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José María Mella opinador

¡Africa first!

¡Africa first!

El título de este artículo es el de un libro de reciente publicación, cuyo autor Jakkie Cilliers es el fundador del Instituto de Estudios de Seguridad de Pretoria en África del Sur.

El libro parte de un hecho: la producción per cápita de África diverge, de modo creciente, de la del resto del mundo. El fenómeno es evidente, si se observan las cifras absolutas de pobreza, que están incrementando rápidamente. África en los últimos cincuenta años casi duplicó la población, pero la producción es prácticamente la misma en relación a la economía mundial. El autor se pregunta, ¿por qué?

La primera respuesta es el enorme potencial demográfico de África, que no se aprovecha suficientemente. Se mantiene todavía una proporción reducida de fuerza de trabajo en activo y un gran número de población infantil, que requieren mayores inversiones en educación, en agua potable e infraestructuras sanitarias. Si esas inversiones se acometiesen, no solo en cantidad sino también en calidad, aumentaría la incorporación de las niñas a la escuela, habría menores diferencias de género, un mayor poder de negociación de la mujer en el hogar, mejoras en la nutrición infantil y menores tasas de natalidad.

La segunda es la reducida capacidad productiva del sector agrario, muy limitada por la dificultad crónica de acceso al crédito rural y a los recursos materiales que necesita (nutrientes, irrigación, mecanización y semillas). Actualmente, la mayoría de los países africanos son importadores netos de alimentos, a pesar de que el continente cuenta con millones de hectáreas de tierras arables; pero incurre en cuantiosas pérdidas en el transporte de los bienes alimenticios desde la explotación al consumidor. Sufre, además, muy seriamente los impactos del cambio climático en términos de disminución de la pluviosidad, oscilaciones de temperatura, creciente variabilidad climática, inundaciones y sequías.

La tercera consiste en que, juntamente con la baja productividad del sector agrario, el continente cuenta con un reducido sector manufacturero, que no acaba de despegar. Esto sucede cuando se sabe que la manufactura es clave en el impulso de la productividad del conjunto de la economía, gracias a las interrelaciones que genera con el resto de los sectores productivos, la innovación y el crecimiento. De hecho, África se está desindustrializando y es cada vez más dependiente de las exportaciones de materias primas de bajo valor añadido. A lo que hay que añadir que los servicios, básicamente de subsistencia y de carácter informal, sirven apenas para escapar de la trampa de la pobreza, pero resultan incapaces de contribuir al desarrollo.

En este contexto, el autor plantea que África necesita aprovechar las oportunidades ofrecidas por la transición energética hacia las energías renovables y la transición digital hacia las nuevas tecnologías para superar su atraso económico, sobre la base de nuevas estructuras de gobierno.

La transición energética incluye el desarrollo de la energía solar, eólica, geotérmica, de la biomasa y otras, así como el almacenamiento de energía (eso es lo que muestran las experiencias en África del Sur, concretamente en las regiones de Cabo Occidental y KwaZulu-Natal), que permiten soluciones descentralizadas en mini-redes, especialmente eficaces en áreas remotas y aisladas del continente. Estas energías permiten la reducción de costes, la disminución de pérdidas de transmisión eléctrica y un mayor acceso a la electricidad, que como se sabe es un factor clave para el desarrollo de África.

Por tanto, las energías renovables pueden ser una excelente opción para avanzar en la resolución de los cortes eléctricos y la seguridad de abastecimiento, la electrificación rural (una familia en países como Mali consume menos electricidad en un año que un londinense en un día para hervir una tetera de té) y un incentivo a la inversión en estos nuevos equipamientos técnicos. Asimismo, la electrificación rural facilita el acceso al agua potable, la obtención de información y la continuidad de los procesos productivos.

La transición digital se basa en África en el salto espectacular a la telefonía móvil sin pasar por la fija, el establecimiento de la banda ancha y las redes de internet y en general de la expansión de las tecnologías de la información y comunicación. Estas tecnologías están facilitando el acceso a los servicios financieros (“dinero-móvil”), a la electricidad, a la sanidad y a la educación; sin olvidar la oportunidad que ofrecen para transformar el trabajo informal en formal, cinco veces más productivo el segundo que el primero, mediante la documentación electrónica, con el debido respeto a la protección de datos.

Estas tecnologías también han sido útiles en el transparente recuento de los votos electorales (caso de Ghana en 2008), en el descubrimiento de tramas fraudulentas como la del presidente Jacob Zuma y la familia india de los Guptas y en la identificación de la evasión fiscal (se sabe que el 80% de los impuestos debidos durante la pandemia han sido evadidos por las grandes empresas), entre otros casos de innegable proyección social y política.

Las estructuras de gobierno en África están en una tendencia ascendente hacia estándares de mayor libertad política y democracia (especialmente por apoyo de los jóvenes, según muestra el Afrobarometer), no exenta de protestas masivas por descontento social (Burkina, Costa de Marfil, Madagascar, Mali, África del Sur, Zambia, Mali, …) y con menos conflictos armados que en el pasado. Conflictos, que necesitan prevenirse y encauzarse por vías inclusivas –no de marginalización y exclusión– antes de sucumbir a las vías militares.

África necesita paz, seguridad y estabilidad, sin los cuales no es posible el desarrollo económico y social. África necesita una mayor regulación de los mercados –por ejemplo, de vacunas anti-COVID-19 por ser un bien de interés público y salud global–, la cooperación internacional en materia sanitaria para recibir las vacunas a la mayor celeridad y la unión política para defender su autonomía frente a las geopolíticas de las grandes potencias y sus áreas de influencia.

En definitiva, estamos hablando de un ambicioso programa de reformas con objetivos socio-económicos claros, que requieren una firme voluntad política y una ciudadanía consciente de sus derechos y del cumplimiento de sus deberes con el conjunto de la sociedad.

*Profesor emérito de la UAM y miembro de AMENET (Africa, Mediterranean and Europe Jean Monnet Network)

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