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Faro de Vigo

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Juan Carlos Laviana.

Las vacaciones del IPC

“Vacaciones con inflación: las familias de cuatro que viajaron en julio gastaron 250 euros más por semana”. “Las familias españolas activan el modo crisis: reducen el gasto y tiran de sus ahorros”. “La inflación se dispara todavía más en julio hasta el 10,8 por ciento, máximos no vistos en 38 años”. “Hay que remontarse a 1984 para encontrar un IPC similar”. A juzgar por estos titulares, cualquiera diría que a la mayoría de los españoles la mosca del IPC, que no ha dejado de zumbar este verano, les ha amargado las vacaciones.

El IPC existe desde 1936, pero no se popularizó hasta los años 80, en que se convirtió en pesadilla recurrente. De hecho, no tengo noción de haber oído hablar de inflación en las primeras vacaciones que recuerdo, a mediados de los 60. Cinco estancias en la Ciudad Residencial de Perlora, regida por la Obra Sindical de Educación y Descanso. Aquello era una especie de paraíso en la tierra, creado por el régimen para solaz del obrero. Y, claro, no se hablaba de política. De hecho, conseguimos ir tantas veces porque los que hablaban de política entonces se negaban, por razones ideológicas, a disfrutar de las prebendas que ofrecía el régimen. Mi padre, que por entonces tenía derecho a dos semanas de vacaciones, las consideraba imprescindibles, porque era el único tiempo en el año en que mi madre no tenía que trabajar, ya que en Perlora íbamos a mesa puesta.

Tampoco recuerdo haber oído hablar del IPC las vacaciones que pasamos en el albergue de Fayacaba, en la falda de Peña Mayor, con mis tíos y mis primos. Y eso que sí hablamos algo de política cuando sorprendentemente nos llevaron a los críos a ver el Pozu Funeres, donde nueve personas, militantes de izquierdas y familiares, habían sido ejecutadas en el año 1948.

No me suena haber oído nada al respecto en las vacaciones que pasamos en Sahagún de Campos y Villamañán. Entonces, entre la minería, había mucha fe en el clima seco de lo que genéricamente llamábamos Castilla, pero que, en realidad, era León.

En realidad la primera vez que oímos hablar de algo parecido fue en los setenta con la llegada de la televisión al pueblo. No se hablaba de IPC, sino de un concepto eufemístico conocido como       el precio de la cesta de la compra. Nos ponían una imagen de una cesta de mimbre –nada que ver con los atiborrados carros de ahora–, en la que se veían los productos que necesitaba una familia media de cuatro miembros para sobrevivir una semana. Siempre asomaban los mismos productos: una docena de huevos, media docena de plátanos de Canarias, una botella de leche y una saca de fabes; el resto estaba debajo y debía de ser de atrezzo.

Más tarde, ya en los 80, con los hijos independizados y los padres jubilados, llegamos al hoy tantas veces mencionado año 84, referente de un año tan malo como este 2022. ¿Qué pasaba ese año con tan mala fama? Gobernaba Felipe González y las calles ardían por las protestas contra la reconversión industrial. ETA asesinaba en esos 12 meses a 33 personas. Los GAL, a su vez, asesinaban al líder de Herri Batasuna Santiago Brouard. Y, en el mundo, la Guerra entre Irán e Irak (1980-1988) provocaba la escasez y el encarecimiento del petróleo, lo que tenía tremendas repercusiones sobre los precios. De hecho, la inflación superaba un alarmante 11 por ciento y el paro rozaba los tres millones,

No fue, precisamente, un año muy alegre. Pero, con ese panorama tan negro, los ministros Matilde Fernández y Joaquín Almunia resucitaron el Imserso, creado cinco años atrás. Llegaron a un acuerdo histórico con los hoteleros españoles mediante el cual no tendrían que cerrar sus establecimientos en invierno y, gracias a la subvención del Estado, los jubilados podrían disfrutar de vacaciones a precios muy reducidos. Fueron muy criticados por dedicarse a las vacaciones de los jubilados estando el país como estaba. Incluso algún mal pensado decía que era para conseguir los votos de los viejos, que ya entonces eran muchos, aunque no tantos como ahora.

Mis padres, que venían de la semana laboral de seis días, fueron de los primeros en aprovechar aquellos viajes. Se ve que ya tenían experiencia con Educación y Descanso. Disfrutaron de vacaciones en Benidorm, Palma, Marbella, Roquetas, Fuengirola, Almuñécar… Conocieron mundo, como ellos decían. Hoy, aquel invento social está en peligro. La ministra Ione Belarra está empeñada en no actualizar las prestaciones a los hoteleros y estos aseguran que no les compensa abrir fuera de temporada para acoger a los jubilados.

Hay una gran diferencia entre la España de 1984 y la de hoy. Entonces, a pesar de los pesares, había una tremenda ilusión en el futuro, en que podríamos superar todos los obstáculos. Hoy, cualquiera diría que hemos caído en una profunda depresión, en el fatalismo de un futuro irremediablemente negro. Aún y todo, casi un 70 por ciento de españoles se ha ido al menos una semana de vacaciones. El año que viene, ya veremos.

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