Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Las últimas collareiras

La pandemia y el paso del tiempo, grandes enemigos de las vendedoras de abalorios de A Toxa y O Corgo

Carmen Prieto Romay, la collareira más veterana. M. MÉNDEZ

El paso del tiempo y la falta de relevo generacional no dejan de restar peso a las collareiras, uno de los colectivos más representativos de O Grove.

Si a esto se suma la competencia que llega de mercados como el asiático e incluso la pandemia del COVID, que las obligó a permanecer en el dique seco por la “desaparición” de turistas durante los confinamientos, es fácil entender la difícil situación en que se encuentran y el “negro futuro” que ven ante ellas.

“Apenas quedamos cuatro o cinco con todo en regla porque la gente ya no quiere dedicarse a esto y tampoco hay tantos clientes como antes”, explican algunas de las vendedoras de abalorios que operan en A Toxa, las míticas collareiras.

“Esto ha cambiado mucho y nada es como en aquellos tiempos en los que llegaban cientos de personas cada día y todos querían comprar nuestros collares de conchas”, espetan estas vendedoras.

Entre las que se encuentra, y cabe destacarla una vez más, la más veterana de todas ellas, Carmen Prieto Romay, popularmente conocida como “Mucha” o “Carmucha”.

Carmen Prieto Romay, collareira desde hace 80 años. | // M. MÉNDEZ

En agosto cumpliré 88 años, y empecé a vender collares cuando solo tenía 8”, rememora esta popular vecina que muchos conocerán porque suele vestir desde hace décadas el traje regional gallego y se ha convertido en historia viva de este pueblo arousano.

Muy especialmente de la isla de A Toxa, donde ha estado al pie del cañón durante ocho décadas y ahora ve cómo los turistas son cada vez menos y ya no parecen tan entusiasmados como antaño con esas pulseras, collares, colgantes, llaveros, anillos, diademas, broches, pendientes y demás abalorios elaborados artesanalmente con las conchas que las propias vendedoras o sus familiares recogen en las playas de O Grove y después unen con sedal, hilo de nylon, hilo de seda o productos similares.

“Somos muy pocas las que ahora estamos trabajando durante todo el año en la isla, salvo en los días duros de invierno”, reflexiona otra de las vendedoras.

Lo hace antes de confirmar que cada vez hay menos vecinos mecos dedicados a esta actividad tan popular en la emblemática isla de A Toxa y en la zona de embarque de los catamaranes de O Corgo, que fueron siempre sus puntos de venta principales.

Dos de las collareiras que venden sus productos en A Toxa, el domingo. M. Méndez

“Llegamos a ser 150 y ahora apenas quedamos una treintena, aunque ya no todas se dedican ya a esto ni renovaron los permisos de venta”, apostilla otra de las ambulantes.

Hace un año, desde el gobierno local se hacía un llamamiento a los 58 titulares del permiso que entonces estaban inscritos en el “Censo de colareiras do concello do Grove” para que presentaran sus solicitudes de renovación, advirtiéndolas de que, en caso de no hacerlo, se determinaría la caducidad de la actividad y perderían su derecho a ejercerla.

Ya se decía entonces que el número de licencias había disminuido de manera preocupante, a pesar de que en 2010 se aprobaba en el pleno de la Corporación un reglamento específico con el que se pretendía preservar esta tradición.

Al igual que se crearon centros de artesanía específicos para comercializar sus abalorios y se intentó potenciar el papel de las collareiras al abrigo de la marca Artesanía de Galicia.

Por aquel entonces, María López, como edil responsable de Comercio en el gobierno socialista de O Grove, incidía en la necesidad de buscar el relevo generacional para no dejar morir esta actividad, que actualmente dispone de 54 licencias, según ella misma confirmaba ayer.

La venta de collares en el entorno de la capilla de San Caralampio. M. MÉNDEZ

Una labor que trata de resistir como buenamente puede gracias a ese puñado de collareiras que siguen haciendo lo mismo que les enseñaron desde niñas y que aún pueden verse en lugares como las inmediaciones de la ermita de San Caralampio, la popular capilla de conchas de A Toxa.

Los orígenes, según Francisco Meis

Son las últimas collareiras. Las mismas que, de un modo u otro, se beneficiaron a lo largo de la historia de acciones promocionales como las llevadas a cabo durante su vida y trayectoria profesional por José Botana Barbeito (Meaño, 1827-O Grove, 1895), quien durante un viaje a Filipinas se detuvo a observar el arte de trabajar las conchas marinas.

A su regreso a casa decidió poner en marcha esta iniciativa con carácter industrial, tratando de sacar partido a la gran cantidad de conchas marinas existentes en la ría.

José Botana Barbeito.

Así lo cuenta el historiador grovense Francisco Meis, quien explica que la primera referencia de las creaciones de Botana data de 1851, cuando elaboró una silla decorada con conchas nacaradas destinada a las habitaciones reales de Isabel II.

“Fue uno de los personajes más fascinantes del siglo XIX en la península de O Grove, pues aunque nació en Dena, pasó la mayor parte de su vida en sus propiedades del pazo de O Sineiro, donde fundó la única fábrica de conchas que debió existir en Galicia y, posiblemente, en toda España, durante el siglo XIX”, asevera el investigador de la historia local.

Imagen del libro "As collareiras do Grove", de Antón Mascato y Patricia Arias.

Por eso considera que su trabajo fue el origen de la venta de collares en A Toxa y contribuyó de manera decisiva a dar a conocer a las collareiras, puesto que fue “la primera persona del siglo XIX que promocionó y dio a conocer nuestro pueblo, ya que sus obras estuvieron presentes en las Exposiciones Universales más importantes de entonces”.

Compartir el artículo

stats