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Las muertes por enfermedades infecciosas ya equivalen al 25% de las de COVID en 2020

Los óbitos achacables a bacterias o virus fueron casi 400 | Hospitales optimizan fármacos para reducir bacterias resistentes: “Algunos solo responden a una o dos familias de antibióticos”

Central de esterilización del CHUVI, donde se garantiza la higiene del material quirúrgico. | // ALBA VILLAR

Las enfermedades infecciosas habituales se cobraron en Galicia casi cuatrocientas vidas en plena pandemia del COVID; una cifra que representa el 25% de las muertes por coronavirus. El año en que el COVID aterrizaba en nuestras vidas, cada día un gallego fallecía por estas otras patologías infecciosas con menor eco, provocadas por un virus, bacteria o parásito: hasta 373. De ellas, 189 defunciones fueron por la manifestación grave de cualquier infección –septicemia– que descontrola el organismo del paciente y hasta 76 gallegos fallecían por enfermedades infecciosas e intestinales, según avalan los datos de causas de muerte en 2020 que publica el Instituto Nacional de Estadística y que, ese mismo año, atribuyen 1.512 defunciones al COVID identificado. Aún así, la demencia, encabeza la lista de causas de defunción en Galicia, seguida de las enfermedades isquémicas del corazón, cerebrovasculares e insuficiencia cardíaca.

Entre estas infecciones preocupan especialmente las que se achacan a bacterias. ¿Por qué? Pues porque cada vez hay más personas que mueren porque ningún antibiótico es capaz de matar a los patógenos que producen la infección. La resistencia a los antibióticos es un buen ejemplo de cómo pequeñas cosas que hacemos pueden tener un impacto global. Detrás estaría el “uso indebido o indiscriminado de los antibióticos”, que fomenta que, muchas veces, no sean efectivos contra determinadas bacterias. O contra ninguna. Algo que cada vez ocurre más, en todas partes del mundo, uno de los problemas de salud más grave en la actualidad, según avala el doctor de Medicina Interna del hospital Ribera Povisa, José Luis Lamas Ferreiro.

Alarma

Centrando la lupa a nuestro alrededor, los datos también son alarmantes. Casi 65.000 españoles murieron en 2019 por sepsis (64.644) y de ellas, 53.859 lo hicieron por una resistencia a los antibióticos relacionada, que se pudo atribuir directamente a 6.220 muertes. Así lo muestran los datos que maneja la portavoz de la Sociedad Española de Infecciosas y Microbiología Clínica y microbióloga en el Hospital de A Coruña, María del Mar Tomás, que apunta a un estudio reciente de un colega suyo.

Están por todas partes: en la comida, en las superficies, en el cuerpo de un animal, en el intestino de alguien o en el agua de un río. Son bacterias comunes, a veces inocuas y, en otras ocasiones, sospechosas habituales de los servicios de microbiología de los centros sanitarios: el Staphylococcus aureus, la Escherichia Coli (E. Coli) o la Klebsiella pneumoniae; también el Streptococcus pneumoniae... entre otras. Todas ellas y otra veintena más son bacterias que pueden acabar produciendo graves infecciones y causar la muerte del paciente, según los autores de un estudio internacional recién publicado en The Lancet, que calcula que 7,7 millones de muertes en 2019 estaban asociadas a infecciones bacterianas comunes; es decir, una de cada ocho muertes en el mundo.

“Esos patógenos producen infecciones invasivas y mayor mortalidad en pacientes que tienen otro tipo de comorbilidades y es probable que esa infección esté pasando desapercibida”, explica María del Mar Tomás, “el paciente ingresa porque su patología de base está desestabilizada, pero es la infección que hay detrás lo que la provoca”. “La clave de este trabajo prepandemia es que se están infravalorando las infecciones por estos 33 patógenos bacterianos, que están en todas partes. Y en pacientes enfermos o inmunodeprimidos, la repercusión es mayor. Además, todo hace pensar que después de la pandemia, la incidencia se habrá aumentado”, completar María del Mar Tomás.

Antibióticos

Los Programas de Optimización de Uso de los Antibióticos (PROA) y la mejora en la prescripción –asegura– están ayudando, pero quizás también se está produciendo un infradiagnóstico de las infecciones por estas bacterias. “Quizás nos estemos centrando solo en las infecciones por COVID y las de otra índole no hayan sido detectadas o no se han tomado las muestras o el diagnóstico adecuado”, añade.

“El impacto de las infecciones es muy importante en el sistema sanitario y siempre han registrado una alta tasa de mortalidad, porque abarcan múltiples procesos: sobre todo preocupan las asociadas a la asistencia sanitaria, que son las que complican la evolución de pacientes tras las cirugías”, comparte el internista José Luis Lamas Ferreiro, que forma parte del programa PROA en el hospital vigués.

“Nos preocupan las infecciones que se producen en pacientes que han tenido contacto con el ámbito hospitalario. Cualquier proceso quirúrgico es susceptible de infectarse y eso complica el propio procedimiento. Nos encontramos con bacterias que solo son sensibles a una o dos familias de antibióticos. Los antibióticos de última generación que han salido en los últimos años nos han ayudado mucho, pero siguen siendo un problema y a veces nos las vemos y deseamos en la tarea de encontrar un fármaco eficaz”, reconoce. Un problema importante, en su opinión.

Más resistentes

Son esos casos, sobre todo, los que se asocian más a multirresistencias de bacterias a los antibióticos, que complican su tratamiento. “Son los más difíciles de tratar y que, además, afectan a pacientes más frágiles”. El programa de racionalización de antibióticos que se implementó desde 2014 a nivel estatal y regula desde las pautas y duración de este tipo de fármacos a su administración para minimizar las resistencias ya logró resultados.

Desde su aplicación en España se ha visto una disminución del uso de antibióticos, aunque han vuelto a repuntar con el COVID”, indica Lamas. Algo también propiciado, indica, por el mayor ingreso de pacientes en las UCI. La mayoría de las infecciones tienen peor evolución y pronóstico en pacientes con cáncer, trasplantados, ancianos e inmunodeprimidos. “Además, estos tienen riesgo de tener infecciones con gérmenes más resistentes. Hay que tratar a nivel global de hacer un consumo más racional de los antibióticos, para que las posibilidades de tratamiento sean lo más efectivas cuando existen riesgos; debemos tener una visión social”, concluye.

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