Cada vez que me suben la pensión tiemblo porque intuyo lo que se me viene encima e imploro aquel salmo popular que dice: “virgencita, virgencita que me quede como estaba”.

Y eso viene sucediendo edición a edición de los “Óscars” del IPC.

Cada vez que prometen subidas en referencia a cualquier acrónimo, me preparo a que ya nada va a ser como antes. O sea, que la vida se me va a complicar.

La alegría de la entrada de unos euritos extra al mes contrasta con una subida de todo lo que me circunda y, lo que antes me costaba x, ahora me cuesta x+y+… hasta conformar un polinomio que, una vez resuelto sale siempre a palmar, es decir a perder pasta o, como se dice técnicamente, a reducir mi capacidad adquisitiva de forma directamente proporcional a la bonanza anunciada. Mi madre ya decía que no se dan duros a cuatro pesetas y este es un ejemplo palpable de esa afirmación.

En los momentos de una crisis endémica internacional se suelen congelar salarios y pensiones por la incapacidad coyuntural de tirar alegremente del presupuesto, tal y como parece que inevitablemente se nos vendrá encima, debido a la estela de la pandemia, el alza incontenible de los precios de la energía o el holocausto ucraniano, sumado todo ello a lo que nos siga deparando el destino en este universo convulso, sorpresivo e imparable. Pero cuando se dan circunstancias de mayor estabilidad coyuntural, año tras año los diferentes gobiernos de turno, como es de esperar, bien por decisión propia, negociación u obligados por presiones de diversa índole: popular, sindicatos u otros colectivos, suelen echar pecho con la subida de sueldos y pensiones y, lo que en principio parece óptimo, generalmente al poco de su aplicación, esa bonanza en la renta, se vuelve contra uno porque alrededor todo comienza a elevar su precio.

No soy economista y en un mundo globalizado seguro que no es fácil desarrollar una economía autárquica totalmente controlada, pero digo yo que, entre eso y estar con el alma en vilo, sin encontrar acougo porque en cada cierre anual no sabes por dónde te va a cambiar la vida, debe haber un punto intermedio.

Ya sé que gestionar no es fácil, pero está claro que seguir en esa espiral de que a ti te suban la pensión o el sueldo para que a continuación tu proveedor de bienes y servicios te incremente los precios, generalmente con un índice mayor al ratio de tu nueva asignación económica, no parece acertada. El ser humano en la economía del día a día, sí, esa de proximidad: super, vestido y calzado, farmacia… es bastante conservadora y le gusta conocer de antemano el escenario y las reglas de juego, que en muchos casos se cambian a mitad del partido sin información previa. Uno se entera simplemente cuando en los lineales del súper ve cómo el precio de cada uno de los productos de consumo obligado va aumentando y, al pasar por caja, la suma de lo que lleva en el carrito desmonta cualquier previsión racional.

Llegados a este punto pienso que el éxito de nuestros gestores político-económicos no es pues subir anualmente sueldos y pensiones a través de una cifra porcentual cada vez más elevada, sino tener capacidad de control y contención para que podamos tener la sensación de que llevamos algún tiempo viviendo sin sobresaltos.

¿Dónde hay que firmar para que no me suban nunca más la pensión, ni los precios?