María Estévez, nacida en 1994 en Vigo, pero que lleva desde su primer año de vida en Salvaterra de Miño, cursó todos su estudios en la enseñanza pública y el grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en la UVigo. “Soy segundo premio nacional de la rama de ciencias sociales y jurídicas. El esfuerzo ya es anterior a los años de carrera. No recuerdo una etapa educativa en la que no tuviese como objetivo dar lo mejor de mí. Soy una persona muy competitiva y, en lo académico, no me permito relajarme en ningún momento”, explica. “Esto supone un gran estrés, siempre lo he pasado muy mal con los exámenes. No permitirme fallar implicaba que los afrontase con miedo, pero siempre con la confianza de que podía lograr mis objetivos”, reconoce. Por eso, vivió con “un gran orgullo” sus premios (fin de carrera, autonómico y estatal). “Para la docencia en etapa secundaria no supone un trampolín; no te abre puertas”, critica. “Estudiar para dar lo mejor de mí me impidió disfrutar al máximo en el deporte y no dedicarle tiempo a las cosas que me hacen feliz, como vivir en espacios naturales, cuidando animales y compartiendo esos momentos con la gente que aprecio. Pero sé que no estaría orgullosa de mí si no intentase sacar un 10 en cada examen que hice a lo largo de toda mi vida”, asegura.

¿La mayor recompensa a su constancia? Tener una plaza de docente de Educación física desde los 24 años. Su ejemplo está adobado de esfuerzo y también, de alguna decepción. Citando de nuevo ensayista luso Saramago, “hay momentos en la vida en que, para que el cielo se abra es necesario que una puerta se cierre". Algo así ocurrió con las oposiciones a las que concurrió en Castilla Léon. Tras los sinsabores de un farragoso procedimiento judicial, puesto que llegó a denunciar los resultados, al año siguiente, María lograría una preciadísima plaza en Galicia, en 2019.