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Faro de Vigo

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El asesino de Cangas llegó a California

El estado norteamericano puso como ejemplo el crimen de la calle Oporto, cometido por el cangués Jacobo Piñeiro, para acabar con la defensa jurídica del “pánico gay”

El cangués Jacobo Piñeiro durante la repetición del juicio por el crimen de la calle Oporto, que lo condenó a 58 años de prisión. RICARDO GROBAS

Miedo insuperable: eximente consistente en una causa de exculpación o de disculpa debida a una emoción o estado pasional de debilidad, inseguridad e indefensión que produce un intenso temor al daño amenazante e incluso angustia.

Esta es la definición que recoge a efectos legales la legislación española de lo que se conoce por miedo insuperable. Con ella comenzamos la historia de hoy. Una que nos lleva a la otra orilla de la ría de Vigo, pero que comenzó en Cangas, en la parroquia de Darbo concretamente, pues aquí, es donde residía el asesino.

Julio de 2006. Mundial de fútbol de Alemania, Italia campeona. La ciudad de Valencia es protagonista en España. Primero, por el desgraciado accidente del metro en el que fallecen 43 personas. Más tarde, por la visita del papá Benedicto XVI. El Koala saca la canción del verano, y nada hace presagiar que la burbuja inmobiliaria, está a punto de reventar causando una crisis económica mundial.

Portada de FARO del 14 de julio de 2006, con la noticia del crimen. | // FDV

Jacobo Piñeiro vivía por entonces en Cangas. Bajito, con el pelo rapado y aires de militar trasnochado, dicen los que lo conocen, que era un tipo nervioso, inquieto y bastante agitado. La mañana del 12 de julio de 2006, fue a Vigo con la intención de pasar un día de juerga. Los testigos del juicio dicen que, ya desde mediodía, comenzó a beber “cubatas” y consumir cocaína. Uno de los locales “after” de moda en aquella época, era el Strong. Un local de ambiente gay, donde Jacobo conoció a un camarero de nombre Isaac. Entabló conversación con él, y durante horas, entre viajes al baño, “tiro viene, tiro va”, le contó sus penas y se forjó entre ellos una cierta “amistad”, de esas que surgen en la barra de un pub.

Sin saber cómo, o quizás buscándolo de algún modo, el caso es que las horas de charla los llevaron a ambos al piso que Isaac compartía con su pareja, un chico llamado Julio, que por entonces era también camarero en aquel local. En su apartamento, sito en la calle Oporto, continuaron con una sesión de tardeo. Más copas y algo de “coca”. El ambiente era distendido, de ahí que, a pesar de tener planes para una cena con amigos en su piso esa misma noche, ambos decidieran invitar al recién conocido a su círculo más íntimo.

La noticia con la decisión del jurado de absolver al autor confeso del crimen. FDV

La cena se prolongó hasta la madrugada. Los amigos de la pareja, a la postre testigos en el juicio, manifestarían que cuando se marcharon del apartamento, Isaac y Julio, viendo las horas que eran, le ofrecieron a Jacobo quedarse a dormir en su casa para que este no tuviese que regresar en mitad de la noche hasta Cangas.

Él aceptó, y esa decisión, sin saberlo fue la que los condenó.

Ante el jurado popular, los vecinos del inmueble testificarían que alrededor de las cuatro de la madrugada se comenzaron a escuchar ruidos como de movimiento de muebles y quizás algún que otro grito, procedentes del apartamento de la pareja.

—Estaba en la habitación en la que me habían dejado para dormir…—manifestaría Jacobo en el estrado durante el juicio. — Isaac se presentó desnudo… Quería follar conmigo. Le dije que no, y se puso violento. Él insistió…

Así lo narró Jacobo en su propia voz. Después, según su versión, Isaac regresó con un cuchillo y trató de agredirlo. Él consiguió quitárselo y actuando por un miedo insuperable, se defendió asestándole ¡más de treinta puñaladas! Quizás Julio escuchó ruido y se acercó a ver qué pasaba. El caso es que, a él, lo mató clavándole el cuchillo unas veinte veces. Todo ello, según argumentó, actuando en defensa propia por un miedo insuperable a que lo violaran o mataran.

Con ambos muertos y envueltos en mantas, Jacobo actuó con serenidad. Se pegó una ducha y pasó varias horas en el piso borrando sus huellas. Finalmente creyó que lo conveniente era quemar el apartamento. Roció las estancias con alcohol, abrió el gas y prendió fuego. Eran las cinco de la madrugada cuando un vecino del edificio se cruzaba con él en las escaleras. Tenía un brazo vendado y cargaba con una maleta. Dentro, había dinero, joyas y efectos que había robado quizás para simular un robo. Caminó hasta el puerto, y como si nada hubiese sucedido, tomó el barco de vuelta a Cangas.

