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Personas, casos y cosas de ayer y de hoy

Gallegos entre la ficción y la historia: Lope de Betanzos

La memoria de muchos gallegos y gallegas ha perdurado después de su muerte a través de la historia, la tradición, la leyenda, el mito o en el imaginario popular. Numerosos han sido los gallegos cuya figura notable y obra admirable son o merecerían ser bien conocidas. La vida y los hechos de muchos de estos hombres y mujeres han sido recogidos en diferentes obras escritas, con mayor o menor profundidad, si bien algunos han caído en el olvido. Un grupo importante es solo recordado por apenas algunas líneas documentadas o hechos anecdóticos. Un cuantioso número solo son conocidos a través la tradición, el mito o la leyenda, por lo que carecen de rigurosidad histórica o su historia real ha sido desfigurada, pero cuando menos no están exentos de curiosidad o interés. Tal como ha he hecho con anterioridad, es mi deseo recuperar o recordar, por medio de estos sueltos a alguno de los menos conocidos, incluso cuya existencia no está seriamente probada. Seleccionemos hoy uno de ellos.

Juan de Betanzos (Betanzos, A Coruña, 1510 – Cuzco, Perú, 1576), de apellido después transformado en Díez de Betanzos y Arauz, fue descendiente de ilustre cuna, por vía paterna de los Andrade y por línea materna de los Arauz o Araoz de Oñate. En su calidad de hijodalgo y vasallo de la corona española, se trasladó a Perú sobre 1533, donde se convirtió en hombre de confianza, consejero y amigo del conquistador Francisco Pizarro, a la vez que su intérprete, al ser uno de los pocos conquistadores conocedores de la lengua oficial inca, el quechua, del que incluso elaboró un vocabulario. Gracias a ello y su posterior matrimonio con Angelina Yupanqui —viuda-concubina de Pizarro y prima de Atahualpa, el último soberano inca— se granjeó la amistad de una buena parte de la nobleza incaica. Asimismo ejerció de cronista y su obra Suma y narración de los Incas (Cuzco, 1551), fue una de las primeras historias del Imperio Inca. En todo caso, en política era de los que se movían como pez en el agua y se acomodaba al lado “del sol que más calentaba”, con lo que muerto Francisco Pizarro y promulgadas las Leyes Nuevas de 1542, Betanzos pasó a servir a Gonzalo Pizarro. Sin embargo, cuando este se alzó y se enfrentó a las fuerzas reales, Betanzos olió el desastre, dejó a Gonzalo y se arrimó a Pedro de la Gasca —el clérigo que aplastó la rebelión pizarrista y devolvió la calma al Perú—, del que llegó a ser consejero. Es más, en 1556, cuando el tercer virrey de Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, trajo el encargo real de Felipe II de que el joven inca Sayri Túpac abandonase la rebeldía, Juan de Betanzos actuó como negociador, al ser experto en la lengua y asuntos nativos.

Juan de Betanzos contó entre sus amigos de juventud con Francisco de Carbajal y ambos coincidieron de nuevo al servicio de los Pizarro.

Francisco de Carbajal (Rágama de Arévalo, Salamanca, España, 1464 – Jaquijaguana, Cuzco, Perú, 1548), se llamaba en realidad Francisco López Gascón, era de estirpe villana y humilde, pero consiguió acceder a la Universidad de Salamanca, si bien una vez en ella se dedicó a la vida licenciosa. Como fiero crápula, regresó a su casa “con gran escándalo, acompañado de un mozo llamado Moreta, una ramera, una vihuela, una mula y una mona”, lo que motivó que su familia lo expulsase del hogar y lo desheredase. Falto de apoyos y fortuna se enroló en las tropas destinadas a Italia, a las órdenes del Gran Capitán y participó como alférez en la batalla de Rávena (1512). Entró después al servicio del cardenal Bernardino de Carbajal, de quien adoptó su apellido y con el que siguió estudios eclesiásticos hasta ser clérigo, para después anular sus votos. Participó en la batalla de Pavía (1525), donde fue derrotado y capturado Francisco I, rey de Francia. Después, según Gómez Suárez de Figueroa (Inca Garcilaso de la Vega), tomó parte en las acciones del llamado “Saco de Roma” (1527), donde robó el valioso archivo de un notario, que le devolvió a cambio de más de mil ducados. Con el rescate, emprendió viaje a la Nueva España, acompañado de una querida, una viuda, Catalina de Leitón, con la que se casaría a instancias del virrey Antonio de Mendoza, conde de Tendilla. Desde allí pasó a Perú, donde luchó en auxilio del gobernador Francisco Pizarro en la rebelión indígena de Manco Inca (1536) y otras batallas, como la de Chupas (1542), en la que para dar ejemplo llegó a bajarse de la cabalgadura, quitarse la armadura y atacar a pie, con lo que consiguió la victoria. Más adelante intentó regresar a España pero, frustrado el intento, se puso al servicio de los encomenderos rebeldes, junto a Gonzalo Pizarro, que lo hizo su maese de campo. En todas las batallas demostró su bravura, su ingenio, su condición de gran estratega y su habilidad política. Pero al mismo tiempo, según el cronista Francisco de Jerez, acreditó fama merecida de “mala y cruel condición”, incluso durante la vejez, por lo que fue conocido como “El Demonio de los Andes”. Según Ricardo de Palma —Tradiciones peruanas (Montaner y Simón, Ed., 1894)—, Carbajal era la contradicción viviente: “grande y pequeño, generoso y mezquino, noble y villano”. Ejercía su crueldad con sarcasmo y refinamiento sanguinario, tanto que se dijo era de estirpe al ser hijo natural de César Borgia y por tanto nieto del papa Alejandro VI.

