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Casi la mitad de los centenarios vigueses viven solos

Matilde Lorenzo Álvarez, de 98 años y José Iglesias, “Pepe Cara manchada”, de 100

Matilde Lorenzo Álvarez, de 98 años y José Iglesias, “Pepe Cara manchada”, de 100 R. Grobas

Mujer y mayor de 80 años. Este es el perfil de los mayores que viven solos en Vigo. Afrontar la vejez en solitario es un nuevo reto para una sociedad cada vez longeva. El número de mayores de 65 años que vive en el municipio sigue aumentando. En la actualidad hay 63.174 vecinos que han llegado a la edad de la jubilación y más de 12.000 viven solos. En los últimos tres años la pirámide poblacional de personas con cien o más años se ha incrementado también un 13,89% y se ha pasado de 252 personas centenarias en 2019 (48 hombres y 204 mujeres) a 287 según el censo de enero de este año: 58 hombres y 229 mujeres. Casi la mitad de las personas con cien o más años, un total de 121, viven solas a tenor de los datos del último padrón.

La esperanza de vida sigue creciendo y la población de Vigo envejece cada vez más y a gran velocidad. La misma con la que se produce un fenómeno social cada vez más arraigado: la soledad no elegida de los mayores. El municipio cuenta con más de 63.000 personas de más de 65 años y con 287 ancianos que superan los cien. Hay en total 229 mujeres centenarias y 58 hombres. Casi la mitad, 121, viven solos en su casa, según el padrón. La lucha contra la soledad no deseada centra la actuación de las ONG y de los servicios sociales municipales que potencian programas de ayuda en el hogar, comida a domicilio, acompañamiento, teleasistencia y acompañamiento para facilitar que los mayores que lo desean sigan en su casa el mayor tiempo posible.

Una de cada cinco personas mayores de 65 años vive sola en la ciudad olívica. Erradicar la soledad no deseada es el principal objetivo de los programas de servicios sociales que ha puesto en marcha el Concello y también algunas ONG, como Cáritas y Grandes Amigos.

Vigo está a la cola en cuanto al número de plazas en residencias de la tercera edad y, en caso de necesidad, deben ser trasladados a otras ciudades, lejos de su familia, según critican desde la concellería de Política Social, que defiende que las personas mayores que lo deseen deben poder quedarse en su casa con la mejor calidad de vida durante el mayor tiempo posible.

“Somos uno de los ayuntamientos más inversores en política social de España, con 20 millones de euros, y hay que explicar a la gente en qué invertimos. Somos los grandes desconocidos, porque el trabajo social ha sido silente pero muy necesario, sobre todo durante la pandemia. Vecinos, amigos y allegados de mayores que viven solos deben de saber que el 010 es el teléfono de alarma del Concello para auxilio de personas mayores”, indica la concejala de Bienestar Social, Yolanda Aguiar.

La ONG Grandes Amigos trabaja en el acompañamiento de mayores y cuenta con colaboración municipal para el programa Stop Soledad. Los voluntarios visitan y llaman periódicamente a la persona mayor que se les asigna y organizan encuentros por distritos con otros mayores para que se conozcan entre ellos y socialicen. La ONG hace un llamamiento público porque necesita más voluntarios para acompañar a los mayores de Vigo, ahora que las restricciones son menores y llega el buen tiempo, ya que prepararan actividades y excursiones al aire libre.

El Concello ofrece a los mayores servicios propios de asistencia en el hogar con auxiliares de ayuda a domicilio, que precisamente este año serán nombradas viguesas distinguidas por su dedicación durante la pandemia. Las 400 trabajadoras entraron en hogares positivos y no positivos, contagiados y no contagiados con sus EPI a lavar, a duchar, a cambiar pañales, a dar de comer, a hacer comidas y a limpiar hogares Atienden a 1.102 grandes dependientes.

El otro eje es el servicio municipal de teleasistencia: además de recordar la toma de medicación diaria, las citas médicas, facilitar conversación y consejos si los ancianos no tienen con quien hablar, cuenta con 983 usuarios que viven solos o con otra persona mayor que también tiene dificultades. Basta con pulsar el botoncito si se encuentran mal y, aunque no lo pulsen, se les llama dos veces a la semana para comprobar cómo se encuentran. Si no pulsan el botón, o no cogen el teléfono, salta la alarma.

