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Antonio Rico

En el metro con Churchill

El momento más emocionante de "El instante más oscuro" (Movistar +), la película que bucea en los terribles días en los que Winston Churchill, elegido primer ministro del Reino Unido, tenía que decidir si su país negociaba la paz con Hitler o si lucharía hasta el final contra la amenaza nazi, no es el famoso discurso de Churchill en la Cámara de los Comunes ("Lucharemos en las playas?") ni las tiernas conversaciones de Churchill con su esposa y su secretaria personal, sino el encuentro de Churchill en un vagón del metro con un grupo de ciudadanos que, con enorme entereza, le convencen de que la rendición no es una opción. De acuerdo, el motor de la historia no es un vagón del metro londinense (ni las hemorroides de Napoleón en Waterloo, ni los dolores de muelas que sufría Stalin), pero no sé qué es más sorprendente, si ese corto viaje en metro de Churchill que cambió la historia, o la conmovedora cita que inicia Churchill y que, de forma inesperada, concluye uno de los ciudadanos que le acompañan en el vagón.

"¿Qué mejor manera de morir puede tener un hombre que la de enfrentarse a su terrible destino, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?". Así se refiere el historiador británico Thomas Macauly a Horacio Cocles, el héroe romano que, según la leyenda, defendió en solitario el puente Sublicio, que conducía a Roma, contra los etruscos de Lars Porsena. Me gusta pensar que unos minutos en un vagón del metro pueden tener profundos efectos históricos, pero me encanta creer que un ciudadano británico puede conocer la leyenda de Horacio Cocles y aplicar su ejemplo a un momento histórico en el que su país se enfrenta al horror del nazismo. ¿Para qué sirve la cultura clásica? Sirve, por ejemplo, para seguir el hilo de los pensamientos de Churchill en un vagón del metro o para estar decidido a defender las cenizas de los padres y los templos de los dioses (o sea, la democracia parlamentaria) ante los etruscos (es decir, los nazis). Todo esto es muy idealista, claro. Muy peliculero. Churchill decide en un vagón de metro que su país luchará contra la Alemania nazi en las playas, los campos y las calles, y el puente Sublicio conduce a Londres. La historia no funciona así. Pero nuestros hijos deben estudiar en la escuela a los viejos griegos y romanos no para cambiar la historia, sino para entender a Churchill.

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