Opinión

Cosas de la política

Que el Reino Unido esté fuera de la Unión Europea no resta interés a las elecciones legislativas celebradas allí. Los laboristas han obtenido una holgada mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes y ya gobiernan. No sucede lo mismo en Cataluña, donde dos meses después de las elecciones autonómicas aún se negocia el Gobierno de la Generalitat, sin descartar una vuelta a las urnas. La diferencia está determinada por el sistema electoral. El británico, mayoritario y de distritos uninominales, arroja un claro ganador, facilita el nombramiento del jefe del Ejecutivo y en general simplifica al máximo la vida política. Los resultados se presentan en número de escaños y, raramente, en número y porcentaje de votos. Lo que importa es quién tiene la mayoría para gobernar. Al resto de los europeos, sin embargo, en este año plagado de elecciones que pueden cambiar el panorama político mundial, nos interesa observar las tendencias que expresan los votantes.

En el Reino Unido el reparto de los escaños suele ocultar una distribución del voto muy distinta. Los laboristas, principales beneficiarios del varapalo histórico sufrido por los conservadores, a pesar de haber empeorado su resultado en las elecciones anteriores, han obtenido dos tercios de los escaños con un tercio de los votos. Con una participación inferior en casi diez puntos, además de los laboristas, los conservadores, liberales y nacionalistas escoceses han visto mermados sus respectivos apoyos electorales. La pérdida de la mitad de sus votantes da la medida del castigo recibido por el Partido Conservador, que se enfrenta al riesgo de una profunda división interna. Mientras, el partido del populista Nigel Farage, líder del Brexit, ha multiplicado por cinco sus votos, alcanzando el 15% y sus primeros cinco escaños en la cámara baja.

De manera que la aplastante mayoría parlamentaria conseguida por los laboristas no es el mero correlato de una hegemonía electoral incontestable, ni de un desplazamiento a la izquierda de los británicos. El resultado refleja más bien un fuerte deseo de cambiar el gobierno después de una legislatura desastrosa y la atracción que la derecha radical ejerce sobre un segmento amplio del electorado conservador. El resumen es que el parlamento británico está más fragmentado, la mayoría laborista no cuenta con un respaldo electoral tan fuerte como pudiera deducirse de su abrumador número de escaños y el populismo de derechas sigue pujante en el Reino Unido, lo mismo que en toda Europa, como ha quedado demostrado en las recientes elecciones al parlamento de la Unión. Lo estamos comprobando en Francia, donde Le Pen avanza posiciones y aguarda ansiosa el asalto definitivo al palacio del Elíseo en las próximas presidenciales.

La confirmación definitiva de los nuevos aires que soplan en la política mundial podría llegar en las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Una victoria de Trump reforzaría a la derecha radical europea, crecida por la mejora paulatina de sus registros electorales, y le daría un nuevo impulso. Y de repente, semanas antes de la Convención que debía proclamarlo, a los demócratas les entran todas las dudas posibles sobre la idoneidad de su candidato. Biden, que de ser reelegido cumpliría 86 años en la despedida de su segundo mandato, se ha negado en rotundo a hacerse pruebas de capacidad cognitiva y ha declarado que solo el Señor Todopoderoso podría hacerle desistir. Una pasión tan incombustible por la política, habiendo dedicado la vida entera a ella en los puestos de poder más altos, despierta una mezcla de admiración y pasmo difícil de describir. Caso aparte es el de Maduro, que en el Día de la Independencia de Venezuela ha jurado a los militares que jamás entregará el mando de las Fuerzas Armadas, cuando el próximo día 28 los venezolanos están convocados para tomar esa decisión.

Biden es demócrata; su actitud es más que cuestionable, pero no hay motivo para sospechar que el apego a la política le pudiera llevar a negar una derrota electoral, declararse en rebeldía o seguir en el poder ignorando el voto de los ciudadanos. Trump y Maduro, tan opuestos en algunos detalles, no ofrecen la misma seguridad. Ambos tienen antecedentes que los delatan. En política, los tiempos actuales están marcados por la ambigüedad que los populismos en general, y la derecha radical en particular, exhiben en relación con la democracia. Los grandes procesos electorales de este año están dando alas a fuerzas políticas que se prestan para desahogar el malestar y la ira, pero provocan una incertidumbre calculada. El apoyo creciente que tienen en las redes sociales y en las urnas no hace más que acelerar los acontecimientos.

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