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Óscar R. Buznego

España en 2050

En la actualidad, las sociedades ya no viven según manda la tradición, sino volcadas en el futuro, que tiene la condición de ser incierto y siempre resulta algo enigmático. La tradición ha perdido autoridad moral. La clave del éxito estriba en anticiparse y en acertar con las opciones elegidas. Y para ello es necesario explorar las tendencias que apuntan al porvenir. Una sociedad que no tenga hecha una previsión del futuro está perdida. El intermedio de este siglo es un tiempo remoto, ya que antes de alcanzarlo pasarán muchas cosas, y a la vez cercano, porque el ritmo histórico se ha acelerado de tal modo que produce vértigo.

El presidente del Gobierno convocó esta semana a todo el país a una gran conversación pública para hablar de nuestro futuro. La presentación de un informe elaborado por la Oficina Nacional de Prospectiva, órgano dependiente del Gabinete de Presidencia, sirvió para poner en marcha la iniciativa. En su intervención, Pedro Sánchez la definió como una estrategia nacional, un proyecto de Estado, no de gobierno ni de partido, y declaró su propósito de implicar por primera vez a la sociedad española en un debate público tan ambicioso. Están invitadas a participar las distintas administraciones, la sociedad civil, las organizaciones de todo tipo y los ciudadanos. El presidente reservó un protagonismo especial en los encuentros que tendrán lugar a las comunidades autónomas y los ayuntamientos.

Solo por necedad podría negarse un valor a la propuesta impulsada desde Moncloa o al mérito y la utilidad del documento elaborado por cualificados expertos. España se ha descentrado en la última década y necesita con urgencia poner en orden sus prioridades y encontrar su lugar en el mundo. La cohesión de la sociedad española se ha resentido. Los españoles, divididos y polarizados, no compartimos la misma vivencia de la pandemia. Los movimientos recientes en la frontera con Marruecos revelan las complicaciones venideras del punto crítico de nuestra geopolítica. Cualquier esfuerzo sincero por aclarar las ideas, fijar objetivos comunes y trazar los pasos que nos lleven a lograrlos debe ser apoyado.

Ahora bien, un reto como el planteado por el Gobierno corre el peligro de resultar gratuito o, peor, frustrante. Por lo cual es preciso someterlo previamente a un escrutinio público. En primer lugar, un empeño colectivo como este requiere un clima político propicio al diálogo que en este momento no existe en España. Pedro Sánchez aludió al “enfrentamiento con el que nos castiga el presente”, pero ningún presidente, acaso Aznar, ha demostrado ser tan duro de oído y una hostilidad tan encendida hacia sus adversarios. Aquí, en la política, está el problema, como señalan los españoles en cada barómetro del CIS. Sin embargo, el documento España 2050 lo ignora. No menciona ninguna reforma institucional. Pedro Sánchez destacó la solidez de las instituciones, pero con su pasividad ha tolerado que la democracia española sea denostada y la Constitución burlada por partidos en los que se apoya para gobernar. El informe nada dice de la evolución del estado autonómico, la independencia del poder judicial o la transparencia de los poderes públicos.

¿Cómo imaginar la España del futuro próximo sin reparar en el funcionamiento de sus instituciones políticas? Si hay una crisis que define la coyuntura histórica que atraviesa el país, esa es precisamente la política. La evidencia la aportan el independentismo catalán, la presencia de fuerzas antisistema en ambos extremos con millones de votos detrás y la enemistad manifiesta entre los dos grandes partidos. Y en el centro el gobierno, azuzando todas las tensiones. En estas condiciones, es razonable dudar de que seamos capaces de mantener un debate público de largo alcance y civilizado. Incluso hay razones para recelar de la verdadera intención de Pedro Sánchez. El castigo electoral a sus alianzas políticas y a su estrategia divisiva es perceptible, su credibilidad ha descendido a mínimos y los votantes moderados le dan la espalda.

Los españoles tenemos que pensar en nuestro futuro. Nos conviene y ya lo hacemos. Pero al Gobierno, más en estas circunstancias, nada debe distraerlo de su tarea de gobernar. El Ejecutivo maneja una veintena de planes estratégicos. Recientemente, Pedro Sánchez presentó uno nuevo. Por encima del gobernante se afianza en él la imagen del político anuncio. Ahora le toca convencer a los españoles de que este proyecto no es una argucia para entretener durante los próximos meses la espera de los fondos europeos, de las siguientes elecciones generales o para disimular la endeblez de su Gobierno. En sus manos queda.

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