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Faro de Vigo

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Luis M. Alonso.

El contagio moral

El bacilo de las plagas nunca muere o desaparece por completo, es la conclusión final de "La peste", la novela escrita el pasado siglo por Albert Camus y a la que se recurre frecuentemente estos días por identificación. Puede permanecer inactiva durante docenas de años en muebles o ropa, aguarda pacientemente en habitaciones, sótanos, baúles, pañuelos y papeles viejos, y tal vez llegue el día en que, siguiendo los designios o las calamidades de la humanidad, la plaga despertará a sus ratas y las enviará a morir en una sociedad satisfecha.

"La peste" adquiere nuevo significado e inmediatez conmovedores. Una vez más la insistencia de Camus en situar la responsabilidad moral individual en todas las elecciones públicas trasciende los hábitos cómodos de la época. Su definición de heroísmo -la gente común que hace cosas extraordinarias por simple decencia- suena más cierta de lo que podríamos haber reconocido alguna vez. Igual que detectamos a los políticos irresponsables y oportunistas, a los nuevos estraperlistas del dolor y a los que quieren sacar provecho de la desgracia ajena enriqueciéndose. También nos resultará familiar la descripción de "ustedes se lo han merecido".

La comprensión de Camus de la diferencia entre el bien y el mal, por los motivos y errores de la humanidad imperfecta, arroja una luz poco halagadora sobre el relativismo. El uso controvertido de una epidemia biológica para ilustrar los dilemas del contagio moral vuelve a encajar como anillo en el dedo. En cualquier lado se percibe ese eco. Aquí, en particular, donde el confinamiento se sucede como única solución de la pandemia, sin que nadie del Gobierno se haya dignado a ejercer la autocrítica por los errores de imprevisión cometidos y se anuncian los 674 muertos de las últimas 24 horas como si fuese un éxito, estamos inmejorablemente ubicados para sentir el latigazo de la oración final premonitoria de la novela. Nos habremos despertado de la pesadilla y la plaga estará todavía ahí.

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