CENTENARIO

El siglo de la Callas

El 1973, la diva visitó Galicia, acompañada por su en aquel entonces amante, el tenor Giuseppe Di Stéfano, que había actuado en el teatro Rosalía de Castro de A Coruña

María Callas con Giuseppe Di Stéfano, su amante, con el que visitó Galicia.  / FDV

María Callas con Giuseppe Di Stéfano, su amante, con el que visitó Galicia. / FDV / Xurxo Fernández

Xurxo Fernández

La pasada centuria ha sido especialmente fértil en todos los órdenes creativos. Tuvo una larguísima lista de artistas que incluía a Modigliani, Picasso, Warhol o Tàpies. Fue el reino temporal de parte de los mejores narradores de todos los tiempos: Kafka, Borges, Auster o Cunqueiro enamoraron a todo aquél que discurrió (y lo siguen haciendo hoy mismo) por ellos. La música consiguió ser revolucionaria, inaugurando el período Mahler, Stravinsky y Berg y cerrándolo Pierre Boulez. Y, en su vertiente más popular, siendo encabezada por un Elvis Presley en estado de gracia y aquél a quien muchos (Doctor Music dixit) llamaron El alquimista del siglo XX. Es decir, Frank Zappa, de quien el pasado día 4 de diciembre se cumplía el trigésimo aniversario de su muerte.

Pero, exactamente dos días antes, el 2, se celebró un acontecimiento mayúsculo: los 100 años del nacimiento, en 1923, en Manhattan, de Maria Anna Cecilia Sofía Kalogeropoulos. O, citando su nombre artístico, Maria Callas. Moriría en París el 16 de septiembre de 1977 a consecuencia de un problema cardíaco producto del efecto de las drogas, sobre todo tranquilizantes y antidepresivos. Había vivido en el 36 de la Avenue Georges Mandel. Sería enterrada en el cementerio Père Lachaise, aunque más tarde sus cenizas irían a parar al Mar Egeo.

LA DIVA POR EXCELENCIA

Fue el arquetipo de diva por excelencia. Una voz única (soprano muy versátil) de resonancia universal, que arrastró, en su corta existencia, una vida de mierda. Controvertida hasta extremos realmente insólitos, hubo de enfrentarse a cosas desgraciadamente habituales, como el maltrato (incluídos los de sus padres, pero también por sus acompañantes, excepto uno que ya diremos al final). Otras son producto, en esencia, de la envidia (y del mal gusto, dicho sea de paso), como el comportamiento de sus fans iniciales: americanos, griegos, italianos, franceses o incluso españoles. En la península, de hecho, cantó en Lisboa en 1958, y luego, en el 59, en el Liceo de Barcelona, en Madrid, en el Monumental Cinema, y en Bilbao, en el Coliseo Albia. Un último concierto en España tuvo lugar en el Palacio de Congresos madrileño en 1973, presidido por la Reina Sofía. También, la polarización de esos mismos, que la comparaban habitualmente con Renata Tebaldi. Los partidarios de ésta no dejaban de afirmar que ella “lo hacía mejor”. Por cierto. En la práctica, las dos eran las mejores amigas del mundo y, puntualizando, María consideraba que la voz de Renata era exactamente complementaria de la suya. En estos momentos, centrado al parecer en su vertiente más dramática, el director Pablo Larraín está finiquitando un film sobre ella protagonizada, ¡oh cielos!, por Angelina Jolie

Su vida pública es ampliamente conocida. Su matrimonio con Giovanni Battista Meneghini, y su prolongado (e insatisfactorio) lío con Aristóteles Onassis acabó como el rosario de la aurora. Él era, teóricamente, para ella, el amor de su vida, al que siempre tendría presente. Él, un perfecto chulo de putas. La relación se acabaría el 20 de octubre de 1968, fecha de la boda del millonario con Jacqueline Kennedy. Antes, hubo una corte de amantes variopintos, como Tito Gobbi o Franco Corelli; incluso alguno de ellos gay, como Luchino Visconti o Pier Paolo Passolini.

En medio de todo, La Divina iba acumulando éxitos desde sus primeras lecciones en el Conservatorio de Atenas de la mano de la soprano española Elvira de Hidalgo. Como esas grabaciones que hoy la gente conserva como oro en paño: Lucia de Lammermoor con Karajan en la dirección, de 1955, su Barbero de Sevilla de 1957, con Alceo Galliera, o la deslumbrante Carmen dirigida por George Prêtre en1964. Y una sola película: la Medea dirigida en 1969 por Pasolini. El director llegaría a decirle, displicente: “Es el primer y último film que harás jamás”. Se cumplió.

Alguna decepción profunda. Como no poder hacer algo con el sobrenatural Arturo Toscanini (los dos lo deseaban, pero el suegro de Vladimir Horowitz ya estaba muy mayor y no pudo ser). Y algún fracaso con consecuencias. Como su salida tras el primer acto de Norma el 2 de enero de 1958 en Roma, que casi se convierte en una cuestión de estado.

Nadie se percató de su presencia, salvo un admirador que trabajaba en una tienda de discos, quien solicitó a la divina que le firmara unos cuantos. Descubierta, ella aceptó”

Pero hay una cosa que muy poca gente sabe. Y si lo sé yo es por una confidencia que me hicieron hace muchos años. Les cuento:

Tras su separación de Onassis, en 1968, Maria se iba hundiendo poco a poco. Y echó mano de un gran amigo que acabó siendo su amante: Giuseppe Di Stefano. A lo largo de 1973 y 1974, los dos decidieron hacer una gira mundial. El tenor había debutado el 28 de agosto de 1947 en el Rosalía Castro de A Coruña, en compañía de Victoria de los Ángeles, cantando Manon. El éxito, precedido por el que habían tenido con la misma obra en el Liceo de Barcelona, fue rotundo. Giuseppe se enamoró de la ciudad herculina. Y allí acudiría con frecuencia por una razón fundamental: era un fan de póster de sus preciadas farias (lo sé: no es frecuente que los cantantes de ópera fumen puros; pero hay excepciones). Y en ese año de 1973, volvió a presentarse allí. Nadie reparó en él. Ni en su distinguida acompañante. Nadie, salvo un admirador furibundo que trabajaba en una desaparecida tienda de discos, ocupándose de los clásicos. Y solicitó a La Divina que le firmara unos cuantos. Descubierta, aceptó. A la muerte de su propietario, esos vinilos corrieron la suerte de siempre: pasaron de mano en mano...