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El mal nombre

Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty.

Existimos porque poseemos un nombre, de la misma manera que Dios creó el universo pronunciándolo y Linneo se lo etiquetó en su taxonomía. Askr y Embla, el primer hombre y la primera mujer, que Odin talló en madera de deriva, señalaban y nombraban, rompiendo el silencio. En Terramar la magia se conjura cuando se conoce el nombre secreto de cada cosa. Lo primero que te arrebatan los totalitarismos es el nombre, que te individualiza, para convertirte en número y categoría. El secuestrado ha de recitar su nombre con frecuencia para que el secuestrador entienda que tiene un alma que trasciende.

El nombre nos precede, nos anuncia y nos determina a su favor o en su contra. Hay gente que se pasa la vida escapando de su nombre y otros, en el intento de honrarlo. El nombre resume el largo trayecto de nuestro linaje. En algún punto de mi genealogía se proclamó a un hijo de Álvaro y en algún momento se emuló la fortaleza de un Castro. Miles de caminos misteriosos se entrelazan en aquello que nos especifica. Cada nombre compendia la maravillosa aventura humana. No solo el de los reyes y nobles, que observan a sus antepasados en sus retratos. También el de los plebeyos, condenados al olvido hasta que conquistaron sus propios apellidos como cápsulas de tiempo. Nuestro nombre es nuestro más delicado patrimonio. Por él se batían los hidalgos en duelo.

“Es lo único que tengo”

Grita Molly Bloom

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No podemos acceder a la eternidad sin nombre. Se nos elige el de la pila bautismal en una carrera contra la condenación del pecado original. Los padres lo debaten durante la gestación, sin atender al rostro que lo portará o al timbre de nuestro primer sollozo. No siempre tenemos cara de llamarnos como nos llamamos. En otras culturas, sin embargo, no se malgasta el nombre hasta que el recién nacido arraiga. Cada pueblo ha codificado sus prevalencias de padre o madre o el orden de nombre y apellido. Los japoneses solían renombrarse en época medieval según sus peripecias. Los estadounidenses confinan su segundo nombre a una sigla como la clave de una tarjeta de crédito. Los rusos se mencionan de mil formas distintas, lo que descubrirá dolorosamente cualquiera que intente leer a Pasternak.

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Nombrar es apropiarse. Así lo consignaba el descubridor, al plantar su pendón en el suelo, y así registramos hoy las estrellas a precio de saldo. Nos apoderamos, sobre todo, del hálito que corresponde a ese nombre. Aún quedan quienes han asumido la vida reservada a sus hermanos fallecidos, cuyo nombre casi intacto heredaron junto al jubón. La elección del nombre es la encrucijada inicial, que hoy rara vez se gestiona con la seriedad precisa. Ahí están esas Daenerys precipitadas. Yo estuve a punto de llamarme Hugo y no sé qué hubiera sido de mí sin tanto chiste (Casitas, Líos, Guerra, a Distancia) que me curtió en el patio del colegio y sin tanta confusión con los gerundios. Mi nombre me multiplica. Puedo ser Ar, Arman o Mando según el humor del día o el cariño del interlocutor. Pude ser un monolítico Hugo.

Dirán que exagero los que creen en la libertad del hombre. Apenas asoman el campanario de su hache sobre el nombre, que nos encadena. La parca nos buscará apelándonos. Tras los funerales de César, la turba recorrió las calles de Roma reclamando a sus asesinos. Al poeta Helvio Cinna, que tan leal era a César, lo mataron por confundirlo con Cornelio Cinna, uno de los conjurados. Había estado siempre, sin saberlo, predestinado por su cognomen. Nada contaron sus hechos.

El crítico musical Willi Schmid tocaba tranquilamente el chelo mientras su mujer preparaba la cena aquel 30 de junio de 1934. La melodía se entrelazaba con el rumor distante de sus hijos, que jugaban en su habitación. Schmid ignoraba que en esos momentos se había desatado por toda Alemania la “noche de los cuchillos largos”, una purga de opositores y revoltosos internos del partido nazi. De repente llamaron a la puerta. Varios agentes se lo llevaron. En la elaboración de las listas de proscripción lo habían anotado como a Willi Schmidt, un dirigente de las SA. Devolvieron su cuerpo en un ataúd, con órdenes a su viuda de que no lo abriese. Una macabra caja de Schrödinger: Schmid y Schmidt a la vez, vida y muerte.

En la clausura hay que retornar a Dios, alfa y omega. Al Dios recibido de los israelitas, tan consciente del poder de los nombres que ocultaba el suyo tras Yahvé: yo soy el que soy. Así se protegía de los otros dioses. Eso hemos de responder cuando el destino o una compañía telefónica pregunten por nosotros.

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