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Ceferino de Blas.

La estatua de Castro

El primer fin de semana sin toque de queda, la estatua de Manuel Castro, situada a la entrada de Príncipe, sufrió un brutal atentado. Desde entonces está sin el brazo sobre el que bailaba el periódico. La pieza no ha sido devuelta ni repuesta.

En el mundo del arte no son raras las obras que reflejan a la gente corriente. En especial en la pintura. Algunos artistas han visto en desharrapados o dolientes un modelo a copiar. Por razones varias, de la misericordia o la denuncia a la estética.

Abundan menos en la escultura. De suyo, la escultura está pensada para ensalzar a los triunfadores. Luce más la belleza.

Por eso, cuando se eleva a estatua a personas corrientes, como es el caso de Manuel Castro, el vendedor de periódicos de Vigo, llama la atención. Cuando se inauguró la escultura, en 2002, en la calle Eduardo Iglesias, no fue apreciada como se merecía, pero al reinstalarse al principio de Príncipe, frente al Museo de Arte Contemporáneo, se convirtió en uno de los emblemas de la ciudad y de los más fotografiados.

Manuel Castro fue un tipo popular, de esos que se distinguen por alguna habilidad, en su caso el sostener el periódico elevado sobre el dedo índice, y jugar con él, sin que se abriesen las hojas ni cayese al suelo.

En los años dorados del periodismo escrito andaba de noche por bares y restaurantes vendiendo la prensa, que informaba de lo acontecido en la jornada. También vendía de día en la calle del Príncipe, donde hacía sus exhibiciones, con el periódico enhiesto, como buen equilibrista, para admiración de quienes lo contemplaban.

No había internet ni periódicos digitales y la única competencia de la prensa eran la televisión pública y la radio. Los diarios eran entonces el único medio de información. Por esto Manuel Castro era tan conocido, por la peculiaridad de bailar los periódicos y porque los vendía con las noticias frescas.

No es extraño que a su muerte, el escultor Jandro haya tenido la idea de inmortalizar su figura en una escultura que se ha hecho familiar a todos los vigueses e imagen gráfica para los forasteros. Lo esculpió en bronce con el brazo levantado y un periódico metálico izado en su índice. Tal como se mostraba Castro en su postura más original.

En los EE UU, el vendedor de periódicos era considerado un símbolo del sueño americano, pues algunos se convirtieron en multimillonarios, debido a su capacidad e iniciativa. Lo incorporaban a sus memorias para adornar ese periodo de su vida como la base que los llevó al éxito.

Algo deberá hacerse para que la barbarie no atente contra la cultura en un espacio tan céntrico. Es imprescindible que se instalen cámaras que capten cualquier actuación delictiva contra la estatua

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Pero la estatua de Manuel Castro tiene un significado especial: no la del personaje que se haya hecho rico, que en España ese oficio no suele ligarse al éxito económico, sino como la representación de un universo colectivo. En Vigo simboliza la ciudad de la prensa, porque ostenta el decanato de la prensa española.

Pese a ser una pequeña población de poco más de cinco mil habitantes, con escaso número de escuelas y abundancia de analfabetos, tres ilustrados vigueses fundaron el periódico FARO DE VIGO, en 1853. En ese año en España existían 147 periódicos, pero pasado el tiempo sólo pervivió el nuestro. Puede considerarse casi un milagro.

Desde los años ochenta del pasado siglo, en que desapareció el último superviviente, el “Diario de Barcelona”, ostenta el decanato, después de competir en Vigo con otros muchos periódicos que se fundaron para socavar su hegemonía. A los tres años de nacer ya tuvo que competir con “El Miño”, de Compañel, Eduardo Chao y Murguía, y en el futuro con otros rivales de mayor consistencia: “La Concordia”, “El Independiente”, “Galicia”, “El Pueblo Gallego”.

Los múltiples periódicos, diarios y semanarios que ha habido en Vigo le han impreso el carácter de ciudad de la prensa, como muestra, a la entrada de Príncipe, la estatua de Manuel Castro.

Lo que antecede quizá lo ignoren los bárbaros que, una vez más, han aserrado el brazo que sostiene el periódico decano. Es la segunda o la tercera vez que ocurre. Se asemejan más a delincuentes que a gamberros.

Por reiterativos en su odio, porque no puede considerarse de otro modo su afán devastador y depredador, ya que lo mutilaron con una sierra y no abandonaron allí el brazo con el periódico, sino que se lo llevaron, y obligan a una nueva reposición por parte del artista para recomponer la estatua.

No merece la pena hacer comparaciones de estos reincidentes con los bárbaros, nazis o iletrados de otras épocas y países, que arrojaban los libros a arder en una pira al considerar que la cultura es incompatible con su ignorancia.

Pero si estiman en algo a su ciudad deberían respetar la estatua de Manuel Castro porque otorga brillo. Además de simbolizar a la gente corriente representa una de las manifestaciones en la que Vigo sobresale: la prensa.

Algo deberá hacerse para que la barbarie no atente contra la cultura en un espacio tan céntrico. Es imprescindible que se instalen cámaras o habiliten sistemas que capten cualquier actuación delictiva contra la estatua de Manuel Castro. Merece respeto.

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