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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Los principios

El “cierre” de la crisis municipal en la ciudad de Ourense no solo aparenta una charlotada, sino que convierte la actitud de los protagonistas –DO y PP– en un ejemplo de la desvergüenza con que los partidos conciben los cargos electos: como si fuesen de su propiedad. Hace meses, una serie de acusaciones no probadas contra el alcalde –cabeza de la tercera lista más votada en la ciudad– provocó la ruptura del pacto entonces vigente, logrado en detrimento de la primera, del PSOE, con la segunda que había encabezado el popular don Jesús Vázquez, hoy edil y senador.

El acuerdo no fue una sorpresa: la política gallega, como la española, ya funcionan según la moda “marxista” –la del otro Marx, Groucho– según la cual si los principios que se predican no gustan al electorado, se cambian y punto. Democracia Ourensana pasó de considerar a sus renovados aliados como poco menos que una pandilla de truhanes, el PP se olvidó de su fervor por la lista más votada y el PSOE –que no es el único– aplica el sorpasso de esos “ejemplos” cuando le conviene. Pero la costumbre hace ley, no virtud, y por tanto a nadie sirve de excusa ni de coartada.

Y ya está bien: la gente del común, que paga sus impuestos, acata las normas y trata de llegar a fin de mes merece otra cosa. Por lo menos el respeto que sus representantes le deben a través un compromiso público asumido por las partes desde un programa y el respaldo que dan a su contenido. Y faltar a ese respeto, engañar, interpretar a medida de los intereses partidarios es una muestra de corrupción tan dañina o peor que la de meter la mano en la caja pública o exigir y llevarse una comisión por alterar en beneficio del que paga un concurso o un contrato.

Es cierto que el servicio público supone en ocasiones el riesgo de la contradicción entre lo prometido y lo posible, pero eso no es lo que está ocurriendo. Ni en Ourense ni en muchas de las ciudades, provincias y comunidades que conforman estos Reinos. Aquí, desde el poder y desde la oposición se miente por turnos sin pudor, se manipula –y no solo por los políticos…– y se abusa de la confianza de quienes, en mayoría, de buena fe y a pesar de todo, siguen creyendo en el sistema, por más que imperfecto.

No se trata de escribir una epístola moral: solo de recordar desde una opinión personal que los principios no solo hay que predicarlos, sino practicarlos. Y casos como el de Ourense, el más reciente y cercano pero en absoluto el único, pueden y deberían servir para, como dijo alguien alguna vez, poner pie en pared, tomar impulso e ir hacia delante para cambiar lo necesario. Porque frente a lo que los grupos políticos admiten cada cierto tiempo –que hay que reformar para asumir lo nuevo– no es suficiente: los partidos necesitan una catarsis, una limpieza de alma que exige a su vez una democracia interna de verdad, no la actual autocracia de los apparachtik. que confunden líderes con caciques. Esas serían las bases –no todas, pero si las paredes de carga– para que los principios teóricos se apliquen en la práctica. Y para evitar aquel antiguo proverbio, válido para individuos y grupos, que dice “vive como piensas para no acabar pensando como vives”.

¿O no…?

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