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Los irreductibles de Ons

Pepe de Miro con "Careta", en su casa en la isla de Ons.

El Parque Nacional Illas Atlánticas dio esta semana una buena noticia a los vecinos de la isla de Ons: por fin podrán formar parte del patronato, un órgano de carácter consultivo y en el que, incompresiblemente, no había una representación vecinal casi 20 años después de la creación del que hasta ahora es el único parque nacional de Galicia. Una buena ocasión para reivindicar el carácter singular de Ons, el único archipiélago habitado dentro del espacio protegido. Incluso durante estos meses de otoño e invierno aún quedan isleños irreductibles que prefieren pasar la mayor parte de su tiempo en la isla.

Durante los meses de julio, agosto y septiembre Ons es una isla llena de vida gracias a los numerosos visitantes que recibe cada día. Es plena temporada alta en la campaña turística y cada año son más las personas que se acercan a conocer el carácter singular de esta isla del Concello de Bueu. Una vida que no se limita solo a esos meses, sino que continúa el resto del año. Con otro ritmo, con otras características. Casi como si se tratase de otro tiempo y otro lugar. Hay isleños irreductibles, que pese a las comodidades que ofrecen sus viviendas en Bueu prefieren pasar la mayoría de su tiempo en el archipiélago que los vio nacer. Son personas como Rosa Pérez o Pepe de Miro, que aprecian especialmente estos meses en los que la isla de Ons parece entrar en fase de hibernación. Falta el entrañable Cesáreo Pérez, que por motivos familiares tiene que permanecer en Bueu.

Una vista aérea de la isla de Ons, dentro del Parque Nacional Illas Atlánticas de Galicia. Lavandeira Jr.

“Aquí se está de maravilla durante este tiempo, hay muchísima tranquilidad y las personas que nos quedamos en Ons somos como una familia”, cuenta Rosa Pérez, cuya vivienda está en Pereiró, en el camino que conduce hacia el campamento juvenil de la Xunta de Galicia. Una impresión que corrobora plenamente Pepe de Miro, cuyo padre fue durante muchos años el farero de la isla. “En este momento que estoy hablando contigo aún ando en bañador y chanclas. No hay frío ninguno. Lo que sí hay estos días es una luna increíble, que alumbra muchísimo. ¡Esta madrugada se veía como si fuese pleno día! [el viernes fue la luna llena]”, cuenta desde el bar de Acuña. El establecimiento aún está abierto a estas alturas durante la semana porque sus responsables decidieron aprovechar la temporada invernal para hacer obras de reforma y los obreros necesitan un lugar donde comer.

Rosa Pérez, el viernes en su finca en Ons, con la ría de fondo. | // FDV

Rosa, de 69 años, lleva de manera prácticamente ininterrumpida en Ons desde mediados del mes de febrero. “Me vine en esa fecha para empezar a plantar patatas, cebollas, pimientos... y para atender a los animales, como las gallinas”, cuenta. A lo largo de estos meses solo se desplaza puntualmente a Bueu, como este fin de semana, ya sea por cuestiones médicas o para estar con sus nietos. Junto a ella en la isla está su consuegro, Emilio Chapela, que le ayuda en las labores y tareas. “Para mí el peor momento para estar en la isla son precisamente los meses de julio y agosto porque hay mucho agobio de gente. Ahora se está muy bien: puedes estar casi todo el tiempo sin mascarilla, andar al aire libre o pasear por la playa para mojar los pies”, enumera.

Pepe de Miro coincide con esa visión. “A ver, a mí gusta el verano y que haya gente, pero es que ahora es una maravilla estar en la isla. Yo fui marinero, pasé la vida en el mar y ahora mismo en Bueu me aburro, no aguanto. Yo no soy de estar todo el día en el bar”, asegura este isleño, que el próximo mes de febrero cumplirá 63 años. Su casa está en la subida hacia el faro y durante el tiempo en el que su mujer está en Bueu su principal compañía es “Careta”, su entrañable caballo. “Solo le falta hablar”, dice de él con evidente cariño.

Pepe aprovecha el tiempo para atender el huerto, animales y estar cerca del mar. “Voy a mi aire y la sensación de estar aquí no se puede pagar con nada”, asegura convencido. El hecho de ser tan pocos habitantes refuerza los lazos entre los isleños y ese arraigado sentido de comunidad. Pepe de Miro se deshace en elogios hacia su vecina Rosa Pérez. “Aquí compartimos todo. ¡Señora Rosa es una santa, había que hacerle un monumento! Cocina muy bien y siempre trae algo de empanada o cualquier cosa que cocine”, afirma.

Pepe de Miro con “Careta”, ayer en su casa en la isla de Ons. | // FDV

Pepe de Miro con “Careta”, ayer en su casa en la isla de Ons. | // FDV

La comida no falta. La huerta suministra sustento, los congeladores están llenos y cuando hace falta se va puntualmente a Bueu o son los barcos de pesca que habitualmente faenan en la zona los que les traen los encargos. También está la indispensable ayuda y colaboración del personal de Parques Nacionales. “Los agentes que están en la isla son unas personas estupendas, te ayudan para todo y con ellos también somos una familia. Hace tres años resbalé, me caí y rompí un pie. Fueron ellos los que se encargaron de trasladarme”, agradece.

Pese a esa sensación de bienestar y libertad también hay algunas desventajas. La falta de un suministro eléctrico continuo obliga a recurrir a generadores, que funcionan con gasóleo; o la ausencia de un transporte regular con Bueu. “Ahora mismo estamos servidos porque como en Acuña están en obras hay un barco que viene los lunes y los viernes”, dice Rosa, que apunta que el problema es el resto del año. Con la pandemia del COVID-19 desde Parques Nacionales son más reacios a trasladar a los isleños, salvo que sea una urgencia. “La gente que está aquí es una maravilla, la queja es con la Administración”, afirma esta isleña. Rosa aprovecha para quejarse del sistema de acceso a la isla, que obliga incluso a los vecinos y concesionarios a registrarse con un código QR, una tecnología con la que las personas mayores no están familiarizadas. “Ya tienen todos nuestros datos, no entiendo porque tenemos que andar con ese código. A mí los trámites me los tiene que realizar mi hijo o las nueras”, asegura. También echa de menos que no se le permita tener un animal de compañía, como su pequeño perro que debe quedarse en Bueu. “¡Y eso que es una recomendación del psicólogo!”, lamenta.

Cesáreo Pérez con su dorna, aunque ahora mismo esté en Bueu por motivos familiares. Fdv

Ahora se acercan unas fechas en las que se preparan para dejar temporalmente la isla, pero no por el invierno en sí sino por las fiestas navideñas. Durante esos días tan señalados se trasladan a Bueu para estar con la familia. “Son las vacaciones que tengo de la isla”, dice entre risas Pepe de Miro, que este año irá a Santander a estar con su hija.

Una ausencia en la que sus animales echarán de menos su compañía, pero estarán bien cuidados y alimentados. “Dejamos bastante comida y agua y los agentes de Parques en la isla también se encargan de ellos. ¡Son un cielo de personas!”, alaba Rosa.

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