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Faro de Vigo

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De vuelta y media

El Petit Bar

Eduardo Matos abrió en 1928 aquel local de sello americano que se benefició mucho del trasiego de viajeros de la central de autobuses de línea en la plaza de San José

El Petit Bar abría sus puertas el 14 de junio de 1928 en la plaza de San José, junto a la Central del Automóvil de Línea, donde salía y llegaba el popular Castromil. Ambos ocupaban los bajos del antiguo hotel Méndez Núñez. De seguir abierto, habría cumplido ahora 91 años.

"Un verdadero bar americano". Esta referencia constaba en su tarjeta de presentación ante los pontevedreses con marchamo propio, para establecer sus diferencias con el Moderno, Kursaal o Méndez Núñez, por una parte y por la otra con el Derby, Helenes, Las Navas y otros muchos. Es decir, que no iba a ser un café-concierto, pese a ofrecer actuaciones musicales, ni tampoco un café-económico o una taberna al uso, sino algo más sofisticado.

El Petit Bar respondió al concepto de bar americano, tanto en la decoración como en el servicio: un local acogedor, dotado de larga barra con taburetes altos y unas cuantas mesas, que ofrecía cocteles, refrescos, cervezas, tea o café moka, y también sandwichs, bocadillos y fiambres. Por supuesto que todo a precios muy razonables.

Al frente del negocio estaba Eduardo Matos Torres, hasta entonces barman del Liceo Casino, quien aportaba su bien ganado prestigio entre los miembros de aquella distinguida sociedad.

En vísperas de su inauguración, el propietario solicitó permiso al Ayuntamiento para instalar mesas fuera durante todo el verano y ofrecer actuaciones musicales al aire libre. Las Navas, que estaba a pocos metros, donde luego se instaló el Blanco y Negro, hizo lo propio. Y ambos bares obtuvieron el visto bueno municipal. Al año siguiente se sumó La Terraza en la Alameda. Los tres fueron pioneros en ofrecer conciertos estivales.

La terraza de verano del Petit Bar no estaba en la plaza de San José, sino en la parte trasera hacía Las Palmeras, donde hoy discurre la calle Alejandro de la Sota que entonces era un descampado. Durante los cinco años siguientes, por allí pasaron grupos musicales de todos los estilos que actuaban entre diez y quince días: desde los Kanakos Jazz o la Orquesta Hispano-Americana, hasta el Trío Angelina o el Quinteto Cerdeiriña, pasando por el conjunto Why Not Jazz, integrado por seis chicas que causaron furor.

Probablemente, el Trío Madrid puso el broche final de aquellas actuaciones al aire libre en 1932. A partir de entonces, debido a su elevado coste y su escasa rentabilidad, Eduardo Matos adquirió un gran aparato-mueble Atwater-Kent, que estaba considerado entre los mejores del mundo, para ofrecer conciertos de radio y amplificación de discos, tanto dentro del establecimiento como en su terraza trasera.

En cuanto a su esmerada cocina, pronto anunció dos platos estrella con día fijo para su degustación en su servicio de restaurante: los jueves, callos, y los domingos, paella, con venta de raciones a domicilio. Luego incorporó para acompañar su exquisita cerveza negra un notable surtido de fiambres variados: gallina trufada, cabeza de jabalí, jamón de York y gelatina de Folir, tanto por ración como a peso para llevar a casa.

La excitación republicana que contagió a media ciudad también se dejó sentir en el Petit Bar, puesto que la Federación Obrera que presidía el líder comunista García Filgueira anunció con indisimulada satisfacción la afiliación de todo su personal a finales de 1931. Otro tanto ocurrió con el personal del Moderno y del Kursaal. Más tarde, cuando pintaros bastos ocurrió tres cuartos de lo mismo pero al revés; o sea que el nombre de su propietario nunca faltó en las donaciones y suscripciones a favor de la causa franquista.

Su vecindad con la Central del Automóvil de Línea siempre resultó muy beneficiosa para Eduardo Matos, incluso consiguió llegar a un acuerdo para ampliar su local, que lindaba con la administración del Castromil por medio de un largo pasillo que transcurría de lado a lado.

Si antes de la Guerra Civil, el trasiego de autobuses y viajeros favoreció una actividad complementaria del Petit Bar como corresponsalía de la Agencia Galicia, que ofrecía un servicio rápido de paquetes y encargos a cualquier punto en tiempo récor, después de la Guerra Civil el incremento de líneas de transporte propició un aumento de la clientela todavía mayor del Pequeño Bar, su nueva denominación forzada por las circunstancias imperantes.

Entonces fue cuando Manolo Blanco pasó de La Gran Tijera al Pequeño Bar y desarrolló el oficio de barman hasta su salto definitivo a conserje de la Caja de Ahorros de Pontevedra. Una mediación de Manuel Cabanillas -padre de Pío- que disponía allí de tertulia propia a dos pasos de su espléndida vivienda junto a la vía férrea, resultó decisiva para su entrada en la CAP.

Con categoría de nonagenario en activo, ahora campa por A Moureira y aún recuerda bien al matrimonio de Eduardo e Isolina, así como a todos sus hijos, Eduardo, Manuel, Andrés, Isidoro y Elena ayudando en el bar, salvo Fernando que marchó al extranjero y no volvió. Posteriormente, algunos de ellos tomaron el relevo paterno y siguieron adelante.

Manolo Blanco describe el Pequeño Bar, cuyas entretelas conoció bien entre los años 40 y 60, como un negocio familiar, de clientela variopinta entremezclada con su parroquia habitual de tertulia y partida (el juego no podía faltar), además del permanente trajín de viajeros que iban y venían. El descanso o la espera resultaban más llevaderos con un café bien caliente.

Su magnífica ubicación le permitió captar al público más diverso y allí instaló el Pontevedra CF su primer punto de venta de localidades para los partidos de Pasarón, que luego traspasó al Savoy. El ambiente futbolero prevaleció en el Pequeño Bar, donde se vivieron con pasión los ascensos del equipo granate hasta Primera División, con el legendario "¡hai que roelo!".

A lo largo del tiempo, el local sufrió diversas reformas, tanto dentro como fuera, incluida su fachada. Sin duda, la obra más importante resultó la modificación interior que permitió una pequeña, pero estimable ampliación. La última renovación se produjo en 1973 e incluyó una nueva decoración.

El Pequeño Bar desapareció a principios de los años 80, víctima de la fiebre inmobiliaria que se llevó por delante aquel frente de la plaza de San José, de magníficos edificios modernistas.

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