Agustín de Zárate (Valladolid, 1514 – 1585), que fue administrador, historiador y cronista español, y ejerció como contador en el Virreinato de Perú y Tierra Firme, describió a Carbajal con estas palabras: “Era hombre de mediana estatura, muy grueso y colorado, diestro en las cosas de la guerra, por el gran uso que de ella tenía. Fue mayor sufridor de trabajo que requería su edad, porque a maravilla no se quitaba las armas de día y de noche, y cuando era necesario tampoco se acostaba ni dormía más de cuanto, recostado en una silla, se le cansaba la mano en que arrimaba la cabeza. Fue muy amigo de vino; tanto que cuando no hallaba de lo de Castilla, bebía de aquel brebaje de los indios más que ningún otro español que se haya visto. Fue muy cruel de condición; mató mucha gente por causas muy livianas, y algunos sin ninguna culpa, salvo por parecerle que convenía así para conservación de la disciplina militar, y a los que mataba eran sin tener de ellos ninguna piedad, antes diciéndoles donaires y cosas de burla, y mostrándose con ellos muy bien criado y comedido. Fue muy mal cristiano, y así lo mostraba de obra y de palabra”.

En el citado libro de Ricardo Palma encontré abundantes datos de Carbajal y tomé noticia de un hijo de Juan de Betanzos, de nombre Lope de Betanzos. A lo largo de su extenso texto cuenta un episodio, al que ya me he referido en otra ocasión en uno de mis sueltos en Faro de Vigo. Según Palma y otros cronistas, Carbajal cortaba cabezas, con desparpajo y sangre fría, no solo “a hombres de guerra, que al fin y al cabo es merma de oficio el morir de mala muerte, sino hasta a frailes y mujeres”, aunque, sin embargo, a la vez quería saltar a la fama y quedar como justiciero. Así, con esta finalidad de cubrir las apariencias, una tarde que le trajeron cuatro soldados españoles, que seguían órdenes reales y cayeron prisioneros en una escaramuza en las proximidades de Ayabaca, les sometió a un breve interrogatorio, cuyas respuestas ni parecía escuchar, dada su mirada suspensa y soñadora. Para después, a todos y cada uno dirigirle la horrenda perorata: “Hermanito, póngase bien con Dios, ya que conmigo no hay forma de composición”. Cuando llegó el último de los prisioneros, un joven de 20 años, Carbajal le preguntó cómo se llamaba.

—Lope de Betanzos, para servirle —dijo el soldado.

—Apellido de buena cepa y de buena tierra, “pues sábete, arrapiezo, que el señor tu padre fue el mayor amigo que en mis mocedades tuve, y que algunas bromas corrimos juntos en tiempo del Condestable. El ser hijo de quien eres válete más que el ser devoto de algún santo para que el pescuezo no te huela a cáñamo”.

Y el maese añadió:

—Te incorporarás a una de mis compañías.

Entusiasmado, el mozo prometió servir al gobernador y derramar su sangre en su guardia y defensa. Palabras que llevaron a que Carbajal, con sorpresa de todos, le diese una palmadita en la mejilla y le contestase:

—“Dios te mantenga en tan honrado propósito, muchacho, y medrarás conmigo; que por venir de quien vienes, te quiero como el padre que te engendró”.

Estas muestras de cariño alentaron a Lope de Betanzos a que se atreviese a pedir que le devolviesen su caballo. Tal demanda encolerizó a Carbajal que dijo:

—“Danle hoganza y quiere torta […] eres como del abad de Compostela, que se comió el cocido y aún quiso la cazuela”.

Y volviéndose al negro que ejercía de verdugo, le ordenó que le ahorcase de modo que tuviese los pies bien altos del suelo. Y el maese le volvió la espalda canturreando la tonadilla: “Mi comadre, mi comadre la alcaldesa, / nunca en la suya, siempre en mi mesa, / y cada año me endilga un ahijado. / ¡Que compadré tan afortunado!”

Tiempo más tarde, cuando los rebeldes fueron vencidos, el 9 de abril de 1548, por el ejército realista de La Gasca, Gonzalo Pizarro y Francisco Pizarro fueron sentenciados a muerte y ajusticiados en Cuzco. A Gonzalo, por ser hidalgo, lo decapitaron, y a Carbajal, por ser villano, lo ahorcaron, aunque previamente, para mayor escarnio, lo arrastraron por el campo metido en una petaca o canasta tirada por un caballo. Se dice que en tal situación Carbajal se puso a canturrear: “Niño en cuna / qué fortuna / qué fortuna / niño en cuna”.

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