Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

un inciso

Yo también vivo en el mejor lugar del mundo, ¿nos conocemos?

Los caballos salvajes como los de Sabucedo están olvidados. Se protege a su depredador, pero nadie ampara un bien cultural que galopa hacia su extinción

Un potro mama antes de un curro en la parroquia estradense de Sabucedo. Bernabé/Cris M.V.

Un potro mama antes de un curro en la parroquia estradense de Sabucedo. Bernabé/Cris M.V.

Ocultar a estas alturas mi admiración por la Rapa das Bestas de Sabucedo sería absurdo. Ni puedo ni quiero. Simplemente, porque la he observado de cerca muchas veces. He notado el júbilo, he apreciado la adrenalina y también el agotamiento que llega cuando esta se evapora con el calor del cuerpo a cuerpo. Pero, sobre todo, he sentido el amor. He podido escuchar cómo la tradición palpita en las gentes de Sabucedo y he compartido su frustración cuando algo o alguien hace sufrir a sus caballos sin que puedan hacer nada para evitarlo. Les cala. Es una de esas pasiones que se siente en las entrañas y que sólo alcanzan a comprender quienes también la disfrutan y la sufren en carnes propias.

Cuelgo el teléfono después de que Manuel Cabada, integrante de la Asociación Rapa das Bestas, me haga partícipe desde Madrid de cómo ha ido la presentación del cartel de la Rapa 2021 en la Feria Internacional de Turismo (Fitur). Lo hace pocos días después de que trasciendan en estas mismas páginas las imágenes de Rubén Penas Couso, que testimonian cómo la vida se abre paso en el monte, ajena a la pandemia y a los gigantes de grandes brazos que avanzan con paso lento, pero haciendo retumbar la tierra en la que desean echar raíces.

Cabada me explica la intención del colectivo de propiciar que, desde el respeto y la interferencia cero, la gente pueda gozar de la libertad en la que viven las manadas de O Santo. Permitir que sean más los que compartan el amor por los caballos salvajes que sienten quienes nacen con un cordón umbilical enganchado de por vida a este legado ancestral.

Me parece algo grandioso. Un lujo. Mi mente fantasiosa y aventurera se prepara un bocadillo –de lomo con queso, para ser más exactos– para cuando le llegue el momento de pasar ese día en el monte. Mi yo con tendencia a la preocupación anota llevarse calzado de trecking y una prenda que corte el viento, pero que no abrigue en exceso. Y entonces llega mi parte reflexiva para obligarme a echar el freno.

Proteger la cabaña

Manolo Cabada ha hablado de una campaña de sensibilización; de la importancia que tienen estos animales y de la necesidad de protegerlos. Asumen los de Sabucedo que algunos de estos nuevos potros, que se abren estos días camino con la entrañable torpeza de quien se estrena en la vida, no llegarán a pisar nunca la aldea. Entienden que el ciclo sin fin no perdona y que ni la fuerza del garañón más rebelde ni los intentos de sus madres podrán hacer nada para librarlos del ataque de un lobo abusón. Les duele, claro, pero no es del instinto natural de quién creen que han de proteger a las manadas. Hay depredadores de dos patas y poco seso que dan más miedo. Y hay grandullones que ni sienten ni padecen que solo responden al deseo de rasgar el viento con sus grandes brazos para generar una energía limpia sí, pero también capaz de acarrear grandes beneficios, sin importar que al poderoso Don Dinero se le embarren los zapatos en tierra ajena.

Este es su hogar

Protección para las manadas. Han vivido en estos montes desde hace siglos. Este es su hogar. Aquí han crecido. La vida se abrió paso sin pedir permiso. ¿Cuándo ha tenido que hacerlo? ¿Acaso un papel debería darnos derecho indiscutible sobre lo que existió antes que nosotros mismos? Leo sobre la protección que tiene el lobo o que se han granjeado los osos a base de su anecdótica presencia en los montes gallegos. No seré yo la que diga nada en contra, pero no alcanzo a comprender qué es lo que mueve a proteger solo al depredador y no a quien ya tiene bastante con convertirse, de cuando en vez, en el almuerzo.

Un bien cultural

Los caballos salvajes que viven en los montes de Galicia tienen unas características propias y un importante valor cultural, etnográfico, medioambiental y ecológico. Puede verlo cualquiera. ¿No son motivos suficientes para brindarle protección? ¿No es razón de peso para que cabañas históricas como la de Sabucedo alcance un amparo como el que corresponde a un Bien de Interés Cultural? No hablo de la Rapa das Bestas en sí misma, que ya ha demostrado tener cualidades para ser aplaudida como Fiesta de Interés Turístico Internacional, hablo de los animales que la hacen posible y cuya desaparición equivaldría a la extinción de una tradición de la que presumimos con el orgullo de quien sabe que tiene un tesoro propio que lo sitúa en el mapa.

No basta con aportar subvenciones para la fiesta –que también– sino que todas las administraciones, de la primera a la última, tendrían que poner el mismo ímpetu en proteger a estas bestas que en aplaudir el espectáculo del curro desde la tribuna de autoridades. Si, como reza el eslogan difundido estos días en redes sociales por la Xunta, Vivimos no mellor lugar do mundo e o mundo ten que sabelo, hay que ser consecuentes. Vivimos en el mejor lugar del mundo, a mí no me cabe la menor duda, pero no estamos aquí solos. Tenemos la fortuna de crecer en una tierra donde la naturaleza merece un altar. Hemos recibido el legado de tradiciones que nos son tan propias como el derecho a sentir la frescura del país de los mil ríos o a zambullirnos en un mar que besa esta tierra todo cuanto puede. Caballos como los de Sabucedo merecen el mismo respeto y protección que la obra del hombre a la que no dudamos en colocarle el cartel de BIC. Estos animales son bienes culturales que rebosan vida y que galopan sin ataduras por unos montes que les brindan gustosos cobijo, alimento y hogar.

Continuos SOS

La cabaña de O Santo se ha visto mermada –y mucho– en los últimos años. Lejos quedan ya las épocas en las que eran más de medio millar de cabezas. Los últimos estudios las dejaban por debajo de las 300. Y no fue de ayer para hoy. Las peticiones de socorro se han sucedido. La voz de alarma saltó con cada ataque: cada vez que un desalmado clava un cuchillo o descarga con un tiro su falta de raciocinio contra uno de estos caballos; cada vez que se necesita ayuda para desbroces en el monte para que no les falte el sustento y no corran peligro de quedar atrapados en un incendio forestal; cuando se trata de protegerlos con un cierre que impida que desciendan a las carreteras o a fincas particulares –avivando con ello, y sin saberlo, una polémica que ellos no pueden comprender– o siempre que un proyecto amenaza con invadir su hábitat y alterar su mundo con maquinaria, caminos y un progreso que llega con las manos limpias y cubierto con piel de cordero.

Solo hay que querer escuchar, ver o sentir sus señales de SOS. Sigamos con campañas publicitarias: ¿Me guardas un secreto? Cuando queramos darnos cuenta del bien, el mal ya estará hecho. Será tarde. Si la vida que lucha por ponerse en pie estos meses para sumarse a este legado cultural no encuentra la protección que merece, los potrillos dejarán de escapar del lobo. Aprenderán, después de buscar el amparo de sus madres, que este depredador solo es el malo conocido. Entenderán que, al final del cuento, el temido lobo feroz es, en realidad, su mal menor.

Compartir el artículo

stats