Estos dos ejes de atención a los mayores, se completan con el servicio de cuidadores de barrio y el programa Xantar na casa. Los cuidadores de barrio se encargan, previa cita y valoración social, de acompañar a las personas mayores solas, o con problemas de movilidad que no pueden salir sin acompañante, Así, van con ellas a realizar gestiones, a la compra, o a dar un paseo. El servicio cuenta ya con 300 usuarios. Xantar na casa evita que los mayores tengan que cocinar. Un nutricionista con el médico de Atención Primaria del usuario preparan una dieta semanal que se entrega en ‘tuppers’ para toda la semana y que solo hay que calentar en el microondas, lo que evita la malnutrición.

Grandes Amigos necesita voluntarios para acompañar a los ancianos solos

En Vigo funcionan varios proyectos en colaboración con distintas ONG. Es el caso del programa de estimulación cognitiva con la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer y otras Demencias de Galicia (Afaga) que se puso en marcha tras comprobarse que durante la pandemia los mayores dejaron de ir a los centros de día y perdieron facultades cognitivas. El Ayuntamiento compró tablets y en colaboración con psicólogos y pedagogos de Afaga se impartieron talleres. El resultado fue tan bueno que el proyecto se mantiene: Dos días a la semana los usuarios reciben estimulación cognitiva a través de nuevas tecnologías y un día a la semana acuden al centro de día para socializar. También se ofrece asistencia psicológica ante la pandemia de COVID y talleres de prevención de envejecimiento activo, en el que hay 1.200 inscritos.

“Mi receta: buen humor y poner la proa a los malos momentos”

José Iglesias, “Pepe Cara manchada” - Extrabajador centenario de Barreras

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Matilde Lorenzo en el balcón de su casa, donde siembra patatas. | // R. GROBAS

José Iglesias González, “Pepe cara manchada” –como conocen amigos y compañeros a este trabajador jubilado de Barreras– cumplió 100 años el pasado 6 de marzo y sus vecinos le prepararon un homenaje sorpresa a las puertas de la casa de Cabral donde vive con su hija, Chelo, de 73 años. Padre e hija son muy alegres y joviales y disfrutaban de cuanta fiesta gastronómica había en Vigo y alrededores hasta que llegó la pandemia. Pero se han ajustado a la normativa y con sus mascarillas salen todos los días a tomar un “pinchito” por las tardes. “A nuestras edades comemos poco y así no hago cena y damos de comer a los baretos”, explica, ufana, Chelo.

Pepe se levanta a las 8.30 horas todos los días, se ducha, se afeita y para entonces tiene el desayuno preparado en la galería, donde si hace buen tiempo luce el sol. Allí pasa la mañana leyendo el FARO DE VIGO. Cría gallinas y se entretiene con su cuidado y recogiendo los huevos que ponen a diario. Y siempre que puede, ve el fútbol por la tele.

Nunca pensó en que cumpliría cien años y menos en las estupendas condiciones en que se encuentra. El secreto, asegura, es el trabajo duro y la actitud ante la vida: “Hay que tener buen humor, ser agradecido y cuando llegan los problemas ponerles la proa. Eso me lo enseñaron los capitanes de los barcos. En la mar, con un gran temporal, para salvarse solo pueden poner la proa a la ola, es decir, hacerles frente”.

“Lo mejor fue la mili en Tánger: allí había millonarios y no Guerra Mundial”

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Era calderero y de los buenos, como demuestran los premios que obtuvo a lo largo de su vida profesional. Como se jubiló con 63 años, para estar activo, se hizo cargo de la huerta familiar que hasta entonces llevaba su mujer, fallecida hace diez años. Hacía vino de su viña, cultivaba tomates, lechugas y lo que hiciera falta para su casa y la de sus vecinos y criaba cabras. “Trabajar la tierra con las manos es otro truco para la longevidad”, asegura. La pandemia no le ha preocupado en exceso, cosas peores ha vivido.

La mejor época de su vida, asevera, fue la mili en Tánger de 1942 a 1946: “Nos enviaron allí en plena Guerra Mundial, pero era mentira, en Tánger no había guerra sino familias millonarias e internacionales. Alemanes, italianos... Todos enviaron a sus familias a Tánger para que estuvieran a salvo porque no había bombardeos como en sus países. Aquello era estupendo”, sonríe con picardía.

