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Desconsuelo

La visita de Pedro Sánchez a Quim Torra en el Palau de la Generalitat

En la plaza Sant Jaume, el realismo pragmático del visitante se había dado de bruces con la subjetividad radical del anfitrión. Mientras uno fue combinando la compostura con distancias brechtianas, rehuyendo la mirada, apretando los puños o mostrando un semblante serio, el protocolo de palacio quiso dar al reencuentro apariencia de cumbre entre Estados, lo que no dejaba de ser una sobreactuación para escenificar el binomio.

El recibimiento así no dejaba de ser una ficción, cuando lo que aquí se ventea es la senda del diálogo como método y la "desjudicialización" del desafío secesionista como gesta. De manera que a medida que se iban sucediendo las muestras de bilateralidad era perceptible una cierta incomodidad del visitante, traducida en mutar la media sonrisa en mueca.

En el recorrido por el Palau de la Generalitat se detuvieron ante la escultura "El Desconsuelo". Cabría preguntarse qué les pasaría en ese momento por la cabeza, al contemplar el sugerente desnudo femenino en actitud de derrota.

En el Patio de Carruajes se había desplegado una alfombra roja, para que ambos presidentes pasaran revista a una formación de los Mossos, uniformados de gala (sombrero de copa, alpargatas de esparto).

El visitante, con aire despistado y zancada larga, se "olvidó" de hacer el saludo a la bandera catalana. Pasó de largo y cuando giró la cabeza para buscar al anfitrión, este seguía formalizando el saludo y ya era tarde dar marcha atrás y arriesgar un traspiés. ¡Maldita sea! Si hay algo que al español le resulta superior a sus fuerzas es hacer el ridículo.

La improvisación había imperado en la génesis de la visita a Barcelona, donde el visitante se presentó sin regalo que intercambiar con el editor -que fue- siempre con libros a mano, en esta ocasión sobre derechos humanos, para obsequiar a sus interlocutores.

En este preludio ritual de "mesas" venideras, la visita resultó ser un ejercicio forzado, inútil e inoportuno.

El reencuentro, pieza separada de la "mesa de seis", en tanto que exigencia de los republicanos, con la sartén cogida por el mango, era fruto de una imposición, merced a una ecuación sencilla: sin "mesa bilateral" no hay Presupuestos y sin estos no hay Legislatura. Al tiempo que trataban de evitar ser tachados de botiflers (traidores) por sus socios de gobierno.

Inútil, porque al ser ejecutor de los deseos de un prófugo de la Justicia que resulta ser el imposible interlocutor, además de vicario, resulta "pato cojo" con caducidad, al estar su inhabilitación pendiente hasta que la sentencia adquiera la firmeza.

El "conflicto político" no deja de ser una patata ardiente para el gobierno progresista y su diestro manejo, fielato inevitable para la aprobación de las cuentas. Sin perder de vista que el Ejecutivo está de estreno y tiene más prioridades en las que centrar la atención.

Prueba de la naturaleza política del envite es que el presidente del Gobierno, que quiere evitar disonancias y discrepancias, ha pedido a su vicepresidente coaligado que se siente en la "mesa de negociación".

Con su apuesta por el "diálogo político y la regeneración institucional" el presidente visitante, ávido de seducir a quienes no se apean de la amnistía y la autodeterminación, ha vuelto a insistir en un sortilegio: "la ley no basta", capaz de hacer las delicias de los secesionistas y contribuir a la desolación del atribulado constitucionalismo español, que integra a la mitad de Cataluña.

Hay que convenir con jueces y fiscales que si la ley no se aplica y no se hace cumplir... jamás bastará.

Entre el desastre del fin de la España colonial y la Semana Trágica, dos grandes escultores -el mallorquín Llorenç Rosselló, con su "Desolation" y el catalán Josep Llimona, con "Desconsol"- forjaron sendas obras maestras cuya temática, el hermoso cuerpo de la mujer que oculta su angustia debajo de sus cabellos, nos lleva a imaginar el presentimiento de lo que a ambos artistas espantaba.

Todo un paradigma de la emoción.

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