El Tribunal Supremo tumbó la primera sentencia y ordenó repetir el juicio. Fdv

Eran casi las diez de la mañana cuando un vecino de la calle Oporto alertaba a los servicios de emergencias. Al parecer había un incendio en el 7ºB. Los bomberos acudían al lugar y tras sofocar las llamas, encontraban los cuerpos. Su estado era tal que, para confirmar su identidad, se debió recurrir a pruebas forenses. Julio, de nacionalidad brasileña tenía 32 años. Isaac, al que muchos en la noche viguesa conocían como Dani, solamente 26. Ambos estaban maniatados. Uno en el dormitorio, otro en el pasillo. La violencia infligida a sus cuerpos era más que evidente, incluso más allá del estado en que ambos quedaron a causa del fuego.

En cuanto se conocieron los hechos, hasta el lugar se desplazaron amigos de la pareja. Todos manifestaron lo mismo a la policía. Cuando se marcharon de la casa, con ellos se quedó el joven de nombre Jacobo que acababan de conocer aquel mismo día. En base a su descripción, se le identificó gracias a las grabaciones de las cámaras de vigilancia del local donde se habían conocido. Cresta rubia, pantalón corto y chanclas. Así vestía cuando lo detuvieron. Jacobo estaba casado, tenía un hijo, y desde hacía un tiempo rondaba los locales “gays” de la noche de Vigo.

En febrero de 2009 el caso llegó a juicio. Un jurado popular escuchó las versiones de la fiscalía y la defensa. Ambas diferían en todos los puntos clave, pero ahí estaban las pruebas. Cincuenta y siete puñaladas. Para unos constituía un caso claro de ensañamiento, para otros, defensa propia motivada por un insuperable miedo.

Finalmente, el jurado se pronunció, y ante la incredulidad de muchos, Jacobo fue absuelto del doble homicidio. La defensa consiguió lo que quería. Demostrar que el acusado había actuado movido por un insuperable miedo. El único delito por el cual se le condenó fue por el de incendio.

La noticia en la que se da cuenta del resultado del nuevo juicio, que condena a Jacobo Piñeiro a 58 años de prisión. Fdv

En julio de 2010, tras haber cumplido el tiempo máximo de prisión condicional, Jacobo quedaba en libertad debiendo firmar en dependencias policiales o judiciales de Cangas, por ser esta su localidad de residencia. Se las prometía muy felices, pero en septiembre de ese mismo año, el Tribunal Superior de Justicia de Galicia, ordenaba repetir el juicio.

Un nuevo jurado fue constituido para este segundo juicio. Jacobo, que llevaba tres meses en libertad, se sentaba de nuevo en el banquillo. Su actitud no cambió en absoluto respecto al primer juicio.

—Tenía pánico de que me violaran —repetía impasible.

Colectivos de gays y lesbianas se manifestaron ante los juzgados cada día de los que se celebró el juicio. Pedían justicia para Julio e Isaac. Y la consiguieron en este segundo juicio.

No sin polémica de por medio, esta vez el jurado consideró que no existió miedo insuperable alguno en el doble homicidio. Las cincuenta y siete puñaladas evidenciaban (ahora sí), un claro ensañamiento sobre ambas víctimas. Jacobo escuchó con la barbilla alzada y mirada desafiante su sentencia. Fue condenado a 58 años de cárcel por el crimen cometido. Antes de salir de la sala, se encaró con los miembros del jurado amenazándolos.

El tiempo máximo de condena en España es veinticinco años, de los cuales, en 2010, Jacobo ya había cumplido cuatro, por lo tanto, son apenas diez los que le quedan en prisión, los cuales podrían verse reducidos por buena conducta o trabajos en favor de la comunidad.

Información de FARO en el aniversario del crimen de la calle Oporto Fdv

En 2014, para impedir que este tipo de crímenes sucedan, el estado de California aprobó una ley mediante la cual, ningún otro criminal podría acogerse a la excusa del miedo insuperable a la hora de enfrentarse a un juicio por el asesinato de homosexuales. “Tenía miedo de que me violaran”, ha sido la excusa de multitud de asesinos de este colectivo. Durante años, la justicia de dicho estado, al igual que sucedió en España en el primer juicio, atendía al criterio del miedo insuperable para justificar ciertos actos de los supuestos asesinos.

La defensa por “pánico gay”, tuvo especial relevancia en Estados Unidos en 1998 gracias al crimen del Matthew Shepard. Dos jóvenes lo conocieron una noche en un bar, lo llevaron en su camioneta hasta las afueras de un pueblo de Colorado, lo ataron a una cerca, y lo golpearon y torturaron dejándolo allí maniatado. Matthew moriría días más tarde en un hospital a causa de las lesiones. Durante el juicio, la defensa de los autores del crimen trató de esgrimir la excusa del “pánico gay”. A raíz de ella, este tipo de defensa proliferó en diversos casos de homicidios de homosexuales.

En 2014, cuando el gobierno de California cerraba la puerta a este tipo de defensa jurídica, ponía como ejemplo el caso del doble homicidio ocurrido en la calle Oporto de Vigo, y como se debió repetir el juicio.

Así, de esta forma, es como el asesino de Cangas, llegó a California.

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