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Javier Junceda

Deconstruir ideologías

La última encíclica del Papa Francisco y la existencia de diversos modelos sobre la mejora de la sociedad

A las tesis de Fernández de la Mora o Fukuyama sobre el final de las ideologías, parece querer sumarse quien ocupa la cátedra de san Pedro. Sostiene el pontífice que las ideologías “deconstruyen”, un término del que se abusa en la gastronomía moderna y que según el diccionario consiste en deshacer analíticamente algo para darle una nueva estructura. Como su santidad se maneja bien en argentiñol, no sabemos si su afirmación es fiel al lexicón o si ha pretendido indicar que las ideologías arruinan a los países, aunque por el contexto en que lo manifestó todo apunta a esto último.

En su obra, De la Mora presagió que el aburguesamiento de la izquierda y la socialización de la derecha harían brotar un pensamiento único excluyente de las demás propuestas políticas, lo que traería consigo un progresivo declive ideológico, como en parte ha sucedido. Fukuyama, a su vez, advirtió en la expansión internacional de las democracias liberales el colofón a la perpetua contienda de idearios, como también se ha acabado confirmando. Bergoglio, sin embargo, no ha necesitado tantas páginas para concluir que las ideologías son nefastas, al coadyuvar poco al fortalecimiento de las patrias, y más a su desintegración.

No puede estarse en desacuerdo con esta observación papal si lo que persigue es denunciar los estragos que determinadas doctrinas han provocado. Es evidente que las comunidades bajo regímenes totalitarios han terminado siempre como el rosario de la aurora. En esos supuestos, pero solo en ellos, la identificación de una concreta política con una nación, convirtiéndola en rehén, ha desatado auténticas tragedias griegas, como las padecidas por la humanidad el siglo pasado. De aquellas aciagas experiencias, por cierto, no hemos tomado nota, al estar blanqueándose unas y resurgiendo otras, en medio de un preocupante tancredismo social.

Ahora bien, meter en un mismo saco al resto de las ideologías, denostándolas, es mucho decir. Los ideales conservadores, liberales o socialdemócratas no solo se han cedido el testigo en la construcción de países, sino que han sido los verdaderos artífices del mejor mundo que conocemos, articulado en torno a la democracia y a las libertades. Con sus diferencias, han sabido sucederse en el poder para cohesionar a los pueblos y cimentar su arquitectura institucional, como se ha comprobado tras la última gran guerra. La Europa unida, por ejemplo, es tributaria de los criterios democristianos, pero igualmente de los aportes socialdemócratas. Ninguna corriente impidió que la opuesta monopolizara la idea comunitaria, que es consecuencia de una plural contribución que ha sabido encontrar espacios de entendimiento entre distintas sensibilidades. Debemos bastante a Schumann, desde luego, pero igualmente a Delors, pese a que ambos defendieran postulados antagónicos.

Por descontado que existen ideologías perniciosas y que unas son más eficaces que otras, pero proclamar que todas son una calamidad no puede compartirse. Sin ideologías, el sistema degeneraría en un océano de insustancialidad, al faltar modelos sobre una mejor sociedad y entregarse a líderes sin dichas ataduras, lo que les dejaría barra libre para mandar como en su cortijo, sin atenerse a lo que sus partidos han establecido como principios programáticos. Sin ideologías, en fin, los parámetros para decidir cómo gobernar desaparecerían, sustituidos por la ocurrencia, el caudillismo, la mera imagen o el sinsentido. ¿Con base en qué planteamientos escogeríamos entonces a las opciones que nos dirigen?

Que eso esté aconteciendo hoy no significa que sea saludable, antes al contrario. Las ideologías sensatas resultan cada vez más indispensables, si se actualizan y fundamentan, de ahí que patrocinar su ocaso no parezca demasiado afortunado, aunque lo proclame el obispo de Roma en la periferia de su infalibilidad y con modesta autoridad en estas cuestiones terrenales que tanto frecuenta con proverbial facundia.

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