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Faro de Vigo

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El valor de la muralla

Muralla de Vigo aparecida en las obras de la calle Carral. Ricardo Grobas

Tal como nos cuenta el FARO, esta semana han vuelto a emerger nuevos restos del Vigo que dormita bajo nuestros pies. Las excavadoras de la ya famosa obra del túnel de la Puerta del Sol han vuelto a sacudir la memoria no dormida, sino más bien aletargada de la ciudad. Nada grave, a decir verdad, porque lo cierto es que no hace falta demasiado ruido para despertarla, que tampoco es que se trate de un sueño muy profundo el que duerme la memoria de esta ciudad. O, por lo menos, no en términos espaciales.

Sucede que el Vigo que habitamos no es más que una piel fina, el envoltorio sutil de otro cuerpo que, aunque también es el nuestro, apenas parecemos recordar. Al contrario que las serpientes, la urgencia histórica ha hecho que la ciudad siempre se haya ido envolviendo en sucesivas capas de piel nueva, cubriendo siempre la anterior sin apenas llegar a deshacerse plenamente de ella. Y, como el diablo en su mejor truco, nos hemos dejado convencer de que en realidad nunca ha existido otra ciudad que no fuera la que hoy todos vemos y pisamos. Pero, sintiéndolo mucho por el diablo, lo cierto es que las cosas no son ni así ni mucho menos. Verán...

Tramo de la muralla de Vigo.

Tramo de la muralla de Vigo. FDV

A poco que alguien se fije, solo con que a uno le apetezca salir a dar un paseo por la ciudad y se deje llevar por el rumbo aleatorio, deslizándose de esquina en esquina, de detalle en detalle, en seguida dará con toda una panoplia de pistas, muestras y curiosidades que le señalarán la presencia evidente de todos los Vigos anteriores. Toda una serie de secretos tan celosamente ocultos que ahí están, visibles ante quien quiera observarlos. Y no, no estoy hablando de minúsculas inscripciones labradas en dinteles inaccesibles (que también), sino de piezas bastante más llamativas. ¿Un ejemplo? Aun hoy hay quien repite ese infame mantra de que “Vigo no tiene historia”. Semejante falacia se la debemos al mismísimo Manuel Murguía, quien en su acomodada Historia de Galicia justificaba nuestra supuesta falta de relevancia histórica por no tener la ciudad presencia medieval. Bien, pues basta un paseo atento por el centro de la ciudad para, en pleno corazón del Casco Vello, descubrir un imponente torreón medieval. Es cierto que hoy aparece sutilmente camuflado junto a otra construcción. Pero, créanme, ahí está. Basta con ir por la ciudad como por la vida, con los ojos abiertos.

Y así, esta semana los restos de la calle Carral emergen para enfrentarnos nuevamente a la misma cuestión que de un tiempo a esta parte se obstina en presentarse ante nosotros: ¿Qué son esos restos? ¿Qué valor tienen? Y, sobre todo, ¿qué hacemos con ellos? Para quien vaya con prisa, aquí la respuesta breve: son restos de la muralla, tienen un valor relativo, y la costumbre nos indica el camino a seguir: enterrarlos bajo toneladas de hormigón.

Otro tramo de la muralla de Vigo. FDV

Vaya por delante que digo esto desde el mayor de los respetos, pero, sinceramente, no entiendo a qué viene este nuevo revuelo, del mismo modo que (como ya conté en un artículo anterior) tampoco entendía qué sentido podía ocultarse en todo el asunto de la calle Elduayen. Como ya he señalado en diversas ocasiones, hay cartografía más que abundante para resolver cualquier duda de este tipo. Y, sobre lo de su posible valor... ¿qué más da? Al fin y al cabo, eso es lo que nos ha enseñado este presente en el que llevamos ya tanto tiempo viviendo. ¿O qué otra lectura se podría sacar de la experiencia? Quiero decir, ¿por qué estos restos enterrados habrían de tener algún valor, cuando a los que son visibles y están mejor conservados no se lo damos?

Miren, tal como en su momento conté, expliqué e incluso mostré a las más de mil personas que en estos últimos años han querido acompañarme en mis paseos por la ciudad, en Vigo permanece en pie un tramo completo de la famosa muralla. Se trata de un despiste histórico, algo que en su momento se salvó del derribo, y luego el tiempo se encargó de proteger, ocultándolo bajo capas y capas de maleza. Pero, aunque nadie sepa de qué se trata, ahí está: desde la garita más occidental de las ruinas de San Sebastián hasta la esquina con la calle Subida ao Castelo corre un muro de más veinte metros de largo y cuatro de altura media. No hay ninguna placa que lo señale y, de hecho, permaneció oculto de manera intermitente, en función de la vegetación, hasta que muchos de los paseantes que me acompañaban comenzaron a exigir su limpieza. Pero sí, semejante mole no es otra cosa que la muralla. La de 1666, la auténtica, la fetén. Toda ella. Ahí está, viendo pasar el tiempo como una Puerta de Alcalá de pacotilla sin que nadie, en realidad, repare demasiado en ella. De modo que, díganme: si a ese amasijo de piedras no le damos ningún valor... ¿por qué estas otras de Carral, de la Puerta del Sol, de Elduayen sí lo habrían de tener? Sinceramente, yo ya no entiendo nada...

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