Las amenazas pueden llevar en su interior la semilla de las oportunidades. Esta frase que escuchamos con harta frecuencia, sobre todo en tiempos de crisis, puede sonar a manido consuelo para no sucumbir al derrotismo, pero la experiencia nos ha enseñado que también entraña un componente real.

La posición geográfica de Galicia, en el finisterre, tan alejada del corazón continental en donde se cuece gran parte de la actividad política, económica y comercial, es decir, en donde se toman las grandes decisiones, ha sido presentada en no pocas ocasiones como uno de los principales obstáculos para su desarrollo. Un freno físico. Sin embargo, la Galicia atlántica ya ha sabido aprovechar precisamente esa situación para a través de unos puertos competitivos, dinámicos y emprendedores convertir ese hándicap en una oportunidad y constituirse en una formidable plataforma de intercambio comercial y en un puente de conexión con los territorios de ultramar. El carácter emprendedor del gallego, siempre dispuesto a embarcarse en aventuras que entrañan riesgo, pero también premios, jugó a su favor.

Hoy Galicia está ante otra oportunidad única para sacar doble partido de su arrinconamiento continental. En este desafío, la deriva climática y el tremendo potencial de la tecnología tienen la clave.

Los datos de ocupación turística alimentan esta certeza. Cada vez son más las personas que eligen el noroeste para disfrutar de sus vacaciones. El sur mantiene un indudable tirón, pero es en el norte en donde se aprecia un mayor empuje. En un contexto de olas de calor extremo, cada vez más frecuentes en los países mediterráneos, los ciudadanos buscan un respiro de aire fresco sin tener que pulsar el botón del aire acondicionado. La playa es posible sin asfixiarse en el intento y tomarse un refrigerio en un espacio público también. Solo hay que buscar un refugio climático.

“Cada vez son más los profesionales, sobre todo los del ámbito tecnológico, que deciden en dónde van a trabajar no solo por cuestiones económicas, sino por la calidad de vida, y en este punto Galicia tiene un potencial excepcional”

Encuestas oficiales ya apuntan que el clima será uno de los factores que los viajeros tendrán cada vez más en cuenta a la hora de decidir su destino. En un artículo publicado este mes en el influyente "Financial Times" se podía leer. “El turismo se trasladará al encantador y fresco norte de España a medida que el calor del verano se transforme de atracción en amenaza”. Días más tarde "The Times" definía a Vigo como la ciudad con el clima más cool (traducido como “guay”) de España y animaba a visitarla. Estos pronósticos retratan a Galicia, al igual que Asturias o Cantabria, como paraísos climáticos.

Si el viento de la oportunidad sopla en esta dirección, Galicia debe estar mejor preparada para recoger sus frutos. Pero, al contrario que otros territorios con su punto de mira puesto solo en la cantidad, nuestra comunidad y sus operadores turísticos deberían acentuar su apuesta por atraer los visitantes de calidad, aquellos que además de sol y playa, saben valorar la gastronomía, el paisaje o el patrimonio cultural. Aquellos que están dispuestos a pagar por ello. El viajero de mochila –el uniforme del peregrino– o el de la autocaravana en continuo movimiento siempre serán bien recibidos, pero su aportación al crecimiento de la economía, a la generación de riqueza y empleo es muy limitada.

Galicia debe dar un salto de calidad para proyectarse como un territorio amable, de infinitas posibilidades, con una oferta de calidad y con un clima suave, que lo hace especialmente atractivo en tiempos de temperaturas extremas y ambientes tórridos, sofocantes.

Y es en este punto cuando surge la segunda oportunidad en alianza con la tecnología. Porque esos mismos atractivos tan válidos para captar visitantes ociosos deberían servir también para ir a la caza de otra pieza muy codiciada: el talento profesional.

En 2023 las distancias físicas ya no son un muro, ni siquiera una valla que saltar. Gracias al imperio de la tecnología, la aldea global de McLuhan es una realidad palpable. Trabajar y estar presencialmente no son dos elementos indisolubles. El teletrabajo, un fenómeno que adquirió una velocidad de vértigo durante la pandemia, ha eliminado de un plumazo esa ecuación sin que causase estragos en la economía de las empresas. Al contrario, la dotó de mayor dinamismo.

Tanto es así que cada vez son más los profesionales, sobre todo los vinculados al ámbito tecnológico, que deciden en dónde van a trabajar no tanto por la oferta económica que se les haga, como por las condiciones de vida, tanto personales como familiares. Quieren cobrar bien, pero vivir mejor.

En la carrera por el I+D+i, Galicia se mantiene en una posición alarmantemente rezagada. El último informe de la Unión Europea nos ha vuelto a sacar los colores al alertar que las regiones del norte de Portugal, nuestros vecinos, se alejan cada vez más en el campo de la innovación, una palanca vital en el progreso y el desarrollo de un territorio.

"Cada vez son más los profesionales, sobre todo los vinculados al ámbito tecnológico, que deciden en dónde van a trabajar no tanto por la oferta económica que se les haga, como por las condiciones de vida"

El propio sector de las tecnologías insiste en el enorme déficit que tienen sus plantillas. Algunas estimaciones empresariales apuntan que hoy se necesitan 1.500 profesionales, y la demanda crecerá de forma imparable. Por razones obvias, en muchas ocasiones es complicado competir con las grandes capitales europeas o españolas –en donde residen las sedes de las multinacionales– con una propuesta que solo se limite al salario. Hace falta un plus. Y el noroeste lo tiene. Pero hay que saber vender un paquete completo que gire en torno a la calidad de vida –servicios públicos de primer nivel, una completa oferta cultural y de ocio, viviendas a un precio razonable...–, a la valoración profesional y a las posibilidades de promoción.

Las buenas conexiones para poder viajar a sus territorios de origen o a la sede de sus negocios son determinantes. Los aeropuertos, pero sobre todo un tren a Madrid rápido, con suficientes frecuencias –como el que ya disfruta el norte de Galicia, pero lamentablemente no el sur– son capitales.

Por fortuna son cada vez más las empresas, y también las universidades, con profesionales extranjeros, pero las necesidades son muy superiores. Galicia tiene la obligación de retener su talento y atraer mucho más. Los profesionales que han venido de fuera y han decidido quedarse son unos excelentes embajadores, pero ellos no pueden hacer todo el trabajo. Si el clima, las posibilidades tecnológicas y la opinión de nuestros visitantes ocasionales o residentes permanentes están de nuestra parte, corresponde a otros poner el resto. De lo contrario, la amenaza será cada vez mayor. Porque que nosotros no nos movamos, o que lo hagamos con parsimonia, no significa que el resto del mundo vaya a nuestro ritmo.