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El móvil, ¿monarquía o república?

Una familia en la mesa de Navidad, todos con móviles

Los Reyes se acercan y con ellos la conversación. Ocurre cuando llega el día de rendirse al regalo más temido. Algunas familias habían conseguido aplazarlo con sucedáneos. Hoy el mercado ofrece desde relojes infantiles que envían audios, por si nos despistamos y perdemos de vista al niño en el parque, al móvil que solo recibe llamadas y es tan cuqui que nos hace añorar nuestro Nokia. Sin embargo, ha llegado la hora de entregarles el de verdad, el smartphone que, por mucho control parental con el que aliviemos nuestra culpa, les abrirá esas puertas que desearíamos nunca cruzasen.

Cuando lo dejen en su zapato, sabrán que están sellando el salvoconducto que les traslada a la edad de los peligros. Hoy ya no nos falta información y, sin embargo, ¿cómo negárselo?, ¿sería protegerlos o condenarlos a la exclusión, marginarlos a una edad en la que uno prefiere ser apedreado a diferente?

Los telediarios ya nos han contado que hasta el Congreso de los Estados Unidos libra un pulso con Facebook para investigar las secuelas en el cerebro adolescente. Adicción a las pantallas, sexting, ciberacoso, porno, pérdida de concentración, hiperactividad, luz azul y afectación al sueño. Les aburro, ¿verdad? No escribo nada nuevo y la falta de soluciones hace que uno prefiera pasarse una sobremesa hablando del cambio climático.

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Nosotros hemos sido los primeros en caer. A estas alturas, la ciencia ya ha demostrado que el ejemplo es el único argumento que convence, así que admitámoslo: hemos generado su obsesión y ahora nos entristece ver nuestra adicción convertida en regalo estrella. ¿Alguno imagina a Melchor, Gaspar y Baltasar cargados de Winston de batea?

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¿Y si lo viésemos de otra manera? Quizá nos hayan convencido de que la responsabilidad era individual y ahora los culpables somos nosotros y nuestro carácter débil. Tal vez, las todopoderosas compañías nos quieran hacer olvidar que existen adicciones que no se curan en el tú a tú porque la batalla está desequilibrada, porque cuentan con más y mejores medios y solo colectivamente podemos aspirar a medidas protectoras. Quizá nunca deberíamos haber metido este asunto en el zapato de los Reyes y todavía estemos a tiempo de devolverlo al de la res pública, al lugar donde se discuten los problemas que arreglamos entre todos.

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