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Faro de Vigo

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Dime qué lees y te diré quién eres (más o menos)

Leer es actividad cada vez más acosada por los medios de imagen. | // FDV

No sé si somos lo que comemos aunque bueno es que sometamos los apetitos a la razón para disfrutar de vida larga, cuerpo sano y mente vigorosa sin caer en radicalismos ovolactovegetarianos, veganos o de higienistas crudívoros. No sé si somos lo que pensamos aunque sí sabemos que a un tipo que piensa en positivo se le nota hasta en las facciones. No sé si somos lo que vemos, aunque cierto es que lo que más se ve es a través de la tele y entonces es razonable pensar que uno sea mucho como aquella cadena de televisión que ve, y no quiero entrar en cómo será si es asiduo a la televisión basura. No sé si somos lo que trabajamos pero sí que el empleo es, además de fuente de ingresos, el origen de la autovaloración y hoy el trabajo digno parece un bien escaso, un lujo de unos pocos en general malpagados y que cada vez tienen más difícil llegar a fin de mes.

Sin embargo, quizás seamos lo que leemos hasta el punto de que podamos afirmar “dime qué lees y te diré quien eres”. Un día una conocida actriz belga, Madelaine Ozeray, oyó decir esto a una pareja e intervino sin ser invitada: Yo leo a Shakespeare, a Dante, a Plinio, a Nietzsche, Spinoza... ¿quien soy, les preguntó. Una mentirosa -le respondieron. Se puede llegar a saber lo que es uno por lo que lee pero también por lo contrario. En Galicia, donde se estima que más de la mitad de la población no compró libro alguno durante el año y lee prensa de pascuas en flores podríamos preguntarnos: si uno es lo que no lee ¿es como si fuera nada? Hablo de la gente a la que le apestan diccionarios, enciclopedias, manuales de datos o libros aunque sí tienen en alta estima “la Pronto” en la lectura de papel y los tarotistas o el “Sálvame” en la televisión,pero también de esa subespecie que confía para saber en las redes sociales. Sí, toda esa cagalera de twitters, facebooks y demás diarrea informativa, todo un sindiós, un totum revolutum que incluyen las fake news, eso que llaman la posverdad, todo un emborronamiento de la frontera entre la verdad y la mentira que parece una nueva fe. Son todas esas noticias manipuladas, esas imbecilidades no transitorias que llegan continuamente a nuestro teléfono móvil, la mayor parte de ellas sin firma y por tanto sin responsabilidad autoral alguna.

O sea, recapitulemos: ¿somos lo que leemos? Si así fuera yo no confesaría mis últimas lecturas porque incluyen una historia del veneno, otra de los burdeles y una tercera de la Inquisición que intenta demostrar que hay una leyenda demasiado negra sobre la misma e incluía un relatorio de los tormentos que se practicaban en sus mazmorras. Si leo todo eso ¿no es cierto que pueden hacerse conjeturas extrañas sobre lo qué puedo ser yo? En mi descargo puedo añadir que estoy empezando a leer Viaje a pie de Josep Pla, un individuo al que no debe amar la flora y fauna nacionalista catalana.

Antes leí Crónicas de la guerra civil, de Wenceslao Fernández Flórez (ambos libros recientes de Ediciones 98), del que escribí unas líneas en mi última columna pero insisto porque son artículos inéditos hasta para sus biógrafos, me dejaron boquiabierto y van a interesar a mucha gente cansada de tanta beatificación del bando republicano: ¿Cómo siendo el autor inteligente, sobremanera culto, muy viajado y con una pluma alada, puede hacer defensa tan militante de las tropas de Franco y desprecio tan absoluto de lo que llama “rojos”, seres que según su lectura parecen poseídos por el mal, igual que las mitificadas Brigadas Internacionales, a las que convierte poco menos que en nidos de delincuentes? Quizás tanto fervor tiene que ver con que las escribió en medio de la guerra, 1938, refugiado en Galicia de lo que para él eran “hordas marxistas”, y en esos momentos fronterizos no hay tiempo para objetividades ni neutralidad alguna.

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