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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Entre fascismo y democracia

A quienes nos hemos pasado los primeros 33 años de nuestra vida bajo la dictadura del general Franco no deja de sorprendernos que 46 años después, y en unas elecciones a la comunidad de Madrid, se plantee el dilema de escoger entre democracia y fascismo. ¿Tan mala es la calidad del sistema político construido en ese largo periodo de tiempo? ¿Tan inminente el peligro de retroceder a una situación social parecida a la que provocó la tragedia de la guerra civil?

A muchos de los ciudadanos que han vivido los años finales de la dictadura y los subsiguientes de la transición a un régimen democrático, el planteamiento les resultará exagerado. Pero a otros, quizás mejor informados, o más sensibles a la hora a detectar los cambios de opinión del electorado, la amenaza fascista les parecerá tan cierta como la sucesión del día y la noche.

Digo lo que antecede tras el bochornoso espectáculo del incidente que puso fin al debate convocado en la SER con la asistencia de los candidatos a la presidencia del Gobierno de la comunidad autónoma madrileña. Don Pablo Iglesias, de Unidas Podemos, pidió al resto de candidatos una condena explícita de las amenazas de muerte que sufrió mediante el envío al Ministerio del Interior de una carta que contenía unas balas de fusil. La unanimidad de la condena fue general, pero al llegarle el turno a la candidata de Vox, Mónica Monasterio, esta, tras la ritual condena de la violencia “venga de donde venga”, puso en duda irónicamente la veracidad de las amenazas supuestamente sufridas por el representante de Unidas Podemos. "Yo de Pablo Iglesias me creo poco, creo que todos los españoles cada vez que oímos algo de lo que dice, lo ponemos en duda porque este año nos han engañado vilmente”. Y al mismo tiempo que lanzaba ese mensaje lo invitaba con gesto burlón a que se “largara” del estudio de la radio y también del país.

Las palabras de la señora Monasterio fueron secundadas poco después por el secretario general de su misma formación política, Santiago Abascal, para quien las denuncias de Iglesias “ apestan a montaje”. La animosidad contra el exvicepresidente del Gobierno se patentiza en todos los insultos que recibe, desde “rata asquerosa” a “llorón del moño”, entre otras lindezas que no parecen propias de un honorable miembro del congreso de los Diputados. En cualquier caso, ese discurso tan agresivo como maleducado, no parece –todavía– el preludio de una inminente agresión fascista contra el sistema democrático.

Pero no por eso deja de ser preocupante. Desde hace unos años, en algunos medios se vienen leyendo y escuchando auténticas barbaridades que no deberían ser toleradas so pretexto de respetar escrupulosamente el derecho a la libertad de expresión. Y no deberíamos olvidar nunca que la primera siembra del odio se hace siempre con palabras.

En la España posfranquista, aquella del milagro que permitió pasar de la dictadura a la monarquía parlamentaria sin excesiva efusión de sangre, se elogiaba a Fraga Iribarne por haber traído al redil democrático a la mayor parte de la base social del bando que ganó la guerra. Que era mucha gente si además integramos en ella a la que hizo seguimiento de Blas Piñar, el conocido notario madrileño, en Fuerza Nueva.

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