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Faro de Vigo

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Una noche con Flórez y Piñero, entre guerra civil y religión

La lectura de WF. Flórez te traslada a la guerra de Ucrania. / FDV

Ayer noche me llevé a la cama dos libros y de ambos leí unas cuantas páginas. Uno, un inédito de Wenceslao Fernández Flórez, Crónicas de la guerra civil, que fueron publicadas durante la guerra en prensa sudamericana y el editor (Ediciones 98), Jesús Blázquez, hubo de rescatar los originales de la propia familia, con sus tachaduras. Me costó cerrarlo cuando el sueño me vencía por la atracción que ejercía su poderoso estilo, a caballo entre lo literario y lo periodístico, y porque ahora que tenemos inflación de escritos contra Franco y esa España que lo siguió, bueno es leer a un escritor reconocido que en 1937 escapó por los pelos en Madrid de unos milicianos chequistas (las Milicias de Vigilancia de Retaguardia) que querían darle el pasaporte al mejor estilo falangista, que en eso nada tuvieron que envidiar los unos de los otros. Consiguió refugiarse Flórez en su casa gallega de Cecebre y desde allí salieron estas crónicas respaldando los avances del ejército nacional, poniendo a caldo a los “rojos” y sin morderse la lengua en sus afirmaciones hasta el punto de definir a las Brigadas Internacionales, mitificadas por la narrativa del otro bando, como el lugar “donde todos los sectarios, todos los desesperados y todos los forajidos del mundo han hallado su alveolo”.

Flórez era de españolismo acendrado y de ideología conservadora, es cierto, pero esas crónicas escritas bajo la tensión de la guerra son, independientemente de su contenido, un ejemplo de estilo periodístico militante con el que consigue trasladar con tanto dramatismo los dramas personales de la guerra que uno se traslada sin quererlo a la de Ucrania, cuyo relato viene protagonizado por imágenes y unos medios tecnológicos inexistentes en tiempos del escritor gallego, en el que poco más que letras podrían relatarlas. Y lo que sí consigue su pluma, sea de uno u otro bando, es retratar la maldad intrínseca de la guerra para el ser humano.

Del otro libro leí solo el largo prólogo de sus más de 1.600 páginas, y no en vano porque es Los libros del Nuevo Testamento, edición escrita por Antonio Piñero y cinco colaboradores altamente especializados, como él aunque no tanto, en el conocimiento del cristianismo primitivo, la sociedad israelí de aquel tiempo... La novedad de este estudio, lo que lo hace singular e inédito, es que se escribe desde un punto de vista no confesional, solo ayudado por los inmensos conocimientos filológicos del autor, apoyados en los históricos e incluso en los filosóficos, porque de todos es maestro. Yo lo presenté hace unos días con lleno de público, aunque ningún joven a lo mejor porque a los jóvenes le importa una higa la cultura cristiana y sus orígenes. Allá ellos.

Nunca me había tocado, en mi historial de presentaciones, una sobre texto tan crucial en nuestras vidas como el de la Biblia. He presentado libros de aventureros que contaban sus viajes, de músicos consagrados por sus baladas o sus sonidos metaleros, de políticos de uno u otro pelaje, de psicólogos clínicos o psicoterapeutas, de novelistas aplaudidos o de otros noveles que buscaban el aplauso… pero nunca sus palabras, sus voces, tuvieron tanto eco como las que hoy nos ocupan.

Y digo que quedé fascinado por este libro que rompe con la visión teísta pero de ninguna manera se mete contra la religión o la fe. “Esto es lo que hay de verdad, usted elija si, a pesar de todo, sigue precisando de la religión”, dirá Antonio Piñero, que entiende de la importancia de la misma para el género humano pero no acepta que sus mensajes hayan caído de un meteorito venido del cielo. ¿Han visto ustedes alguna vez una interpretación histórica, no teológica, no confesional pero tampoco anticlerical de los evangelios? ¿Se han preguntado qué material histórico pueden tener unos textos escritos hace dos mil años? ¿Cómo interpretar sin un filólogo de guardia el sentido de palabras escritas hace tanto tiempo y por autores de una cultura tan ajena a la nuestra? ¿Lo que ustedes han oído o leído son versiones directas salidas de la pluma de quienes los escribieron o son copias?

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