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Las parroquias, epicentro del movimiento vecinal

María del Carmen Fernández y Cristian González intercambian experiencias en el mirador del Castro

María del Carmen Fernández y Cristian González intercambian experiencias en el mirador del Castro Pablo Hernández

Las parroquias del rural se han convertido en vivero y sostén del asociacionismo vigués en tiempos de pandemia. El movimiento vecinal, que ha pasado el último año con el 80% de sus actividades cerradas por el coronavirus, atraviesa momentos difíciles tanto a nivel económico al reducirse los ingresos, como en cuestión de relevo generacional al frente de las asociaciones. El COVID influye en la pérdida de representatividad y capacidad de influencia de las asociaciones del centro urbano, que en algunos casos se han visto obligadas a cerrar sus centros sociales, mientras que en la periferia su ‘poder’ ha ido incrementándose en los últimos años, según el informe sobre el movimiento vecinal vigués realizado por Martínez López. El estudio dejaba claro que en los centros sociales y culturales de las parroquias había una alta afiliación y una amplia participación vecinal en sus actividades. Esto indicaría que estos colectivos vecinales se han ganado su poder “referencial” gracias a una larga trayectoria de intervenciones públicas y de consecución de muchas de sus demandas (en equipamientos sanitarios, red de saneamiento, centros sociales, instalaciones deportivas, etc.) y en que, a fin de cuentas, ofrecen alternativas de ocio y relación más próximas que las disponibles en el núcleo de la ciudad.

Carmen Fernández y Cristian González

FARO DE VIGO ha reunido a una de las mujeres pioneras del movimiento del asociacionismo vigués y a uno de los presidentes más jóvenes. María del Carmen Fernández, Nena, de 67 años, lleva 17 al frente de la asociación Lúa de Bembrive, colectivo que ayudó a fundar en 1987 y que cuenta con unos 500 asociados. Cristian González, de 37 años, simboliza el relevo generacional al frente de la Sociedad Cultural y Deportiva Atlántida de Matamá que cuenta con 800 socios. El nombramiento de su junta tuvo lugar el 13 de marzo de 2020 y al día siguiente llegó el confinamiento.

Vocación

Ambos coinciden en que hace falta tener vocación para ponerse al frente de una asociación, pero el apoyo de los vecinos y las felicitaciones son motivo de gran satisfacción porque Atlántida y Lúa vertebran ocio, cultura y activismo en Matamá y Bembrive respectivamente.

“El centro es mi casa, empecé con 7 años en el fútbol”

La Sociedad Cultural y Deportiva Atlántida de Matamá se creó en 1963 y cuenta con sede y campo de fútbol propio. “El centro es el punto de encuentro de la parroquia y de las actividades de los vecinos. Primero se venía a ver la televisión y el fútbol. En el año 91 surgió la Banda de Música y a partir de ahí, muchísimas actividades más”, explica Cristian González, presidente de la entidad. “El centro cultural es mi casa. A los 7 años empecé a jugar al fútbol y después me pasé a la Banda de Música, tocaba el saxofón y quiero retomarlo”, asevera. Reconoce que el relevo generacional es difícil.

Visión global

“Lleva mucho tiempo que alguien asuma la presidencia. Hay que tener una visión global de todas las actividades porque para cada socio la suya es la principal. Yo volví porque me animaron los socios y porque logré formar un grupo responsable de cada sección. Las horas no dan y hay que compatibilizarlo con trabajo y familia durante dos años”, expone. “Nuestra legislatura termina en marzo de 2020.

Socios solidarios

El parón nos sirvió para hacer cosas, como la reforma de la cafetería y creo que los socios nos lo agradecieron. Mantenemos lo que podemos la música; en deporte hicimos lo que nos decía la federación. Los niños necesitan actividad y lo mantenemos con medidas de seguridad, aunque suponga un control y trabajo extra para nosotros”, resume. Destaca que los socios han respondido frente a la situación de forma muy solidaria, pues ninguno se dio de baja aunque las actividades se redujeron.

La situación de los monitores es desoladora

“Esperamos que los ingresos se mantengan, pero también las subvenciones porque son más necesarias que nunca. Lo veremos en diciembre que es cuando llega el dinero. El caso de los monitores, es desolador”, apostilla. Atlántida se quedó sin la fiesta de San Amaro o la sardiñada de San Juan, pero la directiva estudia la dinámica que permita juntarse a los socios. “Somos fiesteros”, incide González.

“Estoy orgullosa de la escuela de adultos, aún sigue en marcha”

La escuela de adultos es el mayor logro y sigue activa para actualizar la ortografía. “De lo que más orgullosa me siento es de la escuela de mayores. Mucha gente no sabía leer ni escribir. ¡Cuántas mujeres llegaban al banco y pedían un bolígrafo: ahora ya se firmar!”, relata Nena Fernández, una de las fundadoras de la asociación de mujeres Lúa de Bembrive.

De generación en generación

Abuelas, madres, hijas y nietas son socias de generación en generación, aunque los cursos han cambiado: “Ahora tenemos informática, zumba, tai chi, pintura en tela, pero también cocina con técnicas modernas y gimnasia”, dice Nena. El COVID frenó las actividades, pero confía en recuperar pronto el trabajo de dinamización.

Un curso de congelados, germen de Lúa

Ahora llevamos a algún hombre a la asociación, estamos casadas...” dice riendo Fernández, una de las fundadoras de la asociación de mujeres que nació en 1987 y que preside desde hace 17 años. “Vinieron de la agraria a darnos un curso de congelación de productos del campo, me acuerdo que estábamos en temporada de guisantes. Era algo novedoso y tuvo gran éxito de convocatoria, así que nos animaron a crear una asociación. Yo fui una de las fundadoras y la asociación Dorna de Coia, la única constituida entonces, nos ayudó mucho”, recuerda. “La gente mayor nos apoyó muchísimo, porque no había nada en Bembrive para las jóvenes", insiste.

Cursos de cocina y gimnasia 'moderna'

En el bajo de una casa empezamos con cursos de cocina. En otro teníamos cursos de tapicería y todas las sillas viejas y los antiguos cabezales de las camas de la parroquia se tapizaron allí. Pero queríamos algo más y buscamos a Ángel, nos daba clase de gimnasia moderna a la gente mayor del campo. Después llegaron los viajes con los que recorremos toda Europa acompañadas por los maridos...”, apostilla. Pero Nena recuerda que también sufrieron críticas: “Para reunirnos por las tardes dependíamos de los turnos en Citroën, no a todos los padres y maridos les parecía bien aquello”.

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