Ahora es su hija Chelo quien se ha hecho cargo del huerto, aunque Pepe sigue con las gallinas: “Papá tiene muchas ganas de vivir y de comer. Yo he cogido la huerta, pero cultivo pocas cosas porque me he caído un par de veces”. Chelo, que trabajó en el centro de proceso de datos de Álvarez y se jubiló cuando las echaron de la fábrica, aprovechó para estudiar idiomas: italiano, ruso, gallego, portugués, inglés, francés y japonés. Aunque lo dejó hace cuatro años para dedicar más tiempo a su padre. “Papá me hace mucha compañía y además es muy agradecido, te hace la vida fácil. Es mi agenda, tiene mejor cabeza que yo. Cada día salimos a un sitio distinto a pasear y tomar algo, vamos a Mos, a Redondela, a la lonja de Cesantes...”. Pepe la sigue por la casa y le recuerda: “Hoy no comemos en casa, que vamos al cocido...”. 

“Fui cocinera de los March y rechacé ir a Mallorca por el barco y el avión”

Matilde Lorenzo Álvarez - Jubilada de 98 años

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“Fui cocinera de los March y rechacé ir a Mallorca por el barco y el avión” | // R. GROBAS

Matilde Lorenzo Álvarez nació hace 98 años en Teis “cuando todavía pertenecía al Ayuntamiento de Lavadores”, apostilla. Cocinera profesional, a día de hoy siembra patatas en su balcón, prepara platos espectaculares, plancha, se hace la cama, se asea y llama por teléfono a las mujeres de los alrededores que cultivan productos naturales para abastecerse y hacer conservas con las verduras de temporada y el bonito que compra y limpia ella misma. “Siempre pido productos gallegos y pescado de la ría, si no, no me saben”, explica.

Vive sola y lo lleva como puede. Cuenta con la ayuda casi diaria de Clara, su cuidadora, que hace las tareas ‘gordas’ en casa y la acompaña a la plaza y a los recados, y las visitas semanales de Mar, una voluntaria de Grandes Amigos que acude a charlar con ella.

“No fui a la escuela hasta los 11 años. Detrás de mi vinieron dos hermanas, la segunda fue al colegio y yo me quedé cuidando a la pequeña. Con 13 años entonces no había seguro y mis padres se habían empeñado mucho para pagar médicos... así que me fui a la fábrica de conservas López Valeiras. Me pusieron en el taller metalúrgico y allí tenía monte pío”, recuerda. Después pasó a casa del jefe como persona de confianza de su mujer con un sueldo mejor. Le encantaba bailar e ir de fiesta y no pensaba en casarse: “Tenía muchos pretendientes, pero yo no quería un marinero, ni un albañil... Al final me casé con un carpintero naval, era un manitas pero a los tres meses estaba gravemente enfermo de tuberculosis”. El matrimonio no iba bien y tuvieron sus más y sus menos, aunque volvió con él hasta que falleció 20 años después porque le quería, pese a los malos tratos. Se fueron a Barcelona y el hijo que tuvieron se crió con el abuelo materno en Teis hasta los 5 años. Cuando el abuelo falleció, Matilde se lo llevó a Barcelona.

“Mi padre fue uno de los que hizo el aeropuerto de Peinador a pico y pala”

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Trabajó en la limpieza del hospital Vall d’Hebrón, de camarera y de cocinera en restaurantes conocidos y en domicilios de postín: “En Barcelona fui cocinera en casa de Juan March. Le gustaban los pájaros tordos, que nos enviaban ya desplumados, y el cordero que aprendí a hacer como mi madre. Su mujer, Carmen, quiso llevarme con ellos a Mallorca porque le gustaba mucho como decoraba los platos, pero les dije que no. Era una oportunidad muy buena, pero yo tenía miedo al barco y al avión para viajar”, confiesa.

De vuelta a Vigo se hizo cargo de un campo de regadío hasta que cumplió los 88 años. “Plantaba flores, pero también acelgas, tomates, pimientos... De todo. Después lo vendía en el Calvario. También cultivaba y vendía semillas de cebolla para plantar”, relata.

La pandemia no le preocupa, salvo el tema de la vacuna y si podrá ponérsela por aquello de los trombos, pues tiene varices. “Lo peor para mi fue la guerra civil. Vi a mi padre llorar porque no tenía un trozo de pan que darnos. También vi vecinos asesinados a los que cortaron los testículos, y recuerdo a mi padre escondido bajo el lagar mientras lo buscaban los falangistas”, incide. Recuerda con gran amor a su padre y también que fue uno de los que tuvieron que hacer el aeropuerto de Peinador y allanar la montaña a pico y pala. “Era obligatorio. Si no ibas a cavar tenías que pagar 25 pesetas”, concluye.

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