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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Teleturismo, o turismo por la tele

Forzada por la epidemia, mucha gente recurre al teletrabajo; pero aún no se ha conseguido teletransportar a los turistas de modo que pueda mantenerse la fiebre viajera de los últimos años. Ya están tardando quienes gobiernan en encontrar una solución a ese problema que tanto afecta a una de las principales fuentes de ingresos de España.

El turismo es un problema pendiente en esta pandemia que, por su propia naturaleza, nos obliga a guardar las distancias. Con los aeropuertos medio cerrados y las fronteras al alza, no parece haber manera de que los millones de británicos y alemanes que nos equilibraban hasta hace un año la balanza de pagos sigan viniendo aquí.

Tampoco los españoles pueden seguir gozando del placer de encontrarse con el vecino en una calle de Dubrovnik, en Praga, en el Caribe mexicano o en algún lugar de la remota China. Adiós a los selfis que tanto juego daban en Facebook.

Es lógico, si se tiene en cuenta que la epidemia ha convertido a los latinos en nórdicos que renuncian a los abrazos y a las palmadas en la espalda para evitar el contagio. Si tal ocurre en la breve distancia de los dos metros, fácil es imaginar las barreras que se interponen a los viajeros deseosos de hacer largos recorridos turísticos como los que eran habituales hasta que llegó el bicho.

"La epidemia ha convertido a los latinos en nórdicos que renuncian a los abrazos y a las palmadas en la espalda para evitar el contagio"

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No es que viajásemos por encima de nuestras posibilidades. Simplemente, nos limitábamos a aprovechar las ventajas de la economía del Todo a Cien que rige a todos los efectos en el planeta.

Si Zara socializó el consumo de ropa y las empresas de congelados en alta mar el de merluza, las compañías low cost hicieron lo propio con el turismo. Los vuelos a buen precio redujeron el mundo al tamaño de un pueblo, gracias al acceso de las clases medias e incluso las populares a viajes que permitían a casi todos convertirse en émulos de Marco Polo.

Quienes se preocupaban por los daños ecológicos que estaba causando la marabunta del turismo masivo valorarán, tal vez, el freno que ha supuesto la pandemia a tanto movimiento del personal.

El coronavirus ha alzado de nuevo las fronteras, incluyendo las interiores que hasta entonces no existían, con resultados más bien desoladores para la mucha gente que vive profesionalmente de los viajeros. Ganaremos en cuidado del medio ambiente y, por lo tanto, en salud; pero a ver quién le explica eso a los millones de empleados que dependen del gran invento del turismo.

El bicho ha chafado incluso el Camino de Santiago en este año jacobeo, lo que tal vez dé una idea de la importancia de los daños. Obsérvese que la “invención” –es decir: el hallazgo– del sepulcro del Apóstol dio origen a una multitudinaria corriente de peregrinos con la que nació la que bien pudiera ser la primera ruta turística de la Historia. El bicho no respeta siquiera las tradiciones.

Lamentablemente, la era de los grandes viajes sociales vive ahora un intervalo de duración todavía incierta. Nos queda, si acaso, el teleturismo o turismo a distancia, que consiste básicamente en abonarse a algún canal de viajes de la tele. El único turista sin problemas es, a estas alturas, el coronavirus que no parece encontrar obstáculo alguno para moverse por el mundo entero. Y ya no está Fraga, famoso ministro de Turismo que llenó España de suecas, para alejarlo de un buen papirotazo.

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