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escambullado no abisal

La solemnidad

España fue, entre 1873 y 1874, una efímera república sin republicanos que el caballo de Pavía pisoteó. España, el 14 de abril de 1931, se había acostado monárquica y se despertó republicana. España rebosa hoy de republicanos sin república e incluso de republicanos que rechazan la república. "Porque creo en el republicanismo de verdad, viva el rey", exclama Félix Ovejero, uno de los que han grabado el vídeo de apoyo a Felipe. "Porque es lo revolucionario y lo progresista", añade Toni Cantó.

En España, o sea, pocos se proclaman abiertamente monárquicos por filosofía política. Les avergüenza, como una parafilia. No quieren confesarse del cetro y el altar, de la fanfarria y la genética. La monarquía actual, recuperada por Franco saltándose a Don Juan, de la ley a la ley como de oca a oca, se ha sustentado sobre el mito de la Transición. Un mito que Juan Carlos ha erosionado en su huida, dejando huérfanos a tantos devotos; juancarlistas sin Juan Carlos.

A Juan Carlos lo venció la codicia y casi más el miedo a un exilio austero, como el de su abuelo Alfonso. Profecía autocumplida. Es el destino aciago de los Borbones españoles, siempre yendo y viniendo: desde otros reinos o hacia el destierro, restaurados o destronados. Ninguno, desde Fernando VI, ha nacido, crecido y muerto en el país sin paréntesis. Conocer la biografía de tus antepasados lastra, igual por imitarlos que por distanciarte de ellos. Los plebeyos disfrutamos de la libertad que proporciona el olvido.

Al menos Juan Carlos, aunque comisionista entre bastidores, había entendido perfectamente su función sobre el escenario, que es la inacción. El rey reina, pero no gobierna. Y reinar es saludar en las recepciones, posar para los retratos y ofrecer discursos aperitivos. La nada, en resumen, sostenida sobre la tradición, el rito y la simbología. La mayor hazaña de Juan Carlos consistió en no cogerle el teléfono al general Armada durante el 23-F. Héroe por ausencia y silencio.

No hacer nada, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, resulta complicado. Es como intentar quedarte quieto en el escondite inglés. A poco que te despistes ya estás haciendo algo. A Felipe nos lo habían publicitado como "el más preparado". Un elogio retorcido. Prepararse minuciosamente durante años, en colegios extranjeros y academias militares, para ejercer de maniquí en los desfiles provoca amargura. Felipe está sobrecualificado para el puesto, causa que se esgrime igual que la infracualificación al rechazar currículos.

La monarquía constitucional consiste, al revés que la absoluta, en la negación de la voluntad del rey. Ese drama se retrata en The Crown. En una escena, el tutor adoctrina a una joven Isabel sobre la corona, que representa la solemnidad, y su relación con el gobierno, que es la eficiencia. Isabel pregunta por qué ella no aprende también lo que los demás alumnos del tutor,como las ecuaciones algebraicas que éste tiene sobre su mesa. "Porque es todo muy poco solemne", le contesta. En la educación de Isabel importó tanto lo que le enseñaron como lo que preferían que ignorase. De ahí su éxito.

Felipe ha querido decir y hacer, aconsejar y quejarse, a plena vista o mediante conversaciones que otros han publicitado. Se ha comportado como un ser humano dotado de criterio y pasiones. Y ningún ser humano puede ser neutral. Felipe ha quebrado su misión: servir como envoltura carnal de una institución, más función que individuo. En una paradoja irresoluble, cada uno que defiende al rey contribuye a debilitarlo porque, al creerlo necesario, viola su inmanencia. No se defiende al sol. Ese error ha despertado a tantos republicanos que se habían resignado a representar una postura más estética que viable.

Pero el republicanismo español, como reflejan las encuestas, aunque tal vez mayoritario, sigue escorado hacia la izquierda. Nunca llegará la república mientras sea percibida como partidista. La república es una idea que solo cuaja si se comparte. Es también la promesa de un reinicio, especialmente tentadora en tiempos de cainismo, corrupción y pandemia. Claro que no es cierto que España, al día siguiente de su proclamación, fuese a convertirse en un país mejor porque nosotros seguiríamos siendo los mismos. Tal es el temor de muchos republicanos: que la realidad ensucie esa bella república que en nuestro corazón dormita sin mancharse. Otra paradoja irresoluble dentro de la paradoja infinita que es